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31 diciembre 2014

Diario de un perfecto imbécil (5): con la terapia hemos topado.

Ayer tarde desarrollé una intensa sesión de trabajo, a ella le gusta llamarla así, con mi terapeuta. No sólo estuvo analizando detenidamente la marcha del diario, sino que estuvimos ocupándonos de la reestructuración de mis esquemas cognitivos -no se asusten, les explico la metodología en breve- con objeto de ir depurando las miasmas que habitan mi psique. Esto último, plagado de un fascinante lirismo gótico, es aportación del que suscribe; ya me van conociendo. El caso es que Pepa comenzó a desgranar la intrahistoria que habitaba entre las líneas de mi discurso, apreciando, en primer lugar, una gran capacidad de observación, expresión y análisis. Ello, me dijo, favorecerá el proceso que tenemos que realizar ya que facilitará el acceso al contenido y estructura de mis esquemas; vamos, los cajones que tengo en la cabeza donde almaceno todo lo que he vivido y lo que soy. A la luz de dichos esquemas no sólo podemos otear tu pasado sino predecir el futuro ya que éstos actúan como lente de interpretación de la realidad y de las nuevas experiencias. Trabajaremos, prosiguió, en la reestructuración de aquellos que sean defectuosos en el sentido de generarte problemas y disfunciones. Vamos, una ITV (Inspección Técnica de Vehículos) completa que me tenía por cobaya experimental.

El caso es que mi gran capacidad de observación unida a una brutal y desmedida reactividad hacen de mí una persona con capacidad probada para generar conflicto, o solucionarlo, como apostillo humildemente en mi defensa. En ese punto, le doy absolutamente la razón. Cada día que pasa aguanto menos a la sarta de imbéciles con los que me tengo que cruzar a lo largo de la jornada. Sé que tendría que ser un poco más diplomático pero mi temperamento me lo impide. Antes de conocer los principios psicológicos identitarios de mi persona, me limitaba a ser lo que era, una persona tranquila cuando me dejaban en paz y bruta, hasta límites insospechados, cuando algo me exasperaba lo más mínimo. Todos los que me conocían, desde pequeño, coincidían en este análisis y me lo recordaban continuamente. Ahora, mi terapeuta dice que, además de mi propio proceso introspectivo y reflexivo, la presión continua de mi entorno ha contribuido poderosamente a que adopte ese rol y lo asuma como algo absolutamente consustancial a mi persona. Por eso, precisamente, me cuesta tanto cambiar mi percepción y, lo que es más complicado, mis reacciones ante cualquier elemento del entorno, persona o circunstancia, que me saque de mis casillas. Intenté, porque la Señorita Milagros me lo recomendó, contar hasta diez cuando iba a saltar ante cualquier provocación, por nimia que fuera. Doña Milagros era un encanto de persona y mejor maestra; fue mi tutora durante dos cursos en el colegio. Lejos de mostrar agresividad, enseñaba con mucha paciencia y amabilidad. Cuando estaba con ella me sentía cómodo y relajado; no recuerdo ningún atisbo de ira o cabreo que tuviese a ella como destinataria. El caso es que no conseguía sosegarme si no contaba, al menos, hasta treinta y no siempre funcionaba el ingenioso truco numérico para distraer mi atención y tranquilizarme.
También estuve probando, ésta de mi particular cosecha, otra técnica para evitar la reacción visceral automática que tantos problemas me trajo en mi adolescencia. Decidí pellizcarme con fuerza en la barriga cada vez que las sienes me palpitaban de cabreo. Tras varios moratones muy dolorosos que me daba vergüenza confesar a mi madre, decidí combinar los puntos de presión corporal para evitar que se acumulase el daño. Aunque al principio funcionó algo mejor, ya que no me dolía tanto un trozo exclusivo y relativamente pequeño de mi piel, con el tiempo me fui acostumbrando y, parece mentira, le llegué a coger cierto gusto al pellizco. Lo abandoné por inútil, no recuerdo cuándo exactamente. 

Pepa, mi terapeuta, se quedó un tanto asombrada ante esta última confesión y me indicó que, afortunadamente, la buena noticia consistía en que yo había abandonado ese tipo de prácticas ya que podrían haberme llevado, con el tiempo y la constancia en su práctica, a sumergirme en el oscuro territorio del masoquismo o quién sabe... Me pareció un poco exagerada, aunque no le quité la ilusión contradiciéndola, y me limité a sonreir y asentir levemente cuando evacuaba esos comentarios. Difícil escenario el que me comentaba ya que creo recordar que la abandoné porque me dolía mucho y, lejos de sentir demasiado placer, me dejaba dolorido durante varios días el resultado de mi particular terapia aversiva para el control de los impulsos. Además, no creo que pudiese haber transitado por la vía que apuntó Pepa, ya que ni me veo como un sádico ni recuerdo haberme visto en mi juventud adoptando ese rol. No mato ni a las hormigas, que ya es decir. Cuando, arando mi pequeño huerto, descubro un hormiguero y contemplo a los industruosos bichitos trabajando afanosamente , evito destrozarlo con la zoleta (azada, para los que no dominen la jerga especializada) e, incluso, les suministro un poco de comida en forma de trozos de zanahoria o terrones de azúcar. Así de imbécil es uno, qué les voy a contar que ya no hayan descubierto a ese respecto.
Mis esquemas cognitivos filtran la realidad de una manera excesivamente simple, a juicio de mi terapeuta, por lo que contribuyen de manera efectiva a que no repose ni reflexione antes de actuar. Me recomienda encarecidamente que analice con calma mis pensamientos y que no actúe de manera automática ante las imágenes que me vienen a la mente, tan pronto como aparecen. La receta es fácil de exponer pero, le manifiesto, difícil de aplicar ya que mis esfuerzos encaminados a domar ese ímpetu natural y cimarrón que me sobreviene ante cualquier evento son vanos y frustrantes. En cualquier caso, concluyo para tranquilizarla, intentaré aplicarme de manera disciplinada y le iré contando en próximas sesiones. A decir verdad, el registro de incidentes críticos de la última semana no incorpora ningún incidente oscuro del que tenga que arrepentirme. He deambulado pacíficamente por el trabajo y el entorno sin que se haya producido ningún elemento que requiriese ser reflejado en tal nómina de eventos críticos.
Terminamos la sesión tras valorar los progresos y mandarme la correspondiente tarea semanal. El enfoque del diario le atrae, me confiesa, pero quisiera que profundizase aún más en mi persona. Le prometo que le dedicaré alguna entrega, a ustedes también, hablando de mí. Hasta ahora no saben a qué me dedico exactamente; me aplicaré el cuento y les contaré las cuitas y menesteres a los que dedico el tiempo en mi trabajo.
Me voy relajado para casa, que ya es mucho. De seguir así, podré dejar los tranquilizantes en un breve lapso de tiempo, tal y como me ha comentado mi terapeuta. Esperemos que así sea porque me atribula mi ánimo el cargo de conciencia que se me queda cuando me tomo sólo una pastilla de cada tres que tengo prescritas. Digo yo que algún efecto me harán, ¿no creen...?

"El análisis de los esquemas cognitivos de nuestro particular paciente arrojó curiosas reflexiones sobre la terapia utilizada..." 
@WilliamBasker

29 diciembre 2014

CSI, reflexiones sobre la buena gobernación de las organizaciones (3ª parte).


Pepa comenzó su intervención expresando la profunda admiración por el personaje cuyo perfil se disponía a trazar en estos momentos. Lo decía sin asomo alguno de sarcasmo, según confesó, ya que lo verdaderamente interesante del caso era las enseñanzas que podían extraerse de aquí. Luis -le llamaremos así- había desarrollado una descollante, a la par que fructífera, carrera política como edil en la corporación municipal a la que pertenecía. Es bien sabido entre los iniciados en la ciencia política y el trajinar de los partidos que los verdaderos enemigos de los políticos, los más cruentos y sanguinarios, se encuentran en el seno de sus propias agrupaciones y partidos. Quien diga lo contrario desconoce la película o miente como un bellaco, vamos a dejarnos de historias y pamplinas. Otra cosa es que no hagan un despliegue público -a veces ocurre y resulta patético- de sus diferencias y cuitas internas, pero los profesionales de la política, los que sobreviven a los muchos y diversos avatares que la gestión pública conlleva, saben que tienen que lavar los trapos sucios en casa para evitar deslegitimar aún más la denostada profesión a la que pertenecen.
Luis era un tipo sumamente hábil y correoso; sus adversarios le habían apodado el "culebra",  no por casualidad. Aunque había realizado estudios superiores, no concluyó la Licenciatura en Derecho ya que desde muy joven se introdujo de lleno en el ámbito de la política local. El día sigue teniendo veinticuatro horas y difícilmente podía producir resultados brillantes en el ámbito académico alguien que dedicaba las mañanas, tardes y noches a las variopintas tareas que le asignaba su partido. Era un activista nato; un animal político, que diría algún articulista en prensa refiriéndose a su emergente figura.
Mañoso como buen artesano, consiguió defenestrar a un competidor (compañero de partido, por supuesto) que le hacía sombra en las listas municipales. Maniobró diestramente para que su adversario perdiese los nervios en más de una ocasión ante los órganos locales del partido, recurriendo a discusiones cargadas de agresiones verbales, malos modos y gritos. Luis no entraba en esa dinámica -aunque la había provocado de manera sibilina-, permaneciendo como persona ecuánime y ponderada ante la histérica y peligrosa reacción de su contrincante. Como resultado de estas disputas, que se sucedieron en el año anterior a los comicios locales, consiguió ensombrecer y menguar a su "compañero" ya que el resto de los miembros del partido con capacidad para decidir la famosa lista, aunque no recordaban los motivos concretos de cada una de las broncas y altercados, sí tenían muy presente la imagen discordante del "histérico" con la de un candidato municipal potente. De elegirle, a buen seguro les haría perder las próximas elecciones. 
Abundando en lo anteriormente comentado, Luis -como buen manipulador que era- conseguía que le creyesen sin pruebas tangibles; no le hacían falta. Por el contrario, este adversario al que nos hemos referido y otros que tuvieron la desgracia de toparse con él en su camino, aún aportando datos concretos como material probatorio no lograban ni siquiera una mirada de aprobación ya que por más que insistían, se topaban con un colectivo humano que sólo oía, no escuchaba, sus inútiles alegatos en defensa de sus tesis. Nuestro personaje, rabiosamente más ducho en el arte del manejo y creación de impresiones, no se presentaba a una reunión sin haber pactado previamente -en pasillos, cafés y encuentros aparentemente informales- la posición más favorable a sus argumentaciones. Los otros, la mayoría, esperaban al cónclave preceptivo para pretender convencer de la bondad de sus ideas a personas que asistían en calidad de figurantes a la representación de una obra en escena. Como se decía por estos lares, "el pescado ya estaba vendido" cuando llegaba al expositor.
Nuestro líder, como estamos pudiendo comprobar, no mandaba nunca una propuesta a la muerte ni malgastaba cartuchos disparando al aire. Pergeñaba siempre planes de actuación lógicos y bien aderezados, que encajaban con el marco institucional en el que se movía, al tiempo que trazaba un elaborado plan comunicativo que tenía por objeto que las personas a las que iba destinado lo aceptaran y aprobaran sin fisuras. Prueba de la eficacia de su "modus operandi" es que consiguió, en el plazo récord de una legislatura, ascender del noveno puesto a cabeza de cartel de su partido.
Entre otros méritos personales, como representante electo en la oposición municipal, se le reconoció el diseño y la ejecución del acoso y derribo de un veterano concejal del partido en el poder que llevaba más de una década haciendo de su capa un sayo.

Nuestros colegas del Think Tank no saben, a ciencia cierta, si nuestro reputado político había leído a Clausewitz, pero el caso es que aplicaba con maestría los principios bélicos que el afamado general prusiano había plasmado en su famoso libro póstumo, "Vom Kriege" (Sobre la guerra), allá por el año 1832. Ilustremos este punto, siguiendo al militar, para luego analizar la estrategia llevada a cabo por el señor Luis. Según el autor citado, una maniobra eficaz y eficiente se componía de dos movimientos básicos, a saber, la detección y la concentración. Consistía la primera en averiguar, cómo no, el punto más vulnerable de cualquier estructura. Una vez detectado el punto débil, correspondía a las fuerzas disponibles para el combate acumular toda las acción sobre dicho punto, con objeto de optimizar los recursos ofensivos y conseguir la victoria deseada.
Cómo aplicó o se inventó por inspiración divina el concejal Luis dichos principios a su plan de ataque es algo que se encuentra más allá de nuestra capacidad de elucubrar. El caso es que que lo hizo; sencillo en teoría, fue algo complicado de articular. En primer lugar, se planteó provocar la dimisión del concejal anteriormente aludido. Estudió a fondo el terreno, la hemeroteca y el ambiente social preexistente. Una vez hecho esto, eligió el punto más débil, el más comprometido de su gestión. Este punto podía, convenientemente manipulado, generar malestar entre los vecinos y generar un escándalo social, que se encadenaría con otros, con el suficiente impacto tectónico para proyectar a la víctima fuera del escenario político.
Tuvo que aislar quirúrgicamente el punto de ataque ya que si el caso elegido como detonante hubiese tenido la implicación de otro concejal, podría haber provocado que terceras personas acudiesen en su ayuda. Por tanto, desechando la técnica del ataque masivo descontrolado, detectó una pequeña grieta en su gestión que, mediáticamente, había pasado prácticamente inadvertida.
Tras repasar los periódicos de los últimos tres años pudo comprobar que nuestro concejal "diana", siendo Delegado de Urbanismo, había cedido unos terrenos en el extrarradio de la ciudad a una empresa con objeto de que los urbanizara. El fin era, lógicamente, la construcción de viviendas sociales protegidas. El caso es que transcurrido el tiempo, nadie había edificado aún absolutamente nada en el enorme solar. Evidentemente, nada se sabía de las vinculaciones clientelares del buen señor y, sin lugar a dudas, resultaba casual que uno de los accionistas de la misma fuera su cuñado. Hasta ahí todo bien cubierto y enmarañado, a salvo de miradas indiscretas.
En el terreno de marras, defectuosamente acotado y cerrado, jugaban los chavales del barrio al fútbol y a otros menesteres lúdicos. No era ajena a este biotopo urbano la presencia de ratas, culebras y otros insectos que hacían desapacible y, hasta cierto punto, peligroso el entorno. La población adyacente era la propia del extrarradio de aquella ciudad, con una sosegada mezcla de marginalidad y poca articulación asociativa, que diría un activista social. Ni corto ni perezoso, de la noche a la mañana, decidió que lo mejor para los chavales era practicar deporte. Se puso el chándal y junto a dos compañeros de militancia decidieron entrenar al grupo de aficionados futbolistas de una manera más sistemática. Utilizaron, para no incurrir en ilegalidades, otro terreno baldío muy cercano al que hemos aludido. Buen psicólogo, desde el sentido común, tardó poco tiempo en hacerse con la chiquillería y con sus padres. Hasta tal punto llegó la afición que pocos meses después consiguió que le ayudaran a desbrozar el barrizal donde entrenaban y consiguió trazar un esbozo de campo de fútbol; el orgullo del barrio reconstruido como por ensalmo. Consiguió el patrocinio de varias tiendas del barrio y se agenció con una aportación simbólica la indumentaria de los ilusionados chavales. De la nada, consiguió crear un equipo de fútbol que aglutinó el interés y los desvelos de muchas familias del barrio. Siendo meritoria su labor social -nadie lo discute- sus intenciones finales se fueron desvelando poco a poco ya que se gestó el suficiente magma social que le permitiría lanzar un proyectil bien dirigido a su adversario político. El caso es que, lógicamente, el terreno acotado que había sido cedido a una oscura empresa pronto se vio como la vía de expansión natural para que el nuevo equipo del barrio -los "Centellas"- pudiese brillar con luz propia. Transmutó la indolencia vecinal en necesidad y activismo social; ahí la cosa cambiaba sustancialmente. Viendo todo el vecindario que no se le daba ningún uso al mismo, comenzaron a plantearse la necesidad de solicitar su cesión al equipo de fútbol por lo que la asociación de vecinos recientemente constituida -no se sorprenderán si les digo la ingente y discreta labor de promoción que hizo nuestro amigo Luis a este respecto- solicitó oficialmente al señor alcalde del municipio la cesión de los terrenos porque los fines sociales a los que iba a ser destinado su uso justificaban suficientemente tal cesión administrativa.
De nada sirvió al alcalde ignorar tal petición durante algún tiempo; total, quedaba aún mucho para las próximas elecciones. La memoria colectiva es efímera y volátil, le decían sus asesores. Ante el silencio renuente de la corporación local, pronto comenzó a esparcirse la especie de que el concejal de urbanismo había sacado una buena tajada a la cesión ya que la empresa, de la que sólo constaba un borroso nombre en un ajado cartel plantado en medio del terreno, era propiedad (esto último era una exageración, pero es lo que tiene la rumorología, que engrandece una verdad nimia hasta niveles estratosféricos) del cuñado del concejal. Tanto ruído se hizo a nivel vecinal que no había otro tema de conversación en la calle e, incluso, los más aguerridos vecinos (algunos padres de futbolistas, lógicamente) llegaron a manifiestarse ante la puerta del consistorio. La prensa local se hizo eco del problema y llegó a publicar varios artículos de investigación, se dice así ahora, donde llegaban a destripar al concejal y atribuirle hasta la muerte de Manolete. Parece ser que el alcalde no estuvo especialmente al tanto de esa adjudicación en su día ya que no se le dio, por estar ubicado el terreno en aquella zona, mayor importancia en aquel momento. Ahora, con toda la prensa y los vecinos pidiendo a gritos el campo de fútbol, que sacaría de la marginalidad a sus promesas del balompié, la olla estaba a punto de reventar. Sólo faltó que el cuñado de marras metiese la pata llegando a salir en prensa, pretendiendo justificar la cesión y la construcción de viviendas sociales. Cuando lo hizo, la gota colmó el vaso. La dimisión, por motivos estrictamente personales, del concejal de urbanismo estuvo precedida de inconfesables presiones por parte de su partido que, en el ultimatum más indigno, le amenazaron con provocar su cese si no dimitía inmediatamente y seguía perjudicando la imagen de la marca política. A todo esto, nuestro amigo Luis preguntaba sistemáticamente en cada pleno de la corporación por la cesión, supuestamente irregular, del citado terreno y por la necesidad de atender la demanda de un nutrido grupo de vecinos que pretendían, con toda la legitimidad en sus manos, ofrecer un mejor futuro a sus hijos.
Ni que decir tiene que el concejal de urbanismo dimitió, aún no sabe exactamente por qué y que nuestro político maquiavélico, Luis, se apuntó un importante tanto en su haber que le llevó a ser considerado como el estratega que podría llevar al partido a la victoria en los próximos comicios. Así fue y tras las siguientes elecciones, tras arrasar su partido en las urnas, pudo tener en sus manos el báculo que representaba su nuevo puesto como alcalde de la localidad.

Con independencia del juicio moral que pudiera sugerirnos tal historia, lo que nos interesa especialmente en este punto es retener un principio básico de la estrategia, esto es: "atacar no es repartir golpes, justamente consiste en concentrarlos."

Pepa había coincidido durante su vida laboral con un compañero que, en otros tiempos, trabajó como jefe de prensa de aquella corporación y es la fuente bien documentada que le aportó todos los detalles que nos acababa de exponer. Seguimos reflexionando sobre la misma y alguien propuso algo que nos recordó a un antiguo amigo, el Maestro Sun Tzu. A decir verdad, lo habíamos aparcado un poco en las últimas reuniones y nos pareció oportuno recuperar su sabiduría. Proseguimos nuestra charla retomando al general chino...

Continuará.

"El análisis descarnado de la estrategia seguida para alcanzar el poder; un interesante objeto de análisis y reflexión."  @WilliamBasker





26 diciembre 2014

Diario de un perfecto imbécil (4): ponga un filósofo zen en su vida.

Mi buen amigo Manolo es lo más cercano a un filósofo zen que podrían imaginarse. Todo un lujo tenerle aquí, en estas latitudes, sin necesidad de desplazarnos al lejano oriente para que nos ilumine con su sabiduría. Dicho todo lo anterior sin asomo alguno de sarcasmo; esto debe quedar absolutamente claro. Más de una vez, su templanza y prudencia me han salvado de meter la pata estrepitosamente. No impone, sugiere. No manda, invita. No presiona, deja que las cosas fluyan... Aunque les parezca impensable, es absolutamente posible este tipo de comportamiento en una empresa y les puedo asegurar que funciona. Al menos, Manolo hace que funcione. Cuando ha ocupado posiciones de poder en nuestro entorno laboral lo ha hecho desde un prestigio consolidado entre sus compañeros. Su autoridad emana del trabajo bien hecho, del respeto hacia todos los miembros de la plantilla y del conocimiento profundo de lo que se trae entre manos. Conoce, porque se lo han contado, confiando en su prudencia, media vida y milagros de todos nosotros. Cuando estaba en su mano, ha aderezado con mucho arte y estilo la rigidez burocrática de los procedimientos con el humanismo necesario en cualquier lugar donde el trato personal sea frecuente y continuo. Un lujo, se lo digo yo. Como carta de presentación no está nada mal, ¿no creen? Sé que si la pudiese leer antes de que se publicase me la censuraría con amabilidad. Su modestia, que no es falsedad, le impide otorgarse a sí mismo medallas y honores que, aunque los merece sobradamente, le impedirían caminar por la vida "ligero de equipaje", como él dice. "Todo aquello que te hace más grande, o parte del interior o termina siendo una carga insorportable en nuestro viaje por la vida", me comentó una vez cuando le pedí amablemente explicaciones a raíz de su renuncia a un nombramiento que, a la larga, le hubiese perjudicado más que beneficiado.

Conozco a Manolo desde hace muchos años. Tuve la suerte de coincidir con él mientras realizaba mis estudios en el pueblo y nos hicimos bastante amigos. Hombre parco de palabras y reservado en la intimidad, aunque con la versatilidad necesaria para montar un fluido discurso si la ocasión lo precisa, siempre destacó por su estabilidad emocional. En aquella época, nuestra adolescencia, era infrecuente verle metidos en peleas insustanciales. No era, ni es, un hombre cobarde, pero dosificaba sus esfuerzos para invertirlos donde pudieran ser de provecho. Sí le he visto encararse con un camorrista de medio pelo cuando intentaba abusar inmisericordemente de un chaval especialmente tímido y que era pasto frecuente de las burlas y escarnios de ciertos maleantes juveniles. Exceptuando esas contadas ocasiones, su trato con el resto del mundo se ha caracterizado por ser excepcional y diplomático. Lo traía de serie pero la experiencia que ha ido adquiriendo a nivel personal y laboral han elevado a niveles estratosféricos estas virtudes.

Coincidimos esporádicamente en la capital, donde finalizó con buenas calificaciones sus estudios de Derecho. Teniendo que atender a sus padres, cuyo estado de salud era bastante precario, prefirió volver al pueblo en vez de quitarse de en medio. Una vez aquí, no tuvo especiales dificultades para que su pericia y competencia profesional fuesen valoradas por Don José, nuestro antiguo jefe. Comenzó a realizar labores administrativas en la empresa pasando, poco a poco, a desarrollar otras ocupaciones de mayor calado a medida que su perfil humano y laboral fue dando muestras de excelencia. Tanto es así que, con ocasión de vacante, el director le propuso el puesto de administrador, confiando en sus dotes organizativas, buen criterio e imprescindible mano izquierda para el trato humano.
Como podrán intuir, disfruto enormemente de las ocasiones en que podemos compartir el desayuno ya que sus certeros análisis sobre las más diversas coyunturas cotidianas suelen ser muy suculentos y acertadamente fundados. Su juicio clínico predice ajustadamente el desenlace final de muchas situaciones aunque, en ese momento, estén en fase embrionaria. Se equivoca en un reducido número de ocasiones. "Es que parece que tienes una bola de cristal, Manolo..."; "qué va -me dice- lo que pasa es que fulanito de tal ya ha utilizado la misma táctica en varias ocasiones y se le vé venir desde kilómetros a la redonda; es una simple cuestión de método científico basado en la observación sistemática del entorno". Sea como fuese, durante el período en que su fino olfato ha estado al servicio de la gobernación de esta empresa, son pocas las situaciones importantes que se le han escapado de las manos. Lejos de meter la cabeza, cual avestruz, en un agujero, ha lidiado con destreza y solvencia las reses más variopintas con las que se ha enfrentado, recibiendo un reducido número de cornadas, de las que también ha extraído su lección, en todos los lances que ha tenido que torear.

Como ya he adelantado en otra entrega de este diario, fue de los primeros en darse cuenta de la doblez de nuestro particular y amenazador psicópata. Había tenido que trajinar con varios personajes semejantes a lo largo de su vida y los conocía bien. Lejos de revelar turbación o sorpresa, los dejaba hacer y exteriorizar sus verdaderas intenciones para poder, más tarde, utilizar la fuerza despiadada que estos personajes proyectaban contra él o su entorno y devolverles en su justo momento el ataque; sin proyectar una mayor agresividad o potencia que la necesaria para neutralizarlos. Se había convertido en un venerado maestro, por todos los que le conocían, del uso virtual de la fuerza para canalizarla adecuadamente y evitar destrozos innecesarios. Nuestro querido administrador -el psicópata- intentó buscarle las cosquillas en cuanto se dio cuenta de que Manolo conocía el terreno y podía, aunque sólo fuese simbólicamente, cuestionar su autoridad laboral y el ejercicio virulento del poder que pretendía proyectar hacia los trabajadores. Me consta que intentó encararlo varias veces mientras que mi buen amigo le dejaba hacer, encajando pugilísticamente todos los golpes y dardos recibidos... hasta que, en el momento oportuno, tras una elegante y habil maniobra distractora, Manolo le devolvió sin inmutarse todos los golpes y leñazos recibidos hasta el momento. El psicópata, absolutamente desconcertado por la agilidad marcial de su adversario, siendo un cobarde de reconocido prestigio, reculó rápidamente para evitar el más espantoso escarnio y ridículo personal al que se enfrentaba. Tomó nota, ambos lo hicieron, y desde entonces le guarda las distancias cual hiena subafricana.

Manolo volvió a su puesto de origen tras la jubilación del anterior director, pero lo hizo con mayor prestigio aún, dado que la autoridad que emanaba de todos sus actos le confería un aire de respetabilidad que para sí quisieran muchos poderosos jerifaltes cuya principal pobreza humana y profesional radica en que sólamente pueden ostentar el poder desnudo y vacuo que les otorgan los puestos y cargos que ejercen.

Representa para mí un verdadero lujo contar con Manolo entre mis escasos amigos. Espero seguir aprendiendo de él cada día que pase. Habrán podido conocer alguno de los rasgos de este buen amigo si han tenido oportunidad de leer las anteriores entregas de este diario, donde su presencia ha estado caracterizada por la prudencia y la sensatez. Como su magisterio se extiende a todos los planos que puedan intuir, seguirá apareciendo con frecuencia a lo largo de estas torpes líneas que pretenden esbozar mis pensamientos más cotidianos. A buen seguro, mi psicoterapeuta estaría encantada de tener una charla amigable con este hombre. De terapeuta a filósofo coincidirían en muchísimos aspectos y visiones. Intentaré convencer a Manolo para que me acompañe un día a consulta. Ya veremos....


"La autoridad (auctoritas) que emana del buen desempeño y sus repercusiones morales ante la comunidad; uno de los rasgos característicos del genuino liderazgo" @WilliamBasker


23 diciembre 2014

CSI, reflexiones sobre la buena gobernación de las organizaciones (2ª parte).

Tras nuestras reflexiones, "en positivo", sobre la buena gobernación de las organizaciones, todos estuvimos de acuerdo en que sería interesante y razonable -es lo que más nos gusta, que conste- ilustrar con algunos casos prácticos que cada uno hubiese vivido las buenas y malas prácticas en la gestión corporativa.
Andrés, siempre tan dispuesto a colaborar, intervino para contarnos el caso que habían sufrido estoicamente en su departamento (perteneciente a la administración) hace varios años. Padecieron a una jefa, especialmente inexperta y con lagunas (según sus adláteres) u océanos (versión más creíble que emanaba de la gente sensata y experimentada que sufría sus continuas meteduras de pata) que respondía perfectamente al perfil organizativo de inepta de reconocido prestigio; esto último, entre otras cosas, por su afán desmedido de notoriedad y presencia mediática. El caso es que los cargos intermedios, hartos de su incompetencia -además, la chica era arrogante, déspota y con tendencias sociopáticas- decidieron comenzar a jugar sus cartas; de no ser así, podrían haber seguido la senda tortuosa de varios colegas que tuvieron que largarse del departamento como medida desesperada de supervivencia y salud mental. Denominaron a su estrategia bélica "ataque puntual básico". 
Ante nuestro estupor y ganas de intervenir, Andrés nos rogó paciencia. Se explicaría a continuación con todo lujo de detalles.
A su jefa el cargo que ocupaba le venía manifiestamente grande -o enorme, según qué fuentes consultadas- pero tenían que aguantarla porque su nombramiento, cómo no, provenía de la digitalidad política ("a dedo", en román paladino). Perpetraba desmanes sin descanso, uno tras otro, por lo que decidieron echarle imaginación al asunto y reflexionaron al respecto. Llegaron a la conclusión por unanimidad y aquilataron que aquello se parecía cada vez más a una jaula de grillos y que se encontraban a punto de estallar o al borde de un escarpado precipicio; igualmente malas ambas opciones, como puede apreciarse. Por tanto, plantearon la necesidad perentoria de controlar los dictados que emanaban de los desvaríos y estravagancias de la buena señora. Tuvieron que ejercer una manipulación sutil, que se llevó a cabo con la inestimable ayuda y hábil desempeño de cierto funcionario muy influyente -léase aquí, con autoridad y experiencia- que también sufría los sinsabores de tan nefasta gestión. Contaba este funcionario que la responsable política de marras se paseaba de vez en cuando por las dependencias donde él trabajaba. De su experiencia en el trato con ella lo más agradable que podía decir, siendo discreto y diplomático, es que era una persona absolutamente vacía; lo peor de todo era que no se recataba en absoluto y lo evidenciaba cada vez que abría la boca. Era habitual el uso de expresiones sublimes y presuntuosas por parte de la jefa, que los sufridores se dedicaron a recopilar y coleccionar hasta compilar un sugestivo glosario, haciendo uso de una retórica efectista pero absolutamente hueca en cuanto a sustancia y contenido.

Siguió contando Andrés, mientras trazaba el perfil de aquella jefa, que se trataba de una reputada ladrona y mangante organizacional. Nos explicó que nunca tenía ideas o pensamientos propios, así que dedicaba su tiempo a hurtar los que le parecían mejores para cada ocasión. Curiosamente, no oficiaba el hurto con criterios aleatorios; antes bien, se las apropiaba en función de la convicción con las que dichas ideas eran expuestas por su interlocutor ocasional. Como se trataba de una práctica similar en todos los casos y simple como la receta de cocina de un huevo frito, más pronto que tarde visualizaron el camino a seguir para poder contrarrestarla; vieron "la luz" al final del escabroso túnel. Bautizaron su plan de ataque con una expresión coloquial para referirse al mismo en clave criptográfica: "la maceta de geranios". Como oyen, una maceta con un geranio plantado. 
La metodología a seguir para "reconducir" a la jefa inepta era simple (ella lo era aún más, de ahí que no se diera cuenta de la jugada en ningún momento). Cuando querían plantear o conseguir algo, el funcionario "vector" se acercaba a verla por la mañana y sembraba una pequeña semilla en la maceta de geranios (en estos momentos, obviamente, el tiesto sólo tenía tierra...). Como hemos dicho con anterioridad, por absurda que fuese la idea-semilla, expuesta con la persuasión histriónica suficiente tenía asegurado su crecimiento en la mente-tiesto-maceta de la alta magistratura a la que iba dirigida. Al cabo de poco tiempo, la jefa manifestaba una inquietud y efervescencia creciente ya que su inseguridad le hacía hervir interiormente porque no sabía por dónde meterle mano a la maceta con la nueva semilla, ya convertida en brote incipiente. Los pocos planes o citas que tenía en su agenda se caían literalmente, volviendo loca a su secretaria, que procedía a efectuar el habitual y tedioso ritual de anulaciones de citas y asuntos pendientes a los que, por "problemas gravísimos y urgentes sobrevenidos", la jefa suprema no podía atender en ese momento. Lógicamente, quedaban postergados "sine die". Alguien, esto lo hacían aleatoriamente para jugar al despiste, se acercaba a ella para regar con unas gotas de agua la semilla plantada esa mañana. Con una o dos sesiones de regado adicional (siempre orquestado por el "estado mayor" de jefes intermedios), conseguían que al final del día o semana la planta, el geranio, se hubiera desarrollado espectacularmente y nuestro "pelargonium peltatum" adquiría una presencia sólida y frondosa. Cómo no, la jefa acompañaba con alguna de sus frases sublimes el crecimiento del vegetal: "lo he meditado profundamente", o " tras analizar y valorar todas las opciones disponibles"... El caso es que la semilla solía crecer porque la buena señora, simple como una pastilla de jabón, hacía suyo el discurso que le habían inoculado subrepticiamente, en dosis homeopáticas.
Toda esta ingeniería botánica podía generar ocasionalmente problemas colaterales; por ejemplo, una vez que la planta había arraigado y se mostraba exuberante, no había posibilidad alguna de arrancarla. Por tanto, sabedores de los efectos secundarios de tan sutil operación, los sufridores se dedicaban a vigilar el estado vegetal de las ideas propias y las de sus correligionarios. Incluso recuerda nuestro interlocutor algún sufridor que decía, tras salir del despacho cabreado cual zulú hambriento, "pero quién ha sido el imbécil que le ha sembrado esa idea en la cabeza. A ver cómo arreglamos el entuerto que se ha liado". Como verán, ni la ingeniería más descollante permanecía ajena a los efectos nocivos de las mutaciones aleatorias.
Afortunadamente, terminó su disertación Andrés, nunca nos tentó la inmodestia a este respecto ya que ninguno de nosotros llegó a considerarse un reputado artista de la ornamentación floral, sino simples y afanosos jardineros corporativos.
Todos aplaudimos la pequeña historia ya que reflejaba hasta qué punto la naturaleza corporativa, sabia como ella sola, generaba sus propias herramientas metodológicas, y botánicas, para sobrevivir a la estulticia y la adversidad.

Reflexionamos largamente sobre la suculenta crónica que nos había regalado Andrés llegando a la conclusión de que, al igual que la naturaleza y la evolución, los seres vivos ubicados en un determinado nicho ecológico evolucionan, adaptándose al entorno, o perecen en el intento. Aquí podemos apreciar un interesante ejemplo de adaptación al medio, donde las ínfulas de grandeza del depredador -depredadora, en este caso-, así como su desconocimiento basal del terreno propiciaron la creación de curiosas estratagemas con objeto de procurarle carnaza y alimento que evitase, en última instancia, la devastación del hábitat corporativo.

A continuación le tocó el turno a Pepa. Como el próximo enredo prometía, decidimos hacer un alto en la tertulia para hidratarnos debidamente, no fuera a ser que nos aquejase una inoportuna y traicionera lipotimia. Pedimos una nueva ronda que nos fue servida con la celeridad habitual. Pepa comenzó su intervención....

Continuará...
   
 "Curiosas estrategias de adaptación al medio corporativo. Sobrevivir o perecer en el intento, que diría Hamblet, ésa es la cuestión."
  
@WilliamBasker