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28 febrero 2015

Diario de un perfecto imbécil (17): con la política hemos topado (2ª parte).


Como ya había referido en la entrada anterior, Antonio y el que esto escribe se dirigían apaciblemente, ya que llegábamos con suficiente antelación a la hora prevista, a la sede del partido. Mi buen amigo se encontraba algo nervioso. Era normal, siempre le habían superado los nuevos escenarios y los evitaba hasta el límite de su capacidad de tolerancia. Esta vez, parecía relativamente tranquilo. Como digo, para él era muy importante esta primera reunión, ya que suponía el ingreso efectivo en la comunidad de creyentes (me refiero a los de la base de la pirámide partitocrática, que conste, no al resto...) y la posibilidad de consagrar sus esfuerzos y desvelos a intentar cambiar el mundo que le rodeaba con su pequeña aportación simbólica.

Sé que parezco un cínico redomado (quizás lo sea, no me quito méritos sobre este particular) pero es que en estas páginas de mi diario puedo escribir, sin tapujos, dobleces o artificiosidad, lo que pasa por mi cabeza. No existe el prisma censor que a todos, sin excepciones, nos limita a la hora de relacionarnos con terceros, donde siempre intentamos agradar y complacer o, al menos, no disgustar a los que tenemos enfrente. Por tanto, quiero dejar constancia -por si existiese alguna duda al respecto- que mi conducta prosocial en tanto en cuanto asumía el rol de acompañante de mi amigo era absolutamente prudente y acomodaticia a las circunstancias; comedida y respetuosa. Opté por hablar poco para no meter la pata, lo estrictamente necesario.

Avistamos la puerta del local y pudimos apreciar que una masa informe de acólitos se iba arremolinando lentamente en torno a la puerta. Entre ellos se conocían, por lo que pude ver abrazos, apretones de manos, besos, guiños de complicidad... en fin, todo el despliegue habitual entre vecinos y parroquianos que comparten un momento festivo y que no se ven todos los días. Antonio, como era previsible, no conocía prácticamente a nadie. Bueno, claro está, con la excepción de sus avalistas (los que le prestaron su aval para permitirle su ingreso en la hermandad aquel aciago día), a los que se dirigió con presteza, esbozando una franca sonrisa en los labios. Éstos, me temo que no lo reconocieron inmediatamente, le devolvieron un frío, cortés y efímero apretón de manos cuando Antonio, presa de una emoción contenida, se dirigió a ellos para saludarlos efusivamente. Supongo que asistía a los rudimentos básicos de un protocolo social largamente consolidado con el paso de los años en el que cualquier aspirante a la comunidad tenía que pasar por ciertas pruebas de manera inexcusable para ser admitido, de facto, por el resto de fieles a la causa. Al parecer, los hechos lo evidenciaban, Antonio no había atravesado el espejo aún. Dándome cuenta del ligero desaire al que había asistido, desplacé a mi amigo amablemente del lugar donde se había quedado clavado como una cariátide del Partenón. No lo sé con exactitud, pero supongo que Antonio anhelaba que sus nuevos hermanos en la fe lo acogieran con hojas de palma y cánticos espirituales; es lo que tiene la iconografía mitinera cuando vemos imágenes de reuniones políticas en televisión. Aquello, y no había hecho más que comenzar, comenzaba a parecerse al escenario que yo me había imaginado. En cualquier caso, no quise desilusionar al nuevo militante con mis críticas y apreciaciones ácidas. 

Deambulamos apaciblemente por los alrededores intercambiando primeras impresiones, sin atrevernos a entrar en el local, porque todo el mundo parecía no tener prisa. Ya me temía yo que esto no iba a ser cuestión de una o dos horas. El caso es que tras más de veinte minutos pasada la hora de la convocatoria, se adentró en el espacio público de la plaza un buen mozo de fisonomía enjuta y espesas cejas que ya peinaba canas. Pelo largo y revuelto, de mirada altiva y disciplente, venía rodeado por un pequeño grupo de personas en actitud rastrera y aduladora; se dirigían hacia donde estábamos. El tal mozo, me enteré más tarde, era diputado por esa demarcación territorial y, al parecer, militante de base (él se definía así, pero su base era más que cuestionable) de aquella agrupación. A medida que se acercaba al grupo de hermanos congregados en la puerta del local, unos y otros dirigieron sus miradas, sonrisas y disposición corporal de anhelada bienvenida hacia el mesías, encarnado en el apuesto político de pose chulesca y ademanes ampulosos. Hasta tal punto fue digno de ver el espectáculo que yo mismo no logré explicarme, en esos momentos, a qué se debía tal despliegue de interés por la presencia de alguien. Julio, así se llamaba nuestro hombre, se acercó a la masa congregada y comenzó a dar estudiados apretones de manos (agarrando con la diestra y reforzando, en el antebrazo, con la zurda), guiños, besos, cachetadas.... impresionante. Hasta a mí, que no me conocía de nada, me dedicó una estudiada sonrisa y me endilgó, por toda la cara, un saludo más efusivo que si de un familiar cercano se tratase. "Me alegro mucho de verte", me dijo. Sonreía como una marioneta pero sus ojos escrutadores a buen seguro que intentaban ubicarme en el microcosmos de la hermandad allí congregada. Como posiblemente esbocé mi aspecto más simiesco y aborregado (sí, creanme, es posible esa paradógica dualidad facial en mi persona) se alejó rápidamente de mi vista para proseguir su paseíllo taurino resguardado en su transitar peripatético por una ristra de esforzados compinches y aduladores. 

Poco a poco, con más de cuarenta minutos de retraso sobre la hora prevista, la gente comenzó a entrar en el local sin dejar de charlar entre ellos. Mi amigo me miraba un tanto desesperado, con cierto agobio por el retraso, pero le resté importancia. Total, ya había asumido que tenía la tarde-noche perdida. Todo sea por la amistad; Antonio se merecía eso y más. Mientras tanto, poniendo el oído aquí y allá pude reconstruir un poco la biografía del tal Julio. Parece ser que, además de diputado por la provincia, era miembro -militante de base, le gustaba decir- de dicha agrupación local. Eso es lo oficial y públicamente conocido por todos. La intrahistoria, la parte más jugosa y sugestiva que sólo compartían los iniciados y algunos periodistas que se dedicaban a este ámbito sectorial de la información, venía a ser que el referido mozo lideraba una de las facciones, familias, clanes -como quieran llamarlo, pero es absolutamente verídico lo que les cuento- del partido en la localidad. Hasta tal punto que dicha familia, dentro de la hermandad, constituía un círculo absolutamente reservado y hermético que, emulando a los Capuletos y Montescos de la tragedia shakespeariana, dedicaba horas, recursos y esfuerzos compartidos para meterle permanentemente el dedo en el ojo al clan rival, sí, lógicamente, del mismo partido. Todo esto me lo malicié a partir de los breves intercambios comunicativos que tuve ocasión de compartir con los militantes presentes en aquel acto. No sé si Antonio se percataba de ello, pero no estaba en mi ánimo, en cualquier caso, romper su cáscara de prístina inocencia política. Ya tocaría hablar de ello, si se terciaba la ocasión.

Por las matemáticas tan enrevesadas y mutables que tiene la geografía política, resulta que el clan de Julio (sé que suena a orquestina de pueblo anunciando un bolo, pero es lo que hay, miren ustedes) tenía su "percha" o "paraguas" con ramificaciones del mismo que llegaban hasta más allá de la provincia. Esto es, que mis buenos convecinos no habían inventado nada ni se habían constituido en cantón independiente con relación a la praxis política al uso. Se trataba de una burda y contextualizada réplica, a nivel local, de un modus operandi absolutamente consolidado y asumido en la práctica consuetudinaria del partido; supongo que de todos los partidos, que aquí no se salva ni el "tato", en lo que viene siendo la faena y rudimentos clientelares y mafiosos. El caso es que la familia dominante, a la que pertenecía Julio, lo era hasta tal punto que su criterio era absolutamente crucial y determinante a la hora de premiar a sus acólitos, los miembros con cierto pedigrí del clan, con prebendas o cargos públicos cuando había ocupado cualquier ámbito de poder. Escuché un porcentaje, no sé si sería cierto o inflado, que algún bocazas me endilgó, presuponiendo que yo era, en primer lugar, hermano en la fe, y, en segunda instancia, un neófito secuaz adscrito al clan de Julio; los "Julianes", se autodenominaban los pobres diablos. Parece ser que la familia ostentaba un nivel de representación cercano al setenta por ciento. ¿De qué?, me preguntaría un hipotético lector de estas líneas. Pues de supuesta representación y, en definitiva, de poder interno o influencia. Sí, tal y como les digo. Eso venía a significar que cualquier lista electoral, cualquier comicio, o designación eventual de un cargo público priorizaba, antes que la capacitación, experiencia u honestidad del afortunado, la fe ciega, exclusiva y excluyente, del premiado hacia la familia que le había cobijado y le permitía ascender en la jerarquía piramidal de las élites, de los elegidos. Daba igual que la nueva figura política fuese un cretino de reconocido prestigio.

Nadie parecía tener prisa para comenzar lo que supuestamente era el acto para el que había sido convocado oficialmente mi amigo Antonio. Esta liturgia previa, porque así era, parecía mucho más importante que el debate en torno al proyecto del programa electoral que mi esforzado amigo se había hartado de estudiar, subrayar y analizar. Pasada una hora desde el comienzo oficial del acto, alguien comenzó a pasar revista disciplinadamente a todos los corrillos (a buen seguro, un joven miembro de la tribu haciendo méritos como auxiliar de organización) e invitándonos a pasar al salón donde había de celebrarse el ya, a estas alturas, anhelado encuentro formativo-espiritual. Hasta yo estaba deseando que empezara, aunque no se lo puedan creer. Poco a poco, la procesión seguía sin tener prisa, fuimos entrando y ocupando las sillas disponibles. Aunque mi amigo Antonio quería ubicarse en la primera fila, escuchó con atención mi sugerencia y ambos nos dirimos a un lugar un poco más discreto, por lo que pudiera pasar. Nos sentamos juntos y él comenzó a desplegar los folios que traía con anotaciones para repasar una posible e hipotética intervención. A medida que lo veía releer enfervorizado las líneas que había emborronado con esmero e ilusión, mi estómago comenzó a ofrecerme una sensación desasosegante, compatible peligrosamente con la aerofagia. Las cosas no iban para mejor, me estaba temiendo que Antonio, a poco que lo pudiese evitar el que esto escribe, podría hacer el ridículo de manera escandalosa en aquel antro. Me persigné internamente y comencé a recitar mentalmente mi mantra para intentar apaciguar mi espíritu.

En esas estábamos cuando el oficiante, un sujeto que tenía pinta de ocupar un rango jerárquico intermedio en la estructura local, se dirigió al estrado y rogó al respetable público asistente silencio para poder comenzar su alocución. El tal Javier, que así se llamaba, lucía una cuidada perilla, jersey desfondado y sus ojos, desmesuradamente orientados hacia el techo del recinto, parecían dirigirse hacia el infinito cuando balbucía las primeras palabras de su monólogo. En ese momento, Antonio dejó de leer los folios, se quitó las gafas y ambos prestamos atención al personaje que principiaba su intervención.

Continuará...

"La liturgia del encuentro proseguía a través de gestos y comunicación no verbal..."


26 febrero 2015

Ángeles y demonios (2): el "demonio"...


Como habíamos comentado al bosquejar el perfil de nuestro "ángel" en un post anterior, le toca el turno ahora al malo de la película. No malo malísimo, porque no ha matado a nadie, que sepamos, pero con una mala leche que rivalizaría con la de un "cochino matao a pellizcos", ustedes se podrán imaginar, si son capaces de visualizar el tormento del pobre cerdo.

A este sujeto, absolutamente real como la vida misma, también tuve la suerte -siempre se aprende algo, incluso de lo malo- de conocerlo en persona. Desconozco si estaba aquejado de algún trastorno psicológico de tipo histriónico o rozaba la psicopatía, ya que no se encontraban entre los cometidos del rol que desempeñaba yo en ese momento las labores de psicodiagnóstico, pero el personaje se las traía. No había ocasión en la que no mostrara al mundo y a los que martirizaba con sus palabras y bromas mal pertrechadas (como monologuista se hubiese muerto de hambre) lo importante y poderoso que era. En cada ocasión, nuestro amigo era el héroe y sumo sacerdote ante el cual se debía postrar cualquier funcionario, ciudadano o autoridad que osara ponérsele enfrente. Aunque con el tiempo, tanto yo como compañeros muy cercanos detectamos lagunas importantes en sus áreas de (supuesto) conocimiento, no fue capaz de pronunciar nunca una palabra que evidenciara su desconocimiento sobre cualquier tema o cuestión que aconteciera. Prefería, el muy infeliz, coger y meter por una vereda enrevesada y plagada de espinas a mucha gente antes que reconocer que otros podían saber algo más del tema que nos ocupaba en ese momento. Porque, eso sí, era un "enreda" de reconocido prestigio. A veces, aunque no siempre, las soluciones estaban a la luz y era relativamente fácil optar por un camino más que razonable. Pues ni por esas. Llegaba el amigo y comenzaba a ilustrarnos con un quimérico y artificioso discurso que tenía por único objetivo posicionarlo a él como alma máter de la situación y como "solucionador" de cualquier enredo. A veces tenía razon; hay que reconocerlo. Otras, demasiadas para lo que estaba en juego, metía la pata "hasta las trancas", que decimos por aquí, y no se pueden ni tan siquiera imaginar la que había que liar para desenredar la madeja que se había formado por seguir sus planteamientos fantasmagóricos.

Si hubiésemos tenido en cuenta sus "batallitas" e historias lo habríamos nominado para compañero del mes, qué digo, mejor del año. Pero no era así, ni mucho menos. Sin necesidad de escarbar demasiado ni de iniciar una prospección de arqueología social, nos llegaban de vez en cuando traídas por el viento noticias contradictorias con su, en apariencia, brillante discurso. Aquí, donde no llevaba mucho tiempo, quería pasar por amable, elegante e incluso simpático (mi abuela hubiese dicho que tenía la gracia donde las avispas... ya me entienden). Pues, como les acabo de comentar, nos llegaban datos muy reveladores de antiguos compañeros en otros destinos en los que había generado una sensación absolutamente amarga y desagradable. De todas sus amistades posiblemente no le quedaba ninguna, porque tampoco la hubo, creemos. Tuvo que salir disparado de varios destinos (también hay que reconocerle, cómo no, el arte y capacidad para quitarse de en medio antes de quemarse irremisiblemente) cuando el clima que él contribuyó a crear amenazaba con chamuscarle hasta las pestañas. Siempre había un motivo de altura y noble para justificar su cambio de posición, todo menos reconocer que no lo aguantaba ni el ordenanza de la casa. Algún simpático de aquellos que lo habían disfrutado en tiempos pretéritos nos felicitaba por la "perla" que teníamos entre nosotros....

En el fondo, nuestro demonio particular era un ser profundamente envidioso. Pero no se vayan a creer que era indiscriminado en su punto de mira ni que disparaba con balas de fogueo. Focalizaba este oscuro, aunque humano, sentimiento en aquellas personas que tenían un perfil "envidiable" (valga el juego de palabras fácil). Esto es, centraba sus ataques en aquellos compañeros cuya valía era ampliamente reconocida por todos y con un gran arsenal de capacidades profesionales y humanas. Parece como si el éxito y renombre de estas personas le generase un continuo dolor de estómago, una rabia interior que le superaba. Al principio, engañó a muchos. Con el paso del tiempo le vimos centrar sus ambiguas, a veces, y descarnadas críticas y comentarios sobre compañeros que se limitaban a realizar su trabajo con un alto grado de profesionalidad y sin mayores complejos. Parece ser que este enano psicológico -su altura moral era ínfima, como podrán comprender a estas alturas- no podía soportar saberse superado por alguien que, de manera natural y sin "postureo", le superaba en todos los parámetros posibles de comparación. Todos los que estábamos en el "círculo del martirio", esto es, en su cercanía, teníamos la misma sensación; un malestrar profundo a medida que pasaban los días cohabitando, que no conviviendo, con este sujeto. Destrozó el buen clima de trabajo previo a su incorporación y moldeó los deseos de una persona débil, rencorosa, pueril y con una ínfima capacidad de liderazgo para que hiciera su voluntad. Hay que reconocerle, eso sí, la capacidad para la manipulación más oscura y gótica que puedan imaginarse.

Aparentaba todo el día un nivel de ocupación desbordante. A su lado, todos parecíamos vagos y zánganos indolentes echados sobre una tumbona. Pero si analizabas con cierto detalle y perspectiva sus supuestos logros te dabas cuenta de que era una persona sumamente improductiva. Para avanzar un metro, si es que lograba hacerlo, procrastinaba medio kilómetro, enredando a varias personas y al final dilataba innecesariamente procesos que podrían haberse solventado en la mitad o cuarta parte del tiempo. Parece ser que todo lo que él tocaba necesitaba dimensionarse en una magnitud o proporción que se homologase con su postizo y adulterado ego. Todo lo inflaba, todo lo engrandecía pero.... a la postre, generaba muy poca productividad. No tuvimos que ponernos de acuerdo, porque era muy evidente, para valorar sus logros ya que nos dimos cuenta pronto de que no podía aportarnos casi nada a nuestro trabajo como profesionales ni a nuestra vida. Quería controlar la vida y destino de todos los que le rodeaban y era un consumado ratero que robaba y hurtaba subrepticiamente cualquier logro, por pequeño que fuera, o muestra de talento de subordinados y colaboradores. Como él estaba tan vacío y tan hueco, necesitaba vampirizar los logros de terceros. Eso sí, bajo ningún concepto asumía un error o fracaso como propio. Tenía, otra de sus habilidades, una destreza pasmosa para desviar los "marrones" hacia otros, incautos o no, que pasaban por allí. Por eso precisamente, su expediente profesional estaba impoluto, porque siempre había podido esquivar los resultados adversos de sus innumerables desmanes. Hay que tener arte y el sujeto, digno es reconocer esa habilidad, la tenía a este respecto.

Al final, el muchacho tuvo suerte. Cuando se cumplió su tiempo en aquel entorno ecológico, se quitó hábilmente de en medio como por ensalmo. Nadie se enteró hasta esa misma mañana que dejaba su puesto de trabajo por traslado a otro sitio. Dejó empantanados varios temas en los que su espumosa fanfarria nos había metido hasta el cuello. Suponemos que robó simbólicamente hasta donde pudo, en términos humanos y talentosos, y cuando se percató de que aquel huerto estaba suficientemente esquilmado y no había más que fagocitar, dirigió sus miras lejos de allí; lo suficientemente alejado para que los ecos de sus miserias no llegasen hasta los oídos de sus nuevas y potenciales víctimas. Ahora le tocaba a otros más sensatos desbaratar los cimientos de barro y los escombros que había causado su transitoria estancia en el puesto.

Lo crean o no, es posible sobrevivir en muchos entornos corporativos de esta manera. Hay expertos que deambulan tranquilamente por muchos sitios sin que al final de la película les pase absolutamente nada. No todo podía ser perfecto, así de simple. 

"La manipulación y el arte de aparentar como estrategia de supervivencia en los entornos corporativos."


24 febrero 2015

Diario de un perfecto imbécil (16): con la política hemos topado (1ª parte).


Ya me lo decía mi padre, "fíjate si es mala la política, que a la suegra la llaman 'madre política'..." Sí, no me lo reprochen. Sé que es un chiste u ocurrencia un poco chusca, pero en aquellos tiempos era de uso común y nadie se escandalizaba por oír expresiones como esta. Afortunadamente, los tiempos han cambiado y somos algo más respetuosos. No suscribo, debe quedar esto meridianamente claro, este aserto pero lo he utilizado para encabezar la entrada que hoy me propongo escribir en mi diario.

Antonio, un vecino y amigo desde la niñez, ha decidido entrar en política. Sí, como lo oyen y sin anestesia alguna que narcotice y difumine el delicado trance existencial por el que pretende transitar. En el ámbito local, se entiende, porque para aspirar a otras magistraturas más lucrativas (¿eso he dicho...?; me habrá delatado el subconsciente) habría que estar metido hasta las trancas y pelearse con sujetos de acrisolado pedigrí como "estadistas" que muchas veces, que me perdonen los ilustrísimos miembros de la Ndrangheta, no tienen nada que envidiarle en su modus operandi -salvo delitos de sangre, claro está- a los miembros de la mafia calabresa. Todo esto que les resumo con acrisolado estilismo se lo comenté muy claramente a mi buen amigo, de una manera más simple, obviamente. En su caso, dado que es un poco más bruto que yo, le vine a decir que estaba chalado y que mucho cuidado con hacer el imbécil, que podían aprovecharse de él a poco que se despistase. Y ustedes, pacientes lectores, me preguntarán el porqué de esa animadversión tan cruenta por mi parte. Intentaré explicarme para que no se lleven una impresión poco escrupulosa de mis ideas. Con independencia de la política, cuando manifestaba esta opinión, me refería entonces al perfil de Antonio. Éste, hombre noble y cabal como él solo, era un buenazo. De esas personas que ya no quedan. Fiel a su palabra, honesto y leal con sus amigos, trabajador esforzado e infatigable, buen compañero,.... podría seguir pero lo dicho hasta el momento es más que suficiente para hacerles ver que su perfil biográfico y personal no se ajusta al de muchos camorristas y maleantes que viven, y muy bien por cierto, de la cosa pública. Así, sin más; y que conste que soy de los que piensan que la política es necesaria y que estamos bastante escasos de buenos y honrados políticos, aunque pudiera parecer paradógica esta última combinación.

En algún encuentro casual me había comentado que tenía ganas de entrar en política. Eran muchas las injusticias que veíamos a diario -eso es rigurosamente cierto y lo suscribo- y le apetecía aportar su grano de arena para intentar mejorar un poco el mundo. No le eché más cuenta ya que Antonio habituaba a cambiar de hobby o pasatiempo varias veces al año y, la verdad sea dicha, no era un ser demasiado constante en sus planteamientos ideológicos o doctrinales, al menos hasta ese momento. Por tanto, asentí socarronamente mientras seguíamos jugando al dominó en el bar de la plaza. "Ya se le pasaría el calentón", me dije mientras seguía poniendo fichas encima de la mesa. Pero, al parecer, la idea le seguía rondando peligrosamente por la cabeza hasta que tuve ocasión de encontrarme, casualmente,  con él hace varios días. Venía de hacer footing. Sí, ha decidido cuidar su colesterol y, de paso, mejorar su autoestima. Además, sale barato. Se ha comprado unas mallas de running negras como el sobaco de un grillo, como él dice, y embutido en ellas (está precioso de esa guisa mi querido colega, se lo puedo asegurar) se prodiga por los caminos y senderos sudando la gota gorda. Además, con su pelo alborotado contenido y domeñado con una cinta elástica parecía un cantante de soul de los setenta. Al margen de esos detalles escenográficos, lo importante es lo que me dijo en ese encuentro casual.

- "Ramón, ya me he apuntado al partido...".
- "¿Qué? -le dije-, querrás decir que te has hecho socio del equipo de fútbol para ver los partidos, ¿No?" Sí, a mi amigo a veces las expresiones le bailaban y había que hilvanar un poco su discurso para interpretar correctamente su mensaje.
- "Que no te enteras, Ramón. Que ya me he apuntado al partido. ¡Que estoy en política!"
- "¡Madre de Dios!", le dije. Interpretó él mi sobrecogida expresión como una muestra de felicitación, pero no lo era en absoluto, como comprenderán a tenor de lo que les estoy contando.
- "Entonces, ¿qué te parece...?"
- "Pues.... (musité), muy bien. ¿Qué quieres que te diga? Si te gusta, estupendo. Espero y deseo que te vaya bien. Además, cada uno hace con su tiempo y esfuerzo lo que le apetece, siempre que no perjudique a terceros." En ese momento le di la mano con firmeza para fortalecer mis palabras de aliento.

Hasta ahí, todo bien. Insisto, nada más lejos de mi intención interferir en los deseos o caprichos de mi amigo ni en la libérrima expresión de sus anhelos ideológicos. Lo peor vino a continuación. No es que fuera una debacle ni un terremoto, pero tiene su miga y lo comento ahora mismo. Mi buen amigo y vecino era un ser sumamente tímido y apocado. Su retraimiento era de tal grado que difícilmente hablaba en público, cuando tenía ocasión, sin comenzar a sudar o a temblarle la voz. Todavía recuerdo los malos ratos que pasaba en la escuela cuando el profesor le sacaba a la pizarra, delante de toda la clase, para preguntarle en público. De ahí, entre otras cosas, mi extrañeza por tal decisión. Me dijo que lo había meditado mucho, hablado también con su mujer y que necesitaba un cambio existencial (él utilizó el término "cambiar de carril...") ya que su vida actual era demasiado monótona y rutinaria. A tales efectos, se había acercado a la sede local de un partido afín a sus ideas políticas y, ni corto ni perezoso, se afilió al mismo tras intercambiar una breve conversación iniciática con los parroquianos que había en el local en ese momento. Tras aprobar el test ideológico-doctrinal al que fue sometido subrepticiamente, que digo yo, dos de ellos, prestos como gacelas en fase de apareamiento, se avinieron a prestarle sus avales -requisito, al parecer, imprescindible para evitar que ingresaran en las filas del partido gentes de mal vivir y poco fiables- para realizar la inscripción en el registro. Me mostró encantado y pletórico de alegría su nuevo carnet y me dijo que tenía que hacerle un favor.


- "Ramón, tienes que acompañarme este martes a una reunión en el partido"
- "¿Qué?. Tú estás loco, Antonio.
- "Te lo pido por favor, como amigo. Sabes bien que me cuesta mucho tomar iniciativas. Es más, aún no sé cómo me he atrevido a dar el paso de la afiliación, pero he podido sobreponerme a mi timidez atávica. Sólo te pido que me acompañes a una reunión a la que me han convocado. No hay más. Ni te van a pegar, ni abducir, ni...."
- "Para, para... le dije. Te acompaño". Sabía yo por experiencia que mi amigo era un pesado ("jartible", decimos por aquí) de marca mayor y que al final tendría que ceder o alejarme de él. Por tanto, decidí acortar el sufrimiento y le dije que sí. Total, ese día tenía la tarde libre y, a lo sumo, sólo perdería una o dos horas. ¡Qué equivocado estaba...!

Antonio me abrazó exultante y, sudoroso como estaba tras el ejercicio físico, no tuve más remedio que aguantar el tufo apestoso de sus axilas como gesto entrañable, no exento de estoicismo, para preservar nuestra amistad. "No es para tanto", le dije, quitándole importancia. El caso es que nos despedimos y quedamos emplazados para vernos un rato antes de la hora de la reunión, en el bar para tomar un café. 

Llegó el día de autos y me disponía a pedir mi café cuando vi acercarse a mi amigo Antonio perfilado como un dandy de opereta bufa. Se había puesto la ropa de los domingos, un pañuelo de seda azul en torno a su corpulento cuello y acicalado el pelo con gomina. Apestaba a perfume hasta tal punto que las moscas que pululaban por el local huyeron despavoridas de nuestro espacio aéreo. 

- "Veo que te has puesto muy elegante, Antonio" -le dije-.
- "Hombre, la ocasión lo exige. Ya sabes que a mí me gusta ir cómodo pero Puri (su mujer) ha insistido en que tenía que ir elegante. Nunca se sabe dónde puede acabar un servidor, pero la apariencia externa es uno de los elementos fundamentales del éxito en la vida. La imagen al poder, mi querido Ramón."

No le faltaba razón a mi amigo porque, a este respecto, conocía a determinados pelagatos y mangantes de mal vivir cuyo único mérito para hacer una carrera política había sido la capacidad de encajarse un traje de chaqueta con cierto estilo. Manda huevos....
Tomanos nuestro café tranquilamente ya que habíamos quedado media hora antes de la reunión y el local estaba a dos minutos del bar. Percibí cierto nerviosismo en Antonio. Cosa normal, me dije. También me "autoimpuse" -valga el término- prudencia a la hora de hablar con él de este paso trascendental en su vida ya que sabía lo ilusionado que estaba y mi particular visión de los políticos, más que de la política, no debía enturbiar ni empañar esa inquietud que le había animado a dar el paso. Por tanto, tanteé con cautela el terreno y medí milimétricamente mis palabras para evitar la menor sombra de sarcasmo o cachondeo.

- "Sobre qué es la reunión de esta tarde, Antonio."
- "Vamos a estudiar y debatir -hizo énfasis en este último término- el proyecto de programa electoral que presentaremos a las elecciones locales". 

Pues sí que había comenzado pronto el proceso de endoculturación -que dirían los antropólogos- o de abducción -ufólogos y psicólogos dirían eso, supongo- de mi amigo. No es que me sonaran mal los términos que comenzaba a utilizar pero en el marco de una jerga absolutamente normal, intercalar ese tipo de léxico, tan específico y con tanta carga política (subía el tono de voz para enfatizarlos) me generaba cierta inquietud. Además, querría ver yo con mis propios ojos si lo que hiciera este alma de cántaro y otros buenos militantes, que los habría, serviría de algo para modificar lo que ya, me maliciaba, estaba prácticamente cerrado de antemano por los jerifaltes de las instancias superiores del partido. Todo esto no se lo dije, claro está. Parecía un niño con zapatos nuevos y no debía desilusionarle con mi ancestral escepticismo.

- "Muy interesante" -le dije-.
En ese momento, sacó de una carpeta unos folios que tenía subrayados de varios colores y me los mostró orgullosamente.
- "Mira, Ramón, aquí lo traigo. Me lo he estudiado a fondo y tengo varias propuestas que formular a la asamblea..."
Mi cara de perplejidad iba en aumento, por lo que decidí dar un sorbo al café templado que tenía en mi taza antes de proferir una barbaridad.
- "... las propuestas -continuó- van en la linea de profundizar a través de mecanismos de participación social el proceso de toma de decisiones, implementando el mismo a través de instrumentos telemáticos que podrán propiciar...."
En ese momento algo crujió en mi cerebro ya que no me podía creer que Antonio, ser directo y simple en sus argumentaciones, hubiese enhebrado más de treinta palabras sin decir absolutamente nada. Boquiabierto me quedé y asombrado por la capacidad de mimetizar la jerga insustancial y hueca de muchos de los políticos de salón a los que estábamos acostumbrados. 

Miró el reloj y me hizo señas de que teníamos que marcharnos. Si hubiese sido creyente me habría encomendado a San Simeón, patrón de los locos y titiriteros, pero no era el caso. Me apliqué a recitar internamente, al tiempo que sonreía a mi amigo y me levantaba de la silla muy despacio para no desvanecerme de la impresión, un antiguo mantra tibetano que servía para calmar mi ansiedad cuando mi intelecto preveía que estaba a punto de exponerme a una situación que amenazaba con hacer estallar mis límites. Comencé a respirar profunda y cadenciosamente, respiración abdominal, por supuesto. Nos dirigimos los dos lentamente a la puerta del local del partido.

Continuará...

"La política y la elección de las élites. Mecanismos de captación y cooptación."












21 febrero 2015

Ángeles y demonios (1): el "ángel"...


Partiendo de la premisa de que la vida, la nuestra y la de las organizaciones, no responde a un patrón dicotómico simple e inocente sino, antes bien, a una gama difusa de claroscuros que se difuminan o intensifican dependenciendo de muchos parámetros, es cierto que todos conocemos a buenos y malos jefes. Ni los buenos son perfectos ni los malos son "pa matarlos", pero podríamos ubicar sin especial dificultad en una escala el buen y mal ejercicio del liderazgo. No hay que realizar, como tantas veces hemos comentado, un máster o curso especializado para intuir y visualizar las cualidades de los mejores y, cómo no, peores en el ejercicio del mando. Por tanto, recojo aquí -empecemos por el lado más grato, que lo hay- el perfil de una persona con la que he tenido la suerte de compartir experiencias laborales durante una buena temporada. Su modestia y mi prudencia me impiden, como es la línea editorial de este blog, hacer mención expresa a su nombre. Le llamaremos Jaime; lo que importa es el contenido.

Mi amigo Jaime ha desarrollado una larga experiencia de trabajo en la administración. Ha tenido la suerte, eso dice él y yo le creo, de pasar por diversos puestos donde ha podido adquirir la experiencia necesaria para mejorar su intervención y desempeño en ulteriores destinos. Ese afán de superación personal no es, lamentablemente, demasiado común ya que he conocido a otros tantos cuya capacidad vegetativa rivaliza con la de una palmera e, incluso, le gana en cuanto a parálisis e inmobilidad. Persona discreta y prudente, evitaba siempre que le comparasen con otros. No lo hacía porque le tuviese miedo a las comparaciones, estoy seguro que hubiese salido ganando por goleada en muchos casos, sino porque partía del convencimiento íntimo de que no lo necesitaba. A todos nos gusta que nos comparen con otros siempre y cuando, claro está, salgamos ganando en el cotejo. Eso es algo consustancial a la vida de los seres humanos. Hasta ahí, todo normal. El problema surge cuando nuestra autoestima es deficiente y necesitamos de manera reiterada buscar referentes externos que nos marquen los resultados alcanzados y dimensionen la magnitud de nuestro ego. Nos importa en exceso la opinión que los demás tengan de nosotros hasta el punto que cualquier crítica, por nimia e insignificante que pueda ser una vez contextualizada, adquiere unas dimensiones bíblicas y provoca un tsunami devastador en nuestra persona. A veces, aunque no siempre, la reacción del "agraviado" por la crítica resulta extremadamente cruenta y desproporcionada; pero ese es otro cantar y no quiero desviarme del tema que nos ocupa en estos momentos. 

Jaime comentaba con relación a las críticas, porque las tenía como cualquier persona con responsabilidades, que no debías tomártelas como un tema personal, como algo que te rechazara a ti como sujeto. Aclaraba que había siempre varias explicaciones posibles para interpretar esas apreciaciones críticas. No había que descartar, por ejemplo, que el demandante lanzara sus dardos porque estaba dañado y dolido con algo que, vete tú a saber cómo, representabas. Era su propio dolor y combate interior el que te agredían. Por tanto, había que saber contextualizar y ponderar todas las explicaciones posibles. Como podrán ver, Jaime era un tipo "grande". A cualquier hijo de vecino los ataques que aguantaba estoicamente mi amigo le habrían provocado una reacción agresiva en justa reciprocidad al impacto producido por el emisor de la crítica. Era un verdadero artista en la gestión de la queja y del conflicto, consiguiendo que la energía negativa que le proyectaban nunca impactase frontalmente, ya que era reconducida y difuminada con objeto de poder manejarla y extraer el núcleo objetivo y tangible de la misma. 

Relacionado con lo que hemos comentado hasta el momento, pero con ciertos matices que quisiera resaltar, era su capacidad para no asumir el papel de doliente, de víctima. Decía Jaime que cada persona ha de ser capaz tanto de controlar sus pensamientos como las emociones que generan. Uno decide, en cada momento, qué hacer o atender, qué decir, qué pensar, qué juzgar... Si, en vez de asumir lo que él decía, hacemos todo lo contrario, esto es, que siempre actuamos reactivamente a demandas del exterior, nos volvemos absolutamente frágiles, como marionetas que carecen de vida propia y para que puedan mover sus anquilosados miembros tienen que depender de la fuerza externa de terceros que nos provocan y manipulan para que dancemos como esclavos, obedeciendo ciegamente su voluntad o capricho. Consecuentemente, decía, supone un craso error entregar la llave de tus sentimientos a los demás ya que podrán manipularte y, a veces, lo harán sin misericordia alguna, por espurios e ilegítimos intereses. No podemos convertirnos en títeres de auténticos desalmados y hay que evitar a toda costa que nos lastimen a menos que, llegado el caso, cedamos esa parte de nuestra soberaría y le otorguemos permiso para poder hacerlo. Para complementar esto que se ha dicho y siempre con el máximo respeto, Jaime comentaba que sería un error esperar algo de los demás, en el sentido de estar pendientes de que nos tengan que dar u ofrecer algo. Por tanto, él no esperaba nada de nadie. Pero lo trasladaba sin agresividad y explicándolo debidamente. Su tesis a este respecto venía a ser que si esperamos y confiamos todas nuestras expectativas -sobre el tema o asunto que fuere- en manos de otras personas, es altamente probable que el fruto que nos devuelva esa operación sea frustrante. Y será así porque un día nos responderán o atenderán mejor y otro día, sin que esté en el ámbito de nuestra voluntad o círculo de influencia la posibilidad de cambiarlo, lo harán peor; y eso nos podría generar zozobra interior y, eventualmente, hacernos mucho daño. La voluntad del ser humano, sus emociones y la esfera de los afectos es algo sumamente mutable donde no siempre las respuesta y acciones obedecen a la lógica de la reciprocidad ni del sentido común.

Tenía también muy claro mi amigo que las personas no cambian porque tengamos intención de hacerlas cambiar. Por tanto, malgastar energía, fuerza e ilusión en provocar cambios en la manera de ser de terceros es algo que, a buen seguro, nos generará muchísima frustración. Sólo cambia, sentenciaba, aquel que quiere cambiar; aquel que ha decidido que es el momento de adoptar otra línea de acción, ni más ni menos. Paradógicamente, cuando nuestra intención no es cambiar a los demás se producen, en muchos casos, mutaciones significativas en su manera de ser y relacionarse. Por tanto, no debemos caer en la trampa de ceder con la esperanza de que otros cambien al ver nuestra actitud. Por eso mismo, decir "sí" a todo lo que se nos pida puede ser tan malo como lo contrario. Nuestros legítimos intereses deberían de ser preservados en cualquier interacción y cuando tengamos que decir "no" a cualquier cosa que atenta contra los mismos, debemos hacerlo. Lógicamente, habrá que cuidar las formas cuando uno responda negativamente a cualquier petición o invitación desmedida y, lo más importante, no hay que decir "sí", por miedo, búsqueda de aceptación u otra razón, cuando nuestro corazón y cerebro tengan claro que lo mejor es pronunciar la palabra "no". 

Como habrán podido apreciar si han llegado hasta aquí, he trazado varias pinceladas del caracter de un maestro en el ámbito de las relaciones humanas. Afortunadamente, aún sigue trabajando y sus colaboradores pueden disfrutar de su buen talante y de su sentido de la justicia.

"Algunos aspectos esenciales que caracterizan a las personas que triunfan cuando ejercen la dirección o el liderazgo."

@WilliamBasker





19 febrero 2015

Diario de un perfecto imbécil (15): Cándido está fatal; necesita un coach.


Sí, ya sé que el titulo de esta entrada puede generarles desazón y aturdimiento neuronal, pero es como les acabo de resumir en titulares: el jefe está "pa matarlo", esto es, fatal. Creo recordar que a lo largo de las páginas de este diario he trazado varias pinceladas psicológicas de nuestro amado, y nunca bien ponderado, Director. Cándido, recordarán, el hijo de Don José. Que está fatal lo sabemos todos los que pululamos por la empresa; no es algo nuevo. Resulta que el "psicópata", otro entrañable y truculento personaje que se ha colado en estas sufridas páginas, le ha recomendado que contrate a un amigo suyo para que incorpore a su identidad, la de Cándido, una serie de elementos imprescindible para el buen ejercicio del liderazgo corporativo. Aparte de incorporar, el coach, varios miles de euros a su cuenta corriente, el grupo de canallas mafiosos de la empresa entre los que me incluyo tiene dudas más que razonables de que el tarugo de Cándido vaya a sacar algún partido a las directrices, sin duda profesionales y bien pertrechadas, que le inculque en su túrbida, menesterosa y escasamente trabajada mente el profesional del coaching.

Vayamos por partes, como siempre. Anamnesis, que hubiese dicho mi terapeuta a este respecto. Intentaré profundizar un poco en la situación basal, de partida, en la que se encuentra el Director. No hay que ser un profesional del psicodiagnóstico para apreciar que tiene dos o tres cables "pelaos", como mínimo. SIn recurrir, dado que soy neófito en la materia, a un léxico de corte especializado, les contaré en "román paladino" algo más de la persona de este sujeto. El pobre hombre está todo el día intentando llamar la atención. Como no tiene ni una pizca de gracia, cuando pretende hacer un chiste todos lo evitamos. No lleva bien eso de relacionarse con el pueblo llano ya que, desde que delegó soberaría absoluta sobre el Administrador, prácticamente no sale de su despacho. Ni para mear siquiera porque, habrán imaginado, tiene un cómodo aseo de uso privado; las prebendas del poder, ni más ni menos. Intenta, como les digo, ser el centro de todas las miradas y últimamente no para de invitar a cafés a los empleados; a escondidas del "psicópata", claro está, que le tiene absolutamente prohibido ese tipo de acercamientos íntimos y le dice que intimar con los subordinados es algo que está absolutamente contraindicado para que pueda ejercer dignamente la situación de prevalencia que ostenta como jefe máximo de la empresa. Vaya pamplina y estupidez. Su padre, Don José, era un hombre absolutamente campechano. No tenía que forzar ninguna respuesta estereotipada  ya que respondía con naturalidad a todo tipo de interacciones. No debemos de olvidar que conocía personalmente vida y milagros de sus empleados. Ello facilitaba, sin lugar a dudas, unas relaciones humanas fluidas y cómodas. Si le tenía que decir algo a alguien, se lo decía y punto. Eran otros tiempos...

Con relación a las invitaciones cafeteras de Cándido, el otro día estábamos Manolo y yo desayunando en el bar de costumbre cuando lo encontramos en la barra -nos saludó efusivamente, eso sí- charlando con dos compañeros de trabajo. Sin ánimo de cotillear, escuchamos a "vuela pluma" algo de la conversación. Sonrojados y sintiendo algo de vergüenza ajena, pedimos lo nuestro y nos sentamos en una de las mesas disponibles. Lo curioso es que, de lo poco que pillamos a oír, pudimos darnos cuenta que estaba contándoles a dos (casi) perfectos desconocidos lo mal que lo había pasado en su infancia con su familia y conocidos. Según él, había sido rechazado por su entorno y su familia y, consecuentemente, necesitaba en estos momentos -tiempo había tardado el colega en percatarse del desafecto histórico hacia su persona- que la gente de su entorno le alentara y mostrara su aprecio. Ambos dos, los trabajadores, nos miraron de reojo al tiempo que esbozaban una ingrávida y farisea sonrisa que pudiera justificar el "peaso" de tostada de jamón serrano ibérico (del "bueno") que se iban a hincar a costa del espléndido benefactor.

Manolo y yo nos quedamos mirando pasmados. Pues sí que llevaba una temporada raro Cándido. Sin haber sido nunca el alma de la fiesta, se le veía desesperado últimamente por agradar a todo el mundo. Su actitud y comportamiento eran tan artificiales y adulterados que no resultaban creíbles. La gente se miraba extrañada cuando veía esas "performances", pero "entraba al trapo" y le seguía el juego porque preferían a un jefe dicharachero y amigo de la jarana, aunque más artificial que una muñeca de trapo, que a un patrón enojado que les hiciera la vida imposible. Sencillamente, permutaban agrado fingido e hipócrita por una confortable paz social. Manolo me comentó, porque lo conocía algo mejor que yo, que Cándido tenía un autoconcepto y autoestima bastante deteriorados. Más tarde tuvo la amabilidad de explicarme la diferencia entre ambos conceptos porque yo creía, a fuerza de ser sincero, que se referían a lo mismo. Si vuelvo algún día con Pepa, mi terapeuta, me anotaré preguntarle por la diferencia entre ambos. Pero no quiero divagar en torno a esa nimiedad. Siguió comentando Manolo con relación al Director. Parece ser que vivía en permanente conflicto interior y estaba "más solo que la una". No se refería exclusivamente al ámbito laboral. Ese aislamiento prácticamente total y ese destierro le llevaban a intentar compensarlo desesperadamente con la búsqueda dislocada de una posición social que, por mucho que se empeñara, no ocupaba por sí mismo ni por sus méritos. El eterno debate entre "auctoritas" y "potestas" con el que todos estamos familiarizados. Este vez sí, sabía de qué iba el tema. Últimamente me había aficionado a la lectura de un blog que me recomendaron y recuerdo que trataron ese tema en uno de los artículos o post. Me gustó bastante y me resultó de mucha utilidad. Por cierto, el bloguero o blogger -como se diga- al que le envié un e.mail me atendió muy amablemente cuando le dije que estaba escribiendo algunas cosas y que me aconsejara para ver cómo podía darle salida y, eventualmente, conseguir que pudiesen publicar algo si les parecía de interés. Igual le mando algunos fragmentos del diario que estoy escribiendo, a ver si me lo publica... ya veré.

Es curioso, prosiguió mi buen amigo hablando de Cándido, porque antes no solía escuchar a nadie, ya que siempre había sido bastante autosuficiente. Imaginamos que para él suponía un enorme sufrimiento admitir el hecho de que cualquier otro podía saber algo más que él. Lo que no sé es cómo se las ha arreglado el Administrador, nuestro querido "psicópata", para penetrar tan profundamente en la psique del Director. Habrá que estudiarlo con cierto detenimiento, porque explicación racional que digamos, no tiene. En este sentido, coincidía con Manolo. El Administrador era un manipulador nato y había sido capaz de abducir hasta el tuétano al infeliz de nuestro Director. 

Otro de los rasgos, ya puestos a analizar, que más nos llamaban la atención de Cándido era su afán desmedido por hacer las cosas perfectamente. Lo habíamos visto colérico en más de una ocasión por alguna nimiedad relacionada con los documentos que le pasaba su secretaria. Era ridículo que montara ese pollo por algo tan simple, pero la pobre chica lo había pasado mal más de una vez por algún despiste ortográfico o de edición. Creemos que rozaba el disparate pero es posible que Cándido temiese que si no hacía las cosas perfectamente, el poco afecto o respeto que le tenían desapareciese como por ensalmo y fuese el hazmerreír de todo el mundo.

Podrán apreciar que el retrato bosquejado hasta el momento de nuestro amado Director es casi fantasmagórico y digno de un museo viviente de los horrores. De no ser por el amplio abanico de responsabilidades que tenía a sus espaldas, su comportamiento neurótico habría pasado mucho más desapercibido. El problema era y es que se encontraba en una posición en la que debía tomar determinadas decisiones y estaba expuesto a los naturales errores o contratiempos que conlleva la gestión diaria. Al parecer, ni la vida ni su genética le habían preparado para ello. A decir verdad, en el fondo inspiraba mucha pena; el hombre lo tenía que estar pasando muy mal. Posiblemente, apuntó Manolo, un psicoanalista podría analizar ese perfil psicológico apelando a sus raíces, en la infancia del sujeto. Podríamos hablar de experiencias y traumas que no habían sido adecuadamente resueltos y que han llevado al sujeto a desarrollar y dejar petrificados o acartonados en su fuero psicológico interno una serie de conflictos que lo han marcado a fuego y que le influye negativamente en todos los planos de su existencia y, a mayor abundamiento, en la manera de ser, sentir, actuar y, en definitiva, vivir.

Tras esta reflexión cafetera y por muy mal que nos cayera este hombre, no nos apetecía hacer leña del árbol caído. Imaginábamos, y seguramente habíamos acertado, que la preocupación visceral, la inseguridad y la angustia con la que sobrellevaba sus días Cándido era algo absolutamente agotador. Tanto daba que hiciera algo o que lo dejara de hacer. Al final, sus problemas no desaparecían por mucho que lo intentara. Como, además, no era raro el día que el pobre hombre exhibía algún síntoma físico preocupante, ello nos llevó a intentar aparcar el tema ya que, de verdad, entendíamos que necesitaba francamente ayuda profesional. Los mercenarios cafeteros poco podrían contribuir a intentar comprender y solucionar sus problemas personales. 

Esperaríamos acontecimientos y, a buen seguro, alguien que le asesorase sobre las funciones directivas le vendría francamente bien. Por tanto, la presencia del Coach profesional no eran algo de lo que cachondearse o mofarse sino una oportunidad para que la persona de Cándido recuperase, al menos, un poco de estabilidad y no sucumbir a las múltiples tareas y afanes sobre las que tenía responsabilidad, con independencia de que el Administrador, pelota redomado, estuviese siempre sobrevolando sobre su despacho para marcarle sus, las del "psicópata", directrices de mando. Veremos a ver en qué queda todo esto.

"Los rasgos de personalidad y su influencia en el ejercicio del liderazgo; un nuevo episodio."
@WilliamBasker

17 febrero 2015

Coaching y atributos esenciales del liderazgo (1): la puntualidad.



Por pequeñas que puedan parecernos, hay ciertas cosas que deberían ser inherentes al perfil de cualquier persona que llegase a ocupar un puesto de responsabilidad. Se trata de rudimentos sencillos, que no requieren la realización de cuatro carreras universitarias, un doctorado o un máster. Es más, uno debería de haberlas aprendido desde pequeño, porque son herramientas indispensables para moverse con la vida respetándose a uno mismo y a los demás. Pero ése es otro cantar, hasta qué punto nos influye todo aquello que ha rodeado nuestra particular biografía y educación es algo que generaría rios de tinta. No es mi intención, aquí y ahora, profundizar en ello; lo digo para tranquilizarles.

Mi reflexión se centra en algo tan sencillo como ser puntuales; amar y respetar la puntualidad. Sé que, imaginarán, es algo obvio. Pero no lo es, créanme. Les puedo asegurar que muchas personas que ocupan puestos directivos no lo son. En algunos casos, parece existir la debida justificación que obedece a la masificación de las agendas y eventos que tienen que atender. En otros, lamentablemente, el motivo es más mundano e injustificable. No saben organizarse y se les ha olvidado que respetar a los otros implica, en primer lugar, atenderles como es debido y no entrar en dilaciones innecesarias que no tienen justificación alguna. Lógicamente, dentro de este epígrafe también meteremos los imprevisibles e inopinados cambios de agenda que distorsionan y entorpecen el trabajo de todos aquellos que han procurado cuadrar eventos, tiempos, agentes y actividades. Hay expertos, diplomados en ineptitud e impericia, en generar todos estos desafueros. Se creen los "reyes del mambo". Sí, como un buen amigo decía refiriéndose a uno de estos personajes; una "joven promesa": el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro. El mundo y sus habitantes tienen que postrarse a sus pies para rendirles la pleitesía que se merecen, bien por su "alta cuna", bien por sus hipotéticos y oscuros méritos digitalmente obtenidos.

La puntualidad, desde una perspectiva humana, relacional y, cómo no, psicológica, refleja interés y respeto hacia la otra persona. Estás demostrando si eres puntual y diligente que te importa, que valoras su tiempo y que harás todo lo posible por atenderle como es debido. Lo contrario, la impuntualidad crónica y, llegado el caso, patológica, es propia de jefecillos de aldea -que me perdonen los dignos jefes de villorrios y aldeas perdidas por esta expresión-, de muertos de hambre venidos a más que nunca han "tocado bola" y que, una vez aupados a ciertas responsabilidades para las que carecen de experiencia y preparación, entienden que representa un timbre de gloria y un signo de distinción hacerse esperar siempre y en todo momento, a pesar de que no hay ningún motivo razonable para ello. No es improbable que algún cateto, aún más indocumentado que ellos, les haya aconsejado a este respecto, esto es, hacerse esperar como muestra de distinción y ejercicio del poder. Un símbolo de estatus, vamos!

Al llegar tarde, demorar o cancelar de manera sistemática muchas actividades se transmite el mensaje psicológico de incapacidad. Sí, precisamente todo lo contrario de lo que pretenden hacer creer al público o clientela. Una carencia brutal de control en sí mismo y en el entorno que, supuestamente, tienen que administrar. Si lo dijéramos en términos periodísticos, el titular podría ser alguno tal como este: "Dado que soy tan inútil que no sé la manera de administrar mi agenda, te sugiero que no cuentes conmigo para nada". "Casi ná", que diría el torero.

Suelen ser personas, las "tardonas", con una autoestima y autoconcepto bajo mínimos, aunque en algunos casos las ínfulas de grandeza que se dan aparenten frente a terceros despistados todo lo contrario. Buscan de manera continua y afanosa signos externos que magnifiquen su malherido ego y lo encuentran buceando en las malas prácticas de otros tan inútiles como ellos. El hacerse esperar, a veces, puede revelar distinción y alta complejidad de funciones y cometidos que se tienen encomendados. Nadie pone en duda esta circunstancia. Hacerlo de manera continua, haciendo mentir a colaboradores y subordinados para justificar lo injustificable, ralla en la estupidez más supina. Al final, aunque no todos sí muchos de ellos, terminan siendo muñecos rotos que han jugado a dirigir algún cotarro cuando no tenían ni la más remota idea de controlarse y manejar su propia vida y milagros. Suelen rodearse de pelotas y primates trepadores que les animan a perseverar en la estulticia más que aconsejarles prudentemente acerca de actuaciones tendentes a la mejora de ese vicio que degrada a su persona y a la magistratura o dirección que representan. Esos "trepas" son los primeros en hurdir tramas infantiles para acreditar que el jefe de turno no puede atender determinados asuntos por imposibilidad de agenda. Tal para cual. Siempre hay un tiesto para cada flor, que hubiese dicho mi abuela con términos más "salaos" y escatológicos. Pero el mensaje, con independencia de los términos utilizados, está lanzado y es el mismo.

Habiendo trazado ya el perfil psicológico de los impuntuales con responsabilidades toca ahora, a mi juicio, incidir en los aspectos positivos del concepto y aspirar a desarrollar la virtud. Ser puntual significa no sólo atender cualquier obligación a la hora o tiempo fijado sino asumir tanto el cuidado como la diligencia debida en el desempeño de cualquier actuación. Sin ánimo de justificar lo obvio, hay que considerar que el ámbito cultural va a determinar, en gran medida, cuáles son los criterios y estándares aceptables en el tema que nos ocupa para cada ocasión determinada. Aquí, en occidente, tenemos la gran ventaja de que casi nadie se toma a mal una pequeña demora en atender cualquier obligación. Total, el ritmo frenético que se impone a nuestra cotidianidad puede justificar cuadrar los tiempos con absoluta exactitud. Siempre y cuando tenga la debida justificación, un retraso de varios minutos es absolutamente tolerable. Por el contrario, otras culturas como las orientales consideran una terrible falta de respeto cualquier atisbo de impuntualidad. Generalmente, el trabajador de a pie no puede permitirse el lujo de ser impuntual, por lo que no hablamos de él en estos momentos. Es la impuntualidad de aquellos que ostentan responsabilidades lo que nos preocupa. Dado que se mueven en un territorio de, casi, absoluta impunidad, pueden demorarse a su capricho, como hemos comentado al comienzo. Además de generar confusión en todos aquellos que dependen de sus decisiones, provocan el desconcierto y la desconfianza. Luego, cómo no, se quejarán cuando algo sale mal y se afanarán prodigiosamente en la búsqueda de cabezas de turco para que expíen los pecados que, a buen seguro, han cometido ellos mismos con su actitud negligente y desconsiderada. 

Aunque no hablamos de casos graves con rasgos psicopatológicos, no es tan infrecuente que alguno de esos jefecillos de tres al cuarto se encuentren pisando un terreno psicológico resbaladizo y pudieran ser diagnosticados, llegado el caso, con algún trastorno. Lógicamente, para evitar frivolidades, habría que triangular adecuadamente este rasgo de conducta con otros indicadores. No se trata de comenzar a señalar con el dedo a nadie a la primera de cambio. Por tanto, prudencia extrema. Veamos algunos posibles ejemplos.

Si el directivo es impuntual, de los de verdad, de los "patológicos", sería interesante comprobar que está libre de culpa en lo que respecta a un hipotético trastorno narcisista. No olvidemos que estas personas buscan de manera denodada y continua ubicarse en el centro del escenario. Buscan que toda la atención se centre en ellas. Por tanto, y en este contexto, llegar tarde no sería más que una estrategia burda y simplona de conseguir alcanzar el centro del universo. "Que el cosmos se pare, que me tengo que subir....", podría decir alguno de estos sujetos.

En casos más extremos y, por tanto, más peligrosos, podríamos estar hablando de la posible existencia de fobias, obsesiones y compulsiones e, incluso, algunos trastornos psíquicos de mayor calado. Salvo estos casos, que requieren la asistencia de profesionales de la psicología y la salud mental, el resto de la casuística de la impuntualidad podría ser evitado con un poquito de respeto, organización, delegación de funciones y sentido común, ni más... ni menos.

"La impuntualidad como grave defecto en aquellos que pretenden convertirse en líderes comprometidos con su entorno."

@WilliamBasker


14 febrero 2015

Diario de un perfecto imbécil (14): mi cuñada Toñi y sus historias (1).



Como podrán fácilmente colegir, aquí estoy de nuevo redactando líneas y manchando el papel. Hasta ahora, como instrumento centrado en mi evolución y mejora terapéutica, todas las páginas que emborroné en este diario estuvieron centradas en mi ámbito laboral. Parece ser, según me dijo mi terapeuta, que reflexionar sobre las cosas que me ocurrían en el trabajo sería más productivo ya que había detectado que mi reactividad se exacerbaba mucho más en aquel contexto. Por tanto, obediente como es uno, centré mis reflexiones en las historias y compañeros de trabajo que ocupaban mis horas. En este momento, dado que sigo escribiendo por el puro placer de escribir, mi espíritu y mano -se escapa sola, ya les digo- se adentran por otros predios, aunque sin olvidar el primero y original, para abundar en todo aquello que me llama realmente la atención y es digno, a mi juicio, de ser contado a mí mismo. El tiempo dirá si otros ojos llegan a ver estas palabras que me dirijo humildemente. 

Creo que aún no les he hablado de mi familia. Bueno sí, ahora que recuerdo. Al comienzo de este diario hice alguna mención a mi santa esposa. Ella, prodigándose en cariño, ternura y afectuosidad extrema solía dirigirse a mí, de manera reiterada, como "cari", "papá", o, en momentos pletóricos de tensión aunque no exentos de cierto lirismo, como "eres-más-bruto-que-una-mula-de carga". Como verán, la vida misma. Pero no es momento de cargarles con las múltiples batallitas que toda vida conyugal conlleva; las servidumbres del matrimonio, que decía un buen amigo, jurista él. Quiero reflexionar seriamente sobre elementos que me han impactado y, de alguna manera, han prodigado mi atención. Les cuento.

El otro día cenamos con Toñi, mi cuñada. Fue, como siempre, un encuentro agradable y lleno de buenos ratos compartidos.  Toñi es Maestra, sí, con mayúsculas. Lleva ejerciendo la profesión desde hace más de veinte años y ha pasado por varios colegios a lo largo de toda su trayectoria profesional.  Cuando habla de su trabajo lo hace con una pasión que invita a escuchar sus reflexiones e historias. No está en un centro cómodo, por referirme a él de una manera simple y sin ahondar en detalles. Ubicado el colegio en una zona periférica de la ciudad, atiende a una clientela compleja que, en algunos casos, adquiere tintes de marginalidad complicados de gestionar. Aún así, pudiendo haber solicitado traslado varias veces, ha preferido ejercer su magisterio en ese ámbito laboral. Le gusta su profesión y se le "llena la boca" hablando de sus niños y niñas. Se la ve feliz y, lógicamente, alguna vez cansada de los sinsabores de una administración que no siempre vela por los intereses de los profesionales, por mucho discurso político manido que escuchemos en época preelectoral.

Nos contaba la otra noche una historia en la que ponía en valor el talante y buen hacer profesional de la Directora de su centro. Mujer de un perfil similar al de mi cuñada, gestionaba con solvencia los conflictos que el día a día se generaban en tan peculiar "campo de batalla". Trajo a colación una anécdota que, afortunadamente, no fue a mayores. Y no lo fue por la profesionalidad de la Directora y ella misma. Esto último lo he añadido yo, como comprenderán. Toñi suele ser muy prudente a la hora de intentar definirse a sí misma y no es de las personas que se echan flores sobre sí misma.

El caso es que una compañera de mi cuñada, maestra de Educación Infantil, tuvo una trifulca importante con un salvaje; un individuo que resultó ser el padre de uno de los alumnos de la citada maestra y que armó un jaleo de mil pares de demonios -por ser suave en los términos- en el centro. Conocido, el individuo de marras, como un maltratador de su mujer e hijos, se coló en el centro queriendo, literalmente, "matar a la maestra". Bueno, a decir verdad, los términos e improperios que el descerebrado usó para acompañar sus pretensiones homicidas no pueden ni deben ser transcritos en este momento, pero pueden hacerse cargo de los mismos en tanto en cuanto el perfil individual de este desalmado es, lamentablemente, habitual en nuestra sociedad.

Acostumbrado a salirse siempre con la suya, especialmente cuando trataba con mujeres, el sujeto se presentó gritando y chillando como un cochino degollado en una matanza. Al parecer, aunque esto es lo de menos, justificaba su actitud por el supuesto trato degradante que le había dispensado el centro en tanto en cuanto le había solicitado por escrito, ¡fíjense el atentado cometido por las funcionarias!, que justificase las reiteradas ausencias de su hijo pequeño al colegio. Ni que decir tiene que dicho protocolo, absolutamente estandarizado como práctica organizativa, se llevaba a cabo en los supuestos en los que los alumnos no asistían con regularidad al centro. El absentismo escolar se había reducido en un porcentaje bastante relevante a partir de esta sistemática tan simple. Aparte de ser ésta, la asistencia, un derecho de los chavales, es una obligación ineludible para aquellos que ejercen la patria potestad sobre sus jóvenes vástagos. El "macho-ofendido" (lo llamaremos así porque no se merece otra denominación), se coló en la clase mientras la maestra impartía docencia al grupo de chavales de su tutoría. La Directora, que se había percatado de la invasión furtiva del intruso a través de la ventana de su despacho, ni corta ni perezosa salió corriendo en pos del desalmado, que se dirigía al edificio donde ocurrieron los hechos. Llegó justo en el momento en que ese estúpido y presuntuoso ejemplar profería gritos amenazantes a la maestra mientras que algunos chavales, atemorizados, comenzaron a llorar asustados. En ese preciso instante, absolutamente crítico y brutal, la Directora le increpó diciéndole que saliera de clase, que no eran modos ni maneras de colarse en el centro ni de dirigirse a una profesional. Acababa de llegar a la puerta del aula. El desalmado, con los ojos intectados en sangre -que diría Alejandro Dumas en alguna de sus novelas-, se volvió y miró incrédulo y fuera de sí a la persona, una mujer, que había osado dirigirse a él, "macho alfa de los de verdad",  en esos términos. Se puso, cual chulo barato de playa, a menos de un centímetro de la cara de esta profesional y pretendió intimidarla como solía hacer con las personas que creía más débiles y asustadizas. La Directora no se movió un pelo y aguantó el tirón, recordándole con suave tono de voz que saliese inmediatamente del centro ya que, de no ser así, se vería obligada a llamar a la policía. Viendo el borrico bípedo que su actitud no amedrentaba a esta mujer, pegó un puñetazo en el marco de la puerta -debió lastimarse, a juzgar por el destrozo causado- y salió vociferando de las instalaciones del centro. En ese momento, eran varias las maestras que se habían acercado al lugar de los hechos al percatarse del escándalo que se había formado. Lo primero es tranquilizar a los niños, dijo la Directora, y normalizar la situación. Todas las docentes reunidas se avinieron a ello y fueron despejando el pasillo que daba acceso al aula. 

La Directora, Julia, una vez pasado el incidente, reconoció a sus compañeras que ,durante esos segundos críticos, había llevado la procesión por dentro y que no había sido plato de buen gusto enfrentarse a ese energúmeno. Por supuesto, este incidente corrió como la pólvora entre el resto de profesores del colegio y trasladaron sus muestras de felicitación y solidaridad a la profesional que, con riesgo real y palmario de agresión, se había enfrentado al salvaje de marras para defender la integridad de la maestra y de los alumnos que estaban a su cargo. Esa misma tarde, ya más tranquilas, tuvieron ocasión de reflexionar sobre lo ocurrido delante de una buena merienda en la sala de profesores. Lo que hablaron a continuación, repleto de sentido común y de análisis crítico muy afinado, es lo que voy a comentar a continuación. Siguió contando Toñi la historia. 

Al margen de otro tipo de consideraciones, dijo Julia como resumen de los comentarios que habían realizado las maestras, estos sujetos -los maltratadores, en acto o en potencia- son individuos con el ego sumamente frágil. No son fuertes, ni por dentro ni por fuera. Además, desconocen otro tipo de recursos y habilidades sociales y aptitudinales para enfrentarse al conflicto, por lo que recurren a lo único que les ha servido a lo largo de toda su vida, esto es, dirigen su agresividad a los que consideran más débiles y las aderezan con amenazas repletas de virulencia y animosidad. Son pavos reales con un espíritu ridículo y enano, si lo comparamos con el despliegue de fuerza aparente que desarrollan cuando se ven atacados o cuestionados en lo más mínimo. Como son más simples que el metabolismo de un caracol, no saben gestionar el conflicto consigo mismos ni con el entorno. Además, se sienten amenazados por todo aquello que cuestiona su frágil identidad personal y social. Ante eso, pues ya sabemos. Pretenden intimidar y destruir todo aquello que les cuestiona. En el caso de este sujeto, lo que realmente le saca de quicio es que una mujer le haya plantado cara. Ya conocemos todos a la pobre mujer que tiene en casa, absolutamente amedrentada y amenazada por su virulencia y agresividad. No concibe otra posibilidad que la dominación y el servilismo; no sabe, en definitiva, relacionarse desde un plano de igualdad con otras personas ni, muchísimo menos, con las mujeres. A éstas las considera inferiores y vulnerables, de ahí su fuerte animosidad. Lo realmente lamentable de todo esto es que lo que están aprendiendo sus hijos en casa les servirá, previsiblemente, para replicar estos roles y modelos defectuosos de relaciones sociales. Aprenderán a sobrevivir, ellas, adoptando la sumisión como bandera y el papel de víctimas en busca de un agresor-protector. Los machos de la familia, tal y como suena, replicarán el papel del padre salvo que ocurra algo imprevisible que les permita escapar de esa esclavitud "genealógica" y, con un alto grado de probabilidades, serán adultos ásperos, en el mejor de los casos, y potencialmente agresores y violentos casi con seguridad. El resto de maestras presentes en la informal tertulia que se terció asintieron comentando sus puntos de vista y poniendo sobre la mesa ese mismo escenario, que se repetía de manera inexorable en muchas familias del centro.

Ante eso, intervino otra maestra, nos queda poco más que educar a sus hijos e intentar que las familias, sobre todo las mujeres, asuman un rol más activo que permita reconducir, hasta donde sea posible, estos arquetipos que amenazan con reproducirse hasta el fin de los tiempos. Y ya estamos con lo de siempre, sobre todo en estas zonas sociales de especial complejidad -Zonas de Transformación Social, las denominaba eufemísticamente la Administracíon-, que la escuela se convierte en un agente de intervención cuya misión se acerca en muchos casos al de la asistencia social. No es que nos importe, concluyó la compañera que intervino, pero tendrían que echarnos una mano de vez en cuando todos aquellos a los que se les llena la boca cuando quieren vendernos la bondad de sus maravillosos proyectos educativos y políticos. Todas asintieron y, poco a poco, se fueron despidiendo. Concluyó el intenso día de trabajo; uno más en aquel centro repleto de buenos y anónimos profesionales que aportaban cada día su pequeño grano de arena para mejorar un poco más el entorno que les tocaba gestionar.

Tras esa historia que Toñi nos contó, todos los presentes estuvimos de acuerdo en considerar que habría que apoyar aún más a los profesionales que trabajaban en este tipo de entornos, al tiempo que valorar el esfuerzo que suponía abordar los problemas a los que se tenían que enfrentar día a día. La verdad es que no sé qué hubiese hecho yo de estar en lugar de la Directora. Posiblemente, digo la verdad, lo mismo. No hay nada como reflexionar y educarse a sí mismo para ampliar el repertorio de respuestas y ser capaz de optimizar las relaciones con los demás y el entorno. 

"La entereza y oficio de los profesionales, algo que valorar seriamente para prestigiarlos como se merecen."

@WilliamBasker