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28 marzo 2015

Coaching matutino. Diario de un perfecto imbécil (23): desayuno con mi amigo Manolo.


Hace ya algún tiempo que no reflejo en estas páginas las impresiones que, a menudo, cruzo con mi buen amigo Manolo. No es que haya desaparecido de la faz de la tierra, todo lo contrario. Otros temas, diversos y dispersos, han ocupado mi mente durante las últimas semanas. Fiel a mis planteamientos iniciales, he reflejado aquí todo aquello que me deja cierto poso para la reflexión, por su interés o impacto en mi psicología, que hubiese dicho mi terapeuta. Por tanto, tranquilidad; ni he matado a Manolo, ni se ha muerto, ni estoy en condiciones, anímicas ni laborales, de abandonarlo. Dicho todo este preámbulo, me dispongo a reflejar aquí una de las últimas conversaciones que he mantenido con él. En el trabajo, cómo no; mejor dicho, en el descanso para el desayuno. Éste tiene tintes peripatéticos, en tanto en cuanto empezamos a charlar y reflexionar desde el momento mismo que dejamos el despacho para dirigirnos al bar donde habituamos a tomar nuestra salutífera tostada de campo con jamón ibérico. Todo un lujo para nuestros paladares del que, ambos, nos negamos a prescindir por mucha tensión, estrés o sobrecarga que se nos imponga en nuestras cotidianas agendas. En esa estábamos cuando llegamos al bar y nos sentamos en una de las mesas que solíamos ocupar para tomar reposadamente el ágape.


Tenía muy reciente la última conversación que mantuvimos en casa con mi cuñada Toñi y su marido. Casualmente, el hermano de Manolo, Damián, era también maestro y ejercía la dirección de un colegio público en un pueblo cercano. Debido a esta circunstancia, Manolo estaba bastante familiarizado con el ambiente y cultura de los docentes ya que, me consta fehacientemente, mantenía unas fluidas relaciones con su familia y más de un fin de semana quedaban entre ellos para almorzar y pasar el rato juntos. Andaba yo rumiando y reflexionando internamente sobre el último asunto que habíamos comentado, el tema de la envidia en el ámbito docente (ver post: Diario de un perfecto imbécil (21): mi cuñada Toñi y sus historias -2-). Me había llamado mucho la atención la historia que nos relató Toñi. Por tanto, y como no había otro tema de mayor enjundia o interés que referirle a Manolo, le conté, con pelos y señales, el pequeño relato que nos hizo llegar en casa mi cuñada. Manolo, cómo no, escuchó atentamente todos los detalles de la historia, asintiendo periódicamente, y preguntándome sobre pequeños matices para fijar el contexto. También le trasladé, para culminar la faena, la historia del supuesto acoso laboral que había sufrido la tal Caridad (ver post: Diario de un perfecto imbécil (22): mi cuñada Toñi y sus historias -3-), otra maestra del colegio. Me dejó charlar hasta el final mientras él saboreaba su tostada con deleite y fruición. Cuando entendí que le había hecho partícipe tanto de los hechos como de mi propia reflexión le pregunté sobre su impresión al respecto. 

Me dijo que nada de lo que le había comentado le era ajeno. Al parecer, Damían solía compartir con él batallitas sobre las innumerables historias que tenían lugar en su colegio a lo largo del curso académico. Su análisis, el de Manolo, coincidió con el mío ya que ambos éramos de la opinión que cualquier conflicto de cierto calado, entre gente inteligente y con recursos, podía adquirir tintes rebuscados a poco que alguien se empeñara en complicar el asunto. Damían era, tras más de diez años en la dirección, un experto mediador en todo tipo de conflictos escolares, en lo que se refiere a los docentes, administración, familias y alumnado. Lógicamente, tambien en lo concerniente a todas las posibles combinaciones entre estos agentes educativos. Desde su experiencia, había sufrido algún conato de insubordinación, valga el término como analogía aproximativa, de algún docente que olvidaba, en su fuero interno, que por muy maestro o maestra que fuese, ello no le eximía del cumplimiento de sus obligaciones administrativas, que las tenía. Al parecer, hay personas que piensan que pueden hacer lo que su santa voluntad entienda más oportuno sin tener que rendir cuentas ante nadie; ni familias, ni dirección ni, por supuesto, administración. Esa circunstancia, afortunadamente menor, le había ocasionado varios quebraderos de cabeza a lo largo de estos años. En concreto, Manolo me refirió el caso de una bronca que tuvo su hermano con un maestro, aguerrido y chulesco en sus formas este último, que se negaba a informar con detalle a las familias de la marcha académica de sus hijos. El muy patán, porque otro nombre no tenía, creía que su labor se circunscribía y terminaba en los límites de la puerta del aula y que un boletín de notas, escueto y raquítico, suponía el máximo esfuerzo que estaba dispuesto a tolerar como medio de comunicación con las familias de sus alumnos. Damián tuvo que intervenir un día en que un padre indignado se le enfrentó a dicho maestro y le exigió explicaciones por su desidia a la hora de informarle sobre su hijo. El aguerrido docente, trasmutado en conejo huidizo en esos momentos de zozobra, se quitó de en medio sin atender al sufrido progenitor ya que, en su opinión, no tenía por qué hacerlo. Afortunadamente, el hermano de Manolo pudo mediar y, tras apaciguar al padre ofuscado, buscó al maestro para explicarle y hacerle ver que dentro de sus obligaciones tutoriales se encontraba aquella de procurar que fluyese la información sobre la evolución de sus alumnos a las familias. Además, se le pagaba por ello, por lo que no debía de considerar ni como un favor ni un lujo la posibilidad de atender, como se merecían, a los usuarios del sistema. 


Los directores escolares se escogen, como difícilmente podría ser de otra manera, entre maestros y profesores en ejercicio. La mayoría suelen ocupar la dirección del centro donde prestan destino efectivo aunque en ciertas ocasiones no es así, por circunstancias que sería largo detallar en esta reflexión informal. Consecuentemente, tienen una labor muy difícil en tanto en cuanto son vistos como compañeros de fatigas del resto de los profesionales docentes del centro al tiempo que jefes de esas unidades docentes-administrativas de la administración. Eso está bien, por una parte, ya que su origen les permite disponer de un conocimiento profundo de la realidad con la que les toca lidiar día a día y, más allá del cumplimiento esclerótico, rígido y descontextualidado de la normativa, consiguen gestionar con solvencia y habilidad la realidad concreta de sus centros. Otro elemento positivo de este sistema selectivo consiste en que, tras años de ejercicio del cargo, vuelven a ocupar el puesto docente de origen a tiempo completo. Hay que decir, a este respecto, que nunca lo han abandonado ya que compatibilizan el ejercicio de las funciones directivas con horas de docencia directa al alumnado del centro, con la lógica reducción en estos menesteres que les permita compatibilizar la gestión del centro con la enseñanza directa a uno o varios grupos de alumnos. El hecho indubitable de que sea un camino de ida y vuelta obliga, y es efectivo en un altísimo porcentaje de los directivos escolares, a que su labor ejecutiva, ejercida como primus inter pares (el primero entre iguales), no olvide nunca el rol y las necesidades de aquellos a los que, circunstancialmente, les toca dirigir o, sería más propio según qué contextos, coordinar. Por tanto, el ejercicio de la dirección exige una combinación particularísima de poder y autoridad (véase, a este respecto, el post publicado en este blog: Auctoritas et potestas...). Diseccionando el binomio anterior, podríamos colegir que mal ejercería ese puesto alguien que careciese de un perfil profesional donde la autoridad no hubiese cristalizado en prácticas ejemplares y solventes. Si, en el peor de los casos, la persona carece de estos rudimentos básicos y pretende erigirse en un director o directora que ejerce meramente el poder, no hay que ser muy despierto para pronosticar que su ejercicio profesional se caracterizará por ser un fracaso estrepitoso. En cualquier caso, suele ser un puesto para cuyo desempeño se precisa madurez profesional y humana. La gran mayoría de los directores y directores dan la talla a este respecto, lo que no les exime de tener que sufrir, en determinados momentos, picos de estrés y tensión considerables. 

De la reflexión que me trasladó Manolo pude extraer varias conclusiones. La primera, su conocimiento preciso de una realidad organizativa que poco se parecía a la nuestra, en la empresa. En segundo lugar, la complejidad de las labores que tenían que acometer los centros, en general, y sus direcciones, en particular. Según me contó Toñi, buena amiga de su Directora, en la última década no habían parado de asignarles funciones y programas nuevos sin que el número de recursos disponibles para la gestión de esa sobrecarga de trabajo se hubiese materializado de manera efectiva en la práctica cotidiana. Sin lugar a dudas, una práctica relativamente perversa que permitía, a "coste cero",  materializar muchos programas y proyectos contando sólo y exclusivamente con la voluntariedad y buen hacer de los profesionales de la docencia, que lo mismo gestionaban un plan nutricional dentro del comedor escolar, se convertían en afanosos contables -sin tener formación previa en el ámbito de la contabilidad-, o realizaban labores puramente administrativas que difícil encaje tenían con su formación profesional previa. La gran mayoría lo hacía con ilusión y buena disposición de trabajo ya que sabían que el resultado último de sus desvelos y afanes revertía en sus niños y niñas, el alumnado, que no tenían culpa de las palabras huecas y altisonantes de muchos políticos que se llenaban la boca anunciando el paraíso terrenal en la escuela. Todo ello también me hizo reflexionar acerca del prestigio de esa profesión, que a pesar de reinventarse todos los días, tenía que aguantar más de una vez los desmanes y rebuznos de algún usuario mal encarado que se creía poseedor del derecho a zaherir a los maestros y maestras de sus hijos cuando les venía en gana por el simple hecho de ser funcionarios públicos que, supuestamente, tenían la obligación de aguantar sus salidas de tono. Eso es algo que, tanto Manolo como Toñi, me refirieron en sus comentarios. Se trataba de una queja recurrente por parte del profesorado ante la que se consideraban muchas veces desamparados. 

Nos levantamos para retomar nuestra labor cotidiana. La verdad es que la cosa estaba muy tranquila en el trabajo. No se habían generado especiales problemas en las últimas semanas. Tampoco era raro este ambiente de "calma chicha" ya que una de las cacatuas más guerreras estaba de baja y el nivel de toxicidad del entorno se redujo enormemente debido a esa ausencia. No le deseaba ni le deseo mal a nadie, que conste, pero igual se podía quedar en su casa una temporadita más, para reposar ella misma y dejar reposar al resto de mortales. Es curioso pero sólo nos damos cuenta plenamente del grado de influencia de una persona, para lo bueno y para lo mano, cuando se ausenta durante una temporada. La vorágine diaria nos hace asumir como naturales algunos comportamientos y dinámicas relacionales que son verdaderamente patológicas. Como propuesta, que no se me olvide comentársela a nuestro delegado sindical, sugeriría que determinados personajes tuvieran un mes sabático al año. El clima de la organización mejoraría espectacularmente durante su ausencia y se podrían liberar todas las miasmas que se acumulan en los rincones de muchos despachos. 

"Las organizaciones escolares como sistema complejo e interesante para reflexionar al respecto."







26 marzo 2015

Coaching y los pecados capitales del liderazgo (1): envidia.



Tuvimos ocasión de leer recientemente, en este mismo blog, una historia que tenía como referente este concepto, el sexto pecado capital: la envidia. En el post, publicado el pasado jueves, 19 de marzo (Diario de un perfecto imbécil (21): mi cuñada Toñi y sus historias -2-), nuestro buen amigo Ramón nos ilustraba con relación a un supuesto, real como la vida misma, que su cuñada Toñi había tenido ocasión de observar y sufrir en su entorno laboral, un colegio. Además, ese mismo artículo (post) generó un elevado número de comentarios, de asiduos y buenos lectores del blog (Oxýs, Soraya y Ángel), que me hizo pensar en el interés, por un lado, y la necesidad, por otro, de profundizar aún más en la reflexión sobre este tema. A ellos va dedicado, especialmente, este artículo. Aunque todos y cada uno de nosotros, de manera intuitiva y desde el sentido común, podemos hablar mucho sobre la envidia y sobre los envidiosos, no creo que nos venga mal profundizar un poco más en el asunto para trazar algunas reflexiones que, a mi parecer, pueden revestir cierto interés. Ése es el motivo que me anima para comenzar con él una mini-serie de artículos que irán apareciendo en el blog durante los próximos días. Espero que sean de vuestro agrado. Sin más, comenzamos; manos a la obra. 

Para empezar, un poco de historia. Evagrio Póntico, asceta del siglo IV (d. C.) nacido en Amasía del Ponto, cerca de la actual Sínope (Turquía), estableció un listado de ocho pasiones humanas que tenían un carácter maligno y pecaminoso. Más tarde, Juan Casiano y, finalmente, el Papa San Gregorio los oficializaron, fijándolos en siete: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Recordemos que Dante, en su Divina Comedia, también empleó dicho orden. Según Santo Tomás de Aquino, no se alude a ellos como "capitales" en razón de su gravedad -aunque algunos puedan llegar a serlo en determinados casos- sino a su carácter germinal, que viene a significar que el resto de los pecados emanan de ellos. !Ahí es nada!, según la castiza expresión española. 

Antes de referirnos a las perversas consecuencias que, para inocentes terceros, puede suponer la existencia de un directivo o líder envidioso, trazaremos unas líneas maestras sobre el particular que, como no podría ser de otra manera, afectan a cualquier persona, sea ésta ciudadano, líder, colaborador o directivo. A partir de ahí, profundizaremos en el análisis corporativo. La persona envidiosa se obsesiona con demasiada frecuencia cuando observa casualmente o espía los logros de los demás. Puede, en los casos más espinosos y complicados, dejar de disfrutar de su vida o de vivir plenamente porque dedica todo su tiempo y esfuerzo a estar pendiente de los que considera adversarios, todos ellos personas que cohabitan con él, dentro de su entorno vital. Sufre de manera desproporcionada por cosas que, la gran mayoría de las veces, se encuentran fuera de su "círculo de influencia", llegando a sentirse agobiado por los triunfos, logros y éxitos del resto de personas que le rodean. En los casos más cruentos, el agobio se transforma en rencor hacia todos aquellos que poseen cualquier bien, material o inmaterial, del que el envidioso o envidiosa no puede disfrutar. Todo ello le provoca una profunda insatisfacción y, paralelamente, socava su frágil ego alimentando un complejo de inferioridad que no hace otra cosa que crecer con los años. 

Dicen los que saben del tema, que constituye la envidia un rasgo humano característico del narcisismo. En ese trastorno psicológico, el sujeto que lo padece experimenta un deseo ansioso y desproporcionado por ser el centro de atención ("el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro"), destacar ante y entre los que le rodean, quedar por encima y ser el mejor en toda circunstancia y lugar. Siendo esto, como podremos fácilmente comprender, harto difícil, la persona envidiosa vive con angustia y amenaza los éxitos y la felicidad de los otros, llegando a mantener una competencia feroz y perpetua contra todo el mundo, mientras se consume atormentada por la envidia. No le afecta tanto que los demás tengan las cosas que él o ella desea, sino que llegamos a la cuadratura del círculo perverso y podemos concluir que desean esas cosas, precisamente, porque los demás las poseen. En uno de los artículos que publicamos en este blog se describe, de manera novelada, un personaje basado en un caso absolutamente real que nos habla de los límites y peligros del narcisismo. Os lo recomiendo. Su título: "La Reina de Corazones". 

La envidia puede adquirir matices muy variopintos y formas de expresión sumamente creativas. No son infrecuentes las críticas, ofensas, difamaciones, venganzas y agresiones que las personas envidiosas dirigen hacia aquellos que han convertido en objetivos a batir. Cuando no consiguen lo que quieren, su única salida es la aniquilación del adversario. Lo intentan por todos los medios a su alcance y su objetivo final es convertir en basura aquello de lo que no pueden disfrutar, sea material o inmaterial. Además, es absolutamente compatible la envidia más furibunda con la inteligencia más despierta. Se trata, en este caso, de una combinación letal ya que un envidioso hábil y manipulador, además de inteligente, puede disfrazarse de amigo para asestar el golpe definitivo en el momento más inesperado, cuando los otros tienen todas las defensas desactivadas. En este caso, mientras la hiel que destilan se resbala por la comisura de sus labios, suelen ufanarse de su habilidad, experiencia y arte en contraposición de la torpeza y estulticia de los pobres infelices que han sido abatidos por sus dardos envenenados. Dado que la supervivencia del que consideran rival les hace tanto daño, intentan, por todos los medios a su alcance, derribar al otro ya que reciben su impulso vital de la creencia, absolutamente falaz, de que nadie es tan perfecto como él mismo. 

Elabora un corpus de creencias, el envidioso, que le permite superar el profundo sentimiento de inferioridad que le genera su auto-observación. Compensa ese sentimiento desarrollando un complejo de superioridad que le faculta para vivir absolutamente inmerso en la ficción de que posee cualidades, atributos y valores de los que realmente carece. Como consecuencia, se los niega a los demás para, precisamente, defenderse de la agresión que supondría para su autoestima reconocerle esos valores a otras personas. En ese contexto, apuntalado con alfileres, surge un buen día una persona que posee realmente dichas características. Ello genera una brutal confrontación del envidioso con la realidad al tiempo que sobreviene una descomunal "disonancia" que, so pena de fenecer, tiene que modificar. Según el psicólogo Leon Festinger (autor de "Una teoría de la disonancia cognitiva", 1957), la persona intentará reducir la incongruencia o disonancia de alguna manera ya que la tensión producida en su psique le genera efectos sumamente adversos. Para volver a la coherencia interna, el envidioso intentará destruir a la víctima, al envidiado, ya que sabe que por sí mismo carece de la capacidad para crecer y superar la disonancia evolucionando hacia la adquisición personal de las habilidades o características que envidia en la otra persona. Por tanto, esta teoría explica el carácter compensador de la conducta que pone en marcha el envidioso para retornar a la consonancia cognitiva y recuperar su estabilidad psicológica. 

Ubicar al envidioso en un marco terapéutico es harto difícil. Básicamente, porque prácticamente nadie acude a consulta (psiquiatra o psicólogo) alegando que pasa sus días sufriendo por la envidia tan brutal que despliega ante sus paisanos y que le reconcome el alma. Nos da mucha vergüenza reconocer ese pecado, por lo que somos muy hábiles, unos más que otros, en barnizarla con diferentes tonalidades, revistiéndola con otros ropajes que pretenden disimular lo indecoroso de ese sentimiento. Si el terapeuta es hábil, conseguirá fomentar un clima de confianza que permita desplegar la biografía de la persona y es entonces, al relatar pormenorizadamente sus episodios y recuerdos vitales, cuando se pueda intuir y contrastar la presencia de la envidia. Desde un punto de vista terapéutico, psicólogos y psiquiatras han puesto de manifiesto los productos y secuelas destructivas de este padecimiento. No podemos olvidar, esto es muy importante, que está en la base de muchos trastornos y conductas habituales, por lo que es muy importante delimitar sus perfiles a la hora de profundizar en cualquier tipo de tratamiento. La retahíla de innumerables fracasos personales y profesionales del cliente o paciente puede arrojar mucha luz que nos permita atisbar la existencia de la envidia como motor de su modus vivendi. La justificación típica por su parte tenderá a extrapolar el problema a situaciones incontrolables (mala suerte) o, incluso, abonar teorías conspirativas contra la persona del envidioso. La vida no es tan simple y, a buen seguro, será interesante valorar la capacidad de esta persona con respecto a su tolerancia a la frustración, que suele ser ínfima, y al ansia desaforada por obtener cualquier satisfacción en el menor plazo de tiempo posible. Esas, en conjunción con alguna otra, serán las claves que le permitirán al terapeuta cartografiar con cierta precisión el escabroso y enmarañado mapa de los afectos que tiene enfrente.

Dicho todo lo anterior, que no es poco, nos toca ahora integrarlo con la perspectiva del liderazgo. Ningún directivo, que sepamos, realiza un test de personalidad que permita detectar la envidia como rasgo patológico que pudiera interferir en el desarrollo de sus cometidos competenciales. Es más, no es en absoluto improbable que la envidia pueda camuflarse discretamente en el carácter competitivo y luchador mil veces ensalzado por nuestra sociedad contemporánea. Por tanto, un envidioso patológico puede escalar sin especiales problemas la pirámide del poder hasta alcanzar cotas muy elevadas que, paradógicamente, tampoco le harán sentirse mejor consigo mismo y le plantearán nuevos escenarios de lucha interior contra los que tendrá que pelearse para diluir la disonancia consustancial que le invade cada vez que se enfrenta con alguien que, a su juicio, le supera en algún parámetro vital. Aquí es donde comienzan los problemas. De lo primero que se da cuenta el líder envidioso es que disfruta de un inmenso poder pero que, habitualmente, carece de la autoridad requerida para el desarrollo eficaz y reconocido del puesto. Su radar, perfectamente adiestrado, comenzará a otear el horizonte corporativo con objeto de poder detectar, mimetizar y, no es improbable, anular o destruir a todas aquellas personas que pudieran hacerle sombra por ostentar una autoridad y reconocido prestigio que la vida, injusta como siempre la ven, les niega vehementemente. No es improbable que acudan a prácticas de canibalismo ritual y simbólico, rodeándose de personas con autoridad en su campo para intentar vampirizar cualquier logro que emane de éstos o, lo que es peor, hacerles tragar piedras de molino, humillándolos, con objeto de solventar salvajemente la ecuación tan perversa que viene a decir lo siguiente: "Si X tiene autoridad y YO consigo controlarlo y dominarlo, YO tendrá más autoridad que X". Como podemos fácilmente comprobar, este aserto es falso y falaz, ya que no se consigue la autoridad por el hecho de imponerse sobre nadie ejerciendo un poder desmedido. En otro artículo de este blog hemos hablado, largo y tendido, de la diferencia entre autoridad y poder. Os recomiendo encarecidamente su lectura: Auctoritas et potestas... de Adriano a nuestros días. 


Por tanto, el líder envidioso desarrollará habitualmente un comportamiento pueril, asustadizo, vengativo y manipulador con objeto de intentar doblegar sus demonios interiores. Muchos de ellos lo consiguen, lamentablemente, para desgracia de los inocentes sufridores que no tienen más remedio que soportarlos. No olvidemos que suelen atraer a una corte de pelotas, acólitos y aduladores que pretender vivir a costa de colmatar las carencias del líder infantilizado. Éstos le seguirán el juego y le servirán en bandeja la cabeza de aquellas personas que, por su autoridad y prestigio, despiertan los instintos más bajos de aniquilación social por parte del líder envidioso. Por mucho que prometan y juren, nunca lo harán desde la honradez y honorabilidad, sino como mera estrategia para salir del paso y poder domeñar el mal que les corroe por dentro. Su comportamiento podría analizarse, ya que encaja perfectamente, siguiendo el patrón comportamental de las adicciones, donde uno promete lo que tenga que prometer o jura por la gloria de su madre para aliviar la tensión brutal que le supone, según los casos, conseguir su dosis diaria de droga, por ejemplo, seguir dilapidando el dinero familiar en bingos o juegos de azar (ludópatas) o cualquier otra conducta adictiva que ostente el control de sus frágiles y enfermizas mentes. 

La polémica doctrinal está servida ya que avezados filósofos, psicólogos y psiquiatras no terminan de ponerse de acuerdo sobre la posible solución terapéutica a este pecado capital. Ante tal discordia, y como medida de precaución, lo mejor es alejarse de los líderes envidiosos y no fiarse "un pelo" de ellos ya que todo, absolutamente todo lo que hacen, de obra o de palabra, priorizará su interés particular en detrimento del interés general para el que fueron nombrados. Sin que prevalezca el desánimo, mucho ojo y cautela. Por el momento, no nos queda otra.

"El comportamiento patológico del líder envidioso y sus nefastas consecuencias para la organización."


25 marzo 2015

Pedro Reyes. El genio del humor absurdo ha fallecido.


No he podido resistir la tentación de plasmar en unas breves líneas la sensación que me ha causado la triste noticia. Ciertamente, Pedro Reyes nos ha dejado esta mañana, a la edad de 53 años. Parece ser que, a la espera de lo que los peritos forenses determinen, un infarto ha sido el causante del óbito.  

Monologuista cuando todavía aquí, en España, ese término nos sonaba extraño ya que los cómicos, más que contadores de historias (storytellers), solían desarrollar sus apariciones hilvanando chiste tras chiste sin que existiera un hilo conductor teatralizado. Hombre inteligente, rompedor, cáustico y provocador donde los haya, nos ha deleitado con su extraña y curiosa manera de contar historia durante más de dos décadas. Posiblemente, para gusto "colores", habrá personas a las que no le gustase su particular manera de hacer comedia, pero ello no le resta un ápice a su grandeza. Desarrolló su carrera profesional en la televisión y el teatro. 

Os adjunto, a título de personal y como pequeño homenaje simbólico, dos pequeños "botones gráficos" de su quehacer profesional. El primero, el monólogo histórico de "La Vaca", y el segundo, una entrevista con Buenafuente. Al final, tenéis el enlace a una entrevista en 20minutos que me ha gustado mucho.

Espero que lo disfrutéis.

Saludos. 




24 marzo 2015

Gran Hermano en la escuela, acoso. Diario de un perfecto imbécil (22): mi cuñada Toñi y sus historias (3).


Tras despacharnos a gusto con respecto a la compañera envidiosa de Toñi nos dedicamos a seguir platicando sobre diversos asuntos familiares. A ese respecto, nada de importancia que comentar en estas líneas. Parece ser que mi cuñada estaba especialmente en racha y nos siguió ilustrando con la relación al bestiario de personajes que la acompañaban en su jornada laboral cotidiana, en su colegio. No intuía yo la complejidad que albergaban las instituciones escolares pero, a poco que se reflexione sobre el tema, se llegará a la conclusión de que entre personas cultivadas y, la gran mayoría, inteligentes, los desafectos y desventuras que sobrevienen al resto de los mortales adquieran unos tintes y matices especialmente poliédricos y enmarañados. Para muestra, otro botón.

La Envidiosa tenía, cómo uno, una corte de acólitas que solían acompañarla en sus desvaríos. Curiosamente, recurrir al papel jugado por el coro en las tragedias griegas era la mejor manera de explicar el rol que jugaban estas acompañantes solidarias. Al igual que sus antecesores dramáticos, este grupo de "amigas" se involucraban en la acción que, como artista principal, oficiaba la jefa de filas. Sus "cantos", a veces en las reuniones del Claustro, a veces en contextos más informales, solían refrendar la postura adoptada por su líder, por singular o impresentable que fuese. Eran importantes porque explicaban, o pretendían hacerlo, el significado de los acontecimientos. Actuaban como intérpretes para justificar cuantas acciones, "legales" o "encubiertas", llevasen a cabo para la defensa de sus intereses y pretendían, a un tiempo, justificar lo injustificable. Todo un reto para un terapeuta de grupo, comentó nuestra querida Toñi al respecto. 

Con toda la desvergüenza posible, cuestionaban los motivos y actuaciones del resto de compañeros "no afines", al tiempo que lanzaban admoniciones y reproches cuando alguno de ellos cuestionaba cualquier actuación de este grupo mafioso. En suma, este grupúsculo de corifantes interesadas aportaba un sentido de la épica para cada acontecimiento que magnificaba hasta límites grotescos cualquier suceso acaecido en el colegio, por nimio que fuese. Una de sus miembros, Logopeda por más señas, se caracterizaba por su aparente bonhomía hacia terceros no pertenecientes a la secta pedagógica. Según Toñi, esa actitud no era más que una pose más falsa que una moneda de cartón ya que la señora era "más mala que pegarle a un padre", expresión que, obviamente, había que interpretar en términos de perversidad psicológica y actitudinal. Caridad se llamaba, aunque no hacía honor al nombre. Esta mujer era la típica persona que solían llamar "enreda". Un arquetipo presente en muchas organizaciones y que se caracteriza, entre otras lindezas, por enmarañar, oscurecer y complicar cualquier asunto en el que interviene. Actúan como pirómanos, creando fuegos donde no los hay, para evolucionar sin solución de continuidad hacia el rol de bomberos responsables que, además de apagar el fuego que ellos mismos crearon, se permiten el lujo de sermonear y endilgar consejos morales a terceros que nada tuvieron que ver con la cremación. Por supuesto, son los primeros en lamentar el suceso que ellos mismos tuvieron la desfachatez de provocar con sus desvaríos irresponsables. 

La tal Caridad y la Envidiosa tenían una relación estrecha. Toñi no supo decir si era sincera o farisea ya que, en apariencia, ambas eran incapaces de mantener relaciones personales que no les reportasen un beneficio o interés. En cualquier caso, a los efectos del relato que nos estaba contando, ambas actuaban concertando actuaciones que pretendían, de manera sostenida, agredir a la Directora del centro. La buena señora, una gran profesional de la docencia y de la dirección, no había cometido mayor pecado que impedirles salirse con la suya cuando planteaban escenarios dantescos y las tenía bajo control. Eso era algo, al parecer, que el ego de las mafiosas no podía tolerar sin actuar en consecuencia, planificando actuaciones encubiertas encaminadas a desprestigiar a Julia, la Directora. 

Toñi tenía dos alumnos que precisaban de atención logopédica. El horario establecido para atenderlos semanalmente comprendía dos sesiones, de media hora cada una de ellas. El caso es que, por un motivo o por otro, la Logopeda aparecía la mitad de las veces tarde o, simplemente, no aparecía. Eso era algo anómalo en tanto en cuanto los perjudicados eran, en primer lugar, los alumnos que no recibían la atención que necesitaban. En el ámbito de las tutorías periódicas que mi cuñada mantenía con los padres de sus alumnos les comentaba la evolución de los chavales. Hacía de tripas corazón para no malmeter con relación a la aparente falta de rendimiento de una compañera suya, por lo que no "calentó" a  los padres de dichos alumnos pero mantuvo una conversación reservada con Julia al objeto de hacerle saber que las horas de Logopedia no estaban siendo cubiertas como se debía, al menos en su clase. La Directora, mujer prudente y experimentada, no se extrañó del asunto, ya que conocía bien a Caridad y no tenía una impresión excesivamente buena de su capacidad de trabajo y competencia profesional. No obstante, tomó nota con objeto de indagar con cautela para solucionar el problema y ver los motivos por los que una persona, que permanecía en su puesto de trabajo, no desempeñaba con la diligencia esperada su función pedagógica. 

Tras esa conversación, Julia se dedicó discretamente a preguntar a todos los Maestros y Maestras que tenían alumnos de Logopedia sobre la atención que recibían cada semana. Evidentemente, eran consultas prudentes que se justificaban, y no era mentira, por las quejas que habían llegado a sus oídos sobre la atención logopédiga. El nombre de mi cuñada no salió a colación ya que la Directora sabía, por experiencia en estas lides, que no podía exponer gratuitamente sus fuentes al fuego cruzado que los francotiradores iban a iniciar, a buen seguro, en cuanto se corriera la especie de que estaba preguntando por ese tema. Parece ser que la queja era generalizada ya que el aula de Toñi, y sus alumnos, no eran los únicos afectados. Algunos de los entrevistados alegaron que no querían problemas y que era cierto que más de una semana, la Directora se llevaba las manos a la cabeza al oír esto, la Logopeda no aparecía por el aula para recoger a los chavales a los que tenía que atender. Tras evacuar todas las consultas al respecto, llegó a la conclusión de que Caridad no aparecía o lo hacía con una frecuencia ínfima por una serie de aulas, con el consiguiente perjuicio hacia los alumnos de esas tutorías. Por el contrario, pasaba mucho tiempo en determinadas aulas; casualmente, las de aquellas amigas que formaban el coro trágico referido en el comienzo de esta entrada del diario. Todo ello, sin olvidar que muy pocas veces llegaba puntual a las nueve de la mañana. Raro era el día que no se colaba cinco o diez minutos más tarde, con el consiguiente perjuicio para aquellos alumnos que debía atender en el tramo horario comprendido entre las 9:00 y 9:30 hs.

Conocedora del entramado "micropolítico" del colegio, Julia reflexionó sobre la manera de abordar el tema para no incrementar, con su intervención, la problemática preexistente. No había tomado todavía una determinación al respecto cuando llegó a sus oídos que Caridad estaba lanzando la especie de que era objeto de acoso laboral. Sí, como suena. La muy desvergonzada, floja y endeble como ella sola, pretendía imputar a Julia una acusación tan grave por el hecho de cumplir sus funciones; en este caso, garantizar que el alumnado del centro recibía la atención requerida y que el profesorado cumplía con su horario de trabajo. Llegó el caso hasta el punto de que el marido de Caridad, otro inútil de reconocido prestigio, tomó cartas en el asunto y llegó a llamar a Julia para afearle la actitud hacia su mujer. Todo esto nos lo contó Toñi haciéndonos ver su asombro ante la situación. Prosiguió con su relato explicando que la señora Logopeda dedicaba su tiempo, enreda como era, para cotillear en las clases de sus amigas. Dado que tenía cobertura para moverse libremente por el centro durante el horario lectivo, ya que recogía a sus alumnos de cada clase, invertía el tiempo que debía dedicar a sus menesteres logopédicos en propagar habladurías y chismorrear con sus secuaces. Evidentemente, esos minutos que dedicaba a las labores de socialización los restaba a su oficio, con las consecuencias nefastas que hemos analizado y puesto de manifiesto. Parece ser que alguna de estas amigas le había ido con el cuento que la Directora les había preguntado sobre la atención a sus alumnos. Seguramente, habían magnificado la consulta, simple y llana, hasta hacerla parecer una conspiración hacia una buena (?) profesional que cumplía eficaz y eficientemente con su labor.

A todo esto, prosiguió Toñi, la muy desvergozada no tuvo objeción alguna para arremeter contra la Directora aún a pesar de que el trato de ésta había sido sumamente elegante durante los años anteriores, en los que había tenido enfermedades familiares graves que atender. En ese caso, no criticaba a Julia por su comprensión y disposición para entender algún que otro retraso o salida para cubrir esas necesidades familiares. Pero estamos con lo de siempre, no se pueden esperar actuaciones honorables de personas que creen que el honor es exclusivo de películas de caballeros medievales. Afortunadamente, la Directora tenía un prestigio reconocido tras años de un desempeño impecable de sus funciones y las falsas acusaciones no tuvieron más recorrido que el que las corifantes quisieron darle en contexto informales y oficiosos ya que nunca, sabiendo que era mentira, tuvieron el coraje de plantearlo abiertamente en los órganos formales de representación del colegio. La interesada se limitó a intentar desprestigiar y desgastar a Julia ya que no presentó denuncia alguna contra ese supuesto de acoso laboral.

Algo de verdad habría en el escaqueo desvergonzado de Caridad que, tras esos días de cruentas habladurías y chismes, enmendó su actuación y no sabemos si por miedo o por vergüenza, comenzó a dedicar el tiempo que correspondía a cada alumno. Suponemos que le vio las orejas al lobo y, conocedora de sus flagrantes incumplimientos, no quiso dar motivos para iniciar actuaciones de mayor calado que hubiesen fructificado en alguna sanción.

Pude comprobar que Toñi no se aburría en su trabajo y que ese nicho ecológico tan peculiar permitía el crecimiento y evolución de especies humanoides sumamente interesantes. Tendríamos que seguir, otro día, charlando de su colegio. Pasamos a comentar otros asuntos más familiares.

"La falsa acusación de acoso como moneda para evadir el incumplimiento de funciones laborales."




21 marzo 2015

Gracias a Oxýs, Soraya y Ángel


Este post pretende, simplemente, agradecer a mis tres amigos virtuales la intensa y fructífera interacción que se ha producido a raíz de la publicación del artículo publicado el pasado jueves, 19 de marzo. Podéis acceder a los comentarios que se han compartido en dicho post. 



Su valiosa contribución ha permitido explorar y cartografiar aspectos de la envidia que nos enriquecen a todos. Como agradecimiento por mi parte, les dedicaré uno de los post que publicaré la próxima semana, centrado en el análisis más sistemático de los aspectos psicológicos de la envidia.

Buen fin de semana.
Saludos.




Coaching y atributos esenciales del liderazgo (6): honradez y honorabilidad.


A determinadas personas la inclusión de estos dos términos, honradez y honorabilidad, en el breve elenco de elementos indispensables con los que debería de estar llena la mochila de todos aquellos que se dedican al ejercicio de funciones directivas, podría parecerles trasnochada y anacrónica, más propia de tiempos heróicos pasados. Por el contrario, de ahí este artículo, soy de la opinión que ambos conceptos reflejan una serie de cualidades esenciales para cualquier líder que se precie y que, fruto de su vocación de servicio y respeto hacia los demás, pretenda ejercer el cargo que le ha tocado desempeñar con las mejores garantías de éxito y respaldo corporativo. 

La persona honorable es aquella que actúa con honradez y que, como resultado de esa actitud, suele ser respetada por todos aquellos que le rodean, ya que es digna y merecedora de tal respeto. No se trata de la adulación endeble, frágil y endémica a la que estamos acostumbrados en las corporaciones. Me refiero a la retahíla de falsos cumplidos y piropos que pelotas y "trepas", de rancia estirpe y acrisolada ralea, dirigen a los que mandan, los que ostentan el poder, sin que éstos acrediten ni hayan desplegado los méritos suficientes como para ser dignos acreedores de tal reconocimiento. Se trata de una adulación servil y absolutamente quebradiza, que no suele resistir el paso del tiempo si los destinatarios de la misma no practican, como suele ser habitual, un ejercicio honrado, honorable y digno del puesto que ostentan en dicha organización. 

El líder honrado desempeña su labor sin apartarse de las normas éticas y morales en su relación con los demás. Es justo y no tiene por qué engañar a nadie para obtener beneficios personales o profesionales. Por tanto, dice la verdad y cumple la palabra y los compromisos adquiridos. Ello no quita para que ajuste su comportamiento a la estrategia más adecuada en cada momento y combine la honradez con la prudencia y la capacidad de "regatear en corto" cuando es preciso para que los objetivos que ha de cubrir en el desempeño de sus funciones puedan ser alcanzados. Podríamos resumirlo con el aserto siguiente: "el fin no justifica siempre y en todo momento los medios". A buen seguro, todos hemos conocido personas que han desempeñado funciones directivas cuyo comportamiento se ha caracterizado por la doblez moral más simplona y abyecta. Manipuladores sin escrúpulos que, lejos del más mínimo recato moral, han jurado con gesto contenido de emoción una cosa para, tras terminar la reunión correspondiente, adoptar una decisión absolutamente en contra de lo que han comprometido con sus interlocutores. Su único objetivo, simple y burdo como ellos, era seguir avanzando y huyendo de manera despavorida hacia un futuro incierto pero menos complicado, desde la cortedad de miras de su prisma, que el presente que les tocaba gestionar. En ese viaje no han dudado en quemar de manera irresponsable sus naves, ya que confiaban ciegamente en que su meteórica carrera profesional o política ascendente les eximiría de rendir cuentas a las personas a las que habían defraudado de manera tan pueril y desvergonzada. Muchos de estos saltimbanquis (que me perdonen los profesionales circenses aquí) de la política o las corporaciones han quedado sobrecogidos cuando el lejano eco de sus promesas desmesuradas ha llegado a tierras que aún no habían cartografiado y les ha impedido reproducir su burdo "modus operandi" con nuevos incautos. 


Un líder que falta a su palabra proporciona, de manera automática, un mensaje de gran nitidez para sus interlocutores que viene a ser, aproximadamente, éste: "No soy una persona de fiar. Prometo lo que sea con tal de salir del paso y obtener una satisfacción efímera y temporal en los incautos que se fían de mí." Olvida, ese aprendiz de dirigente, que la importancia de su palabra es proporcional a su valor y que le define no sólo en el presente sino en cualquier situación futura en la que pueda encontrarse. Ignora también que la palabra dada reviste gran importancia en tanto en cuanto es interpretada como un acuerdo vinculante entre las partes, partiendo del principio de la buena fe.

Aquel que no cumple con lo dicho socava su reputación para futuros escenarios, al tiempo que traiciona a todos aquellos que confían en su palabra y le dan una oportunidad para que pueda realizar cuantas gestiones haya prometido para arreglar los problemas que, se supone, está en condiciones de solventar. Líderes inexpertos y con aterradora prisa por escalar los peldaños del poder se olvidan con frecuencia de estos rudimentos básicos de las relaciones humanas. Estos pobres diablos se enfrentan al descrédito público y rechazo social porque no saben ni están dispuestos a practicar el arte de comprometerse sólo con aquello que pueden cumplir. Eso exige tiempo y paciencia. Como tienen tanta prisa por ascender en la pirámide corporativa o política, no pueden perder el tiempo en realizar pequeñas promesas, acordes con sus limitadas y exiguas posibilidades ejecutivas, sino que se convierten en auténticos estafadores sociales que incurren, sin el menor atisbo de vergüenza o remordimiento, en el fraude piramidal. Prometen lo mismo a decenas de personas aún sabiendo que no podrán cumplir ni una décima parte de lo que han prometido. Ese tipo de fraude, bien estudiado por los gurús y estudiosos de la Economía, alcanza un punto de inflexión llegado el cual el frágil castillo de naipes que habían construido de manera vertiginosa se desmorona dejando damnificados por doquier, sobre todo entre las personas de buena fe que confiaron ciegamente, he ahí su error, en la falsa palabra de políticos y líderes trileros que ejercían cotidianamente como tahúres del Mississipi más que como honrados y honestos servidores públicos.

La honorabilidad tiene que demostrarse desde los más ínfimos detalles de una relación social. Tomar un café, reunirse con una persona, comprometerse con un acto, realizar una llamada de teléfono o gestionar un compromiso adquirido son, entre otras, las múltiples ocasiones en las que un líder honesto y honorable demuestra que lo es. No sirven las vanas ni manidas excusas de que su agenda está repleta o que les ha surgido un compromiso inesperado. Todo eso, que en ocasiones puede ser cierto, adquiere matices de opereta bufa cuando se utiliza asiduamente como artimaña para evadirse de los compromisos que se han adquirido en el pasado. Las personas, que toleran y entienden los pequeños contratiempos, comienzan a desconfiar pronto de aquellos líderes que, prometiendo el paraíso, no son capaces de entregarles ni tan siquiera el purgatorio. Por tanto, aún a riesgo de no conseguir el aplauso fácil, el líder honesto no se compromete con aquello que sabe que no podrá atender. Prefiere afrontar el pequeño, o gran, disgusto de plantear las cartas con las que cuenta, que jugar de manera reiterada con las ilusiones e inquietudes de todos aquellos que acuden a él presurosos para que sus cuitas sean solucionadas. Demostrará criterio y mesura cuando sea capaz de explicar que no puede atender en ese momento las demandas que se le plantean y podrá comprometerse a estudiar -y cumplirlo- en el futuro el problema para intentar encontrar una solución.

De todo lo anteriormente mencionado cabe deducir que el líder será digno de confianza en la medida en que sus actuaciones evidencien claramente que cumple con sus compromisos y no actúa con doblez de intenciones en su trato con otras personas. Además, evitará causar daño, de manera deliberada, a terceros e intentará procurarles beneficios siempre que sea posible. En este contexto, un líder que se caracterice por un desempeño deshonroso de sus funciones entenderá que el interés propio y el ajeno son necesariamente excluyentes e incompatibles, buscando en todo momento lucrarse -en todos los sentidos del término- mientras que abandonará a su suerte al resto de incautos que, por torpeza o bonhomía, tuvieron la mala suerte de confiar en su palabra.

La honradez se convierte en un valor esencial que ha de presidir, en todo momento y lugar, el trato del líder honorable con todas aquellas personas con las que se cruza en el desempeño de tu tarea. Esto le permitirá crear y fomentar relaciones productivas y justas que estarán basadas en la confianza mutua. Poco honor se podrá esperar de aquel directivo que no ha hecho de la honorabilidad un principio de actuación.

"La honradez como atributo esencial para el desempeño de funciones directivas."





19 marzo 2015

Gran Hermano en la escuela. Diario de un perfecto imbécil (21): mi cuñada Toñi y sus historias (2).

Si la envidia fuera tiña, ¿cuántos tiñosos habría? El refranero español nos regala maravillosas perlas que resumen, mucho mejor que procelosos discursos, las características de la sociedad y de nuestros semejantes. Hoy quiero dejar constancia en éste, mi inseparable diario, de una conversación que mantuvimos el otro día en casa y que enlaza con el refrán que encabeza estas líneas. Creo que ya he hablado de mi cuñada Toñi. Maestra en un centro público y, a mi modo de ver, profundamente comprometida con la educación y sus niños, como a ella les gusta llamarlos, aúna la suficiente experiencia y capacidad crítica como para que sus opiniones y reflexiones sean tenidas en cuenta ya que, habitualmente, no suele "hablar por hablar". 

Aprovechando una tarde que estuvieron almorzando con nosotros, en la sobremesa tuvimos ocasión de charlar, cosa que nos encanta a todos. Aunque trabajemos en contextos y empresas diferentes, es curioso observar que muchos problemas y ocurrencias cotidianas se parecen como gotas de agua. Introduje el tema comentando el caso de una compañera de mi trabajo (he dejado constancia aquí mismo del enjambre de bicharracos, incluído el que esto escribe, con los que tengo la suerte de compartir muchas horas a la semana) que es, pobrecita mía, envidiosa hasta la exasperación. Pero no pretendo hablar aquí, precisamente ahora, de ella. Me parece más interesante traer a colación el pequeño relato que nos hizo Toñi de una compañera de su colegio que era capaz de movilizar cielo, tierra y mar cuando se trataba de atacar a cualquier persona que tuviera, a su parecer, algo de lo que ella carecía. Era, y es, una envidiosa de campeonato ya que no se limita a realizar pequeños comentarios (humanos son y todos los entenderíamos) sobre otras personas aprovechando cualquier ocasión sino que es capaz de emprender campañas bélicas, nos decía Toñi, hacia aquellos que, sin infligirle afrenta alguna, cometen la osadía de ser mejores, más brillantes o, en suma, gozan de mejor consideración en su entorno que ella misma.

Como difícilmente podría ser de otra manera, la maestra envidiosa nunca reconocía (aún bajo tortura, si ése hubiera sido el procedimiento utilizado para obtener la confesión) que sus comentarios eran fruto del resquemor y los celos hacia alguien de su entorno. Su celotipia era tan alarmante que nadie en su sano juicio, salvo un coro de inútiles que oficiaban de rendidas acólitas en las homilías que acostumbraba a predicar en la sala de profesores del centro, le hacía el más mínimo caso. Parece ser que esta señora sentía una frustración difícilmente soportable cuando otro compañero, más capaz o brillante que ella, obtenía de manera natural lo que ella anhelaba en su fuero interno y no sabemos por qué atávica costumbre se limitaba a sonreír y guardar las formas ante la galería mientras que se reconcomía por dentro. No solía anhelar las cosas materiales ya que dinero no parecía faltarle. Eran, más bien, otro tipo de cualidades de carácter intangible las que, por una parte, admiraba en terceros pero, por otra, generaban en su lado más oscuro un cruento y telúrico deseo encaminado a destruir la imagen y prestigio de esa persona que, sin comerlo ni beberlo, parecía reflejarle su propia inutilidad.

El último episodio, que arrastraba varios meses de soterrada guerra de trincheras y cruentos fuegos artificiales en alguna reunión del Claustro de Profesores, parecía estar motivado por un proyecto que ella tuvo la ocasión de coordinar. Sí, los centros docentes suelen llevar a cabo muchos proyectos educativos a lo largo del año y son, casi siempre, los maestros y maestras con más habilidades o conocimientos de esa materia los que ejercer una labor de dinamización encaminada a "enganchar" a otros compañeros y sacar adelante los objetivos particulares de ese escenario o proyecto. Lo curioso es que, teniendo la ocasión de coordinarlo, desechó la idea y no asumió la responsabilidad de dicha coordinación aduciendo excusas inconexas que nadie, me confesó Toñi, consiguió comprender con claridad. El proyecto encajaba con su especialidad y le permitía, ya que era una persona aparentemente bien relacionada, canalizar sus inquietudes personales y profesionales. Habitualmente, esta peculiar maestra se regocijaba en la crítica descarnada hacia otros compañeros que desempeñaban otras funciones directivas o de coordinación. Para ella, nadie hacía bien absolutamente nada y tenía el verbo fácil para destrozar en minutos, con su verborrea cínica y pleitista, el trabajo y esfuerzo de compañeros sensatos, ilusionados y esforzados por sacar adelante diversas iniciativas. La última salva de cañonazos iba dirigida hacia otra compañera que había asumido el proyecto que, aún habiéndoselo ofrecido a ella en primer lugar, no tuvo el coraje ni la decencia de coordinar. El interés de acoger el proyecto venía motivado por los beneficios finales de los que iba a gozar el alumnado del centro y el profesorado participante. No había reunión del Claustro en la que, estando o no en el orden del día de la sesión, la bicharraca envidiosa no encontrase motivo, por nimio que fuera, para atacar a la Dirección y a la compañera que estaba afrontando el peso de la coordinación. Las batallas dialécticas, refirió Toñi, eran tan cruentas que casi llegan a las manos en más de una ocasión. Afortunadamente, prevaleció la sensatez y no llegó la sangre al río. Reflexionamos al respecto, a raíz del relato de mi cuñada, y pudimos colegir hasta qué punto determinadas personas son capaces de atacar y destruir aquello que, siendo bueno y beneficioso para el entorno, cuestiona su frágil y enfermizo ego. 

Mi cuñado, también maestro en otro colegio, intervino para ofrecernos su análisis del caso, del que ya tenía profundo conocimiento por las conversaciones domésticas que había mantenido con su mujer. Los grandes envidiosos, comentó, llevan a cabo actuaciones sistemáticas dirigidas a conseguir la destrucción de la persona envidiada. Suelen fantasear con ello y, de no culminar sus objetivos homicidas, se convierten en seres amargados que no suelen aceptar sus limitaciones, aunque éstas sean algo absolutamente normal y parte del bagaje o mochila que todos, como seres humanos, cargamos a nuestras espaldas. 

Es más, aclaró Toñi, esta persona intenta racionalizar continuamente el supuesto hecho de que los demás han sido bendecidos por la buena suerte mientras que ella ha tenido que ganárselo todo y luchar denodadamente por alcanzar el estatus profesional del que disfruta. La vida laboral de esta compañera, sin ánimo de hacer sangre, es de lo más curioso. Más de una vez, la Directora, ha tenido que salvarle el cuello debido, precisamente, a su carencia de habilidades sociales con los padres y madres de sus alumnos, a los que se dirige frecuentemente con poco tacto y peor resultado. Aún así, no se corta un pelo a la hora de atacar a la Directora cuando tiene la más mínima ocasión, en contextos formales o informales. Es una persona que parece estar todo el día amargada y los malos resultados de los que está continuamente quejándose no son tanto el producto de su mala suerte sino, más bien, de su incapacidad para analizar adecuadamente las múltiples variables que tendría que tener en cuenta para adoptar ciertas decisiones óptimas. Trasnmuta su torpeza consustancial, aplicando la teoría del ventilador, en miseria y culpabilidad de cualquier tercero que se ponga a mano para salpicarle de la porquería que suelta por su boca. Su resentimiento le impide disfrutar de los pequeños placeres en los que otros concentran su atención para hacer más llevadera la existencia. Creo, dijo finalmente Toñi, que no tiene remedio la buena señora. A ver si tenemos suerte y se traslada pronto de centro aunque, me temo, no creo que en otro sitio la aguanten tanto como en nuestro colegio; y eso lo sabe ella. 

La convivencia siempre nos depara muchas ocasiones en las que tenemos que enfrentarnos con seres complejos que se relacionan con los demás partiendo de su propio dolor y de conflictos internos mal resueltos. Contaminan, con su particular y tóxica lente, todo aquello en lo que intervienen. Algunos dicen que tiene cura la envidia. Yo, a fuerza de ser realista, que no pesimista, me inclino por lo contrario. Podrá, en todo caso, controlarse y neutralizar a la persona envidiosa ya que cuando la celotipia, ya sea personal o profesional, adquiere tintes patológicos es altamente improbable que las personas acaben integrándose satisfactoriamente en cualquier entorno laboral. Lo importante es que ese veneno que proyectan continuamente, en todas sus acciones y comentarios, no nos afecte más allá de lo razonable.  Habría que tener en cuenta, eso sí, que nadie tiene por qué aguantar ofensas gratuitas de una sarta de impresentables que lo único que pretenden, desde su cicatería moral, es destruir al que consideran mejor que ellos, más que invertir sus esfuerzos en luchar ferozmente por mejorar un poco ellos mismos y ubicarse a su altura. 

"La envidia como elemento consustancial y comprometedor de la armonía laboral."


17 marzo 2015

Coaching y atributos esenciales del liderazgo (5): prudencia y mesura.



La etimología latina del término prudencia (prudens, prudentis) nos ofrece significados muy clarificadores para abordar el concepto desde la perspectiva que nos ocupa. En concreto, el término significaba conocedor, experto y cauto. Prudens era aquel que miraba delante de sí mismo y tomaba sus medidas, esto es, que era capaz de otear el horizonte con calma y cautela para adquirir la suficiente perspectiva que le permitiera prever prácticamente cualquier contingencia que fuese previsible. La capacidad de percibir con anticipación los resultados de nuestras acciones o de terceros nos permite interpretar, a partir del análisis de indicios o señales diversas, lo que podría suceder; todo ello con un elevado grado de certeza. Ello nos permitiría disponer los medios necesarios para afrontar con ciertas garantías de éxito las contingencias futuras que nos pudiera deparar el curso de los acontecimientos. El prudente no se limitaba, por tanto, a deambular a locas por su cotidianidad sin tener en cuenta los resultados de las acciones que llevaba a cabo en ese efímero instante que representaba el presente. 

Moderación, cautela, sensatez, templanza y mesura son todos ellos sinónimos del término prudencia. Se trata, pues, de una virtud que faculta a una persona para desempeñar cualquier cometido de un modo adecuado y plenamente ajustado a las circunstancias, materia y contexto en los que se desenvuelve. Ni que decir tiene, se trata de un elemento consustancial a cualquier persona que pretenda transitar por la vida evitando el daño intencional o negligente a terceros y beneficiándose de todos los elementos positivos que le proporciona su entorno más inmediato, aquel que delimita su círculo de influencia más próximo a su voluntad de actuación. Siendo una característica deseable en cualquier individuo, nadie en su sano juicio lo pondría en duda, deviene un elemento esencial de la personalidad en aquellas personas que ejercer cualquier tipo de liderazgo. El motivo no podría ser más simple. ¿Cómo podría regir los destinos de una corporación alguien que no es capaz de hacerlo con su propia vida sin perpetrar desmanes hacia sí mismo y terceros que "pasaban por allí"? Aunque suele haber personas prudentes por naturaleza, es una virtud que se desarrolla, en gran parte, a partir de las experiencias y reflexiones de todo aquel que trabaja con y para los demás. En esos casos, hay que ser capaces de atisbar en el horizonte el resultado de planes y proyectos para evitar desastres que, en buena lid, podrían y deberían ser absolutamente previsibles. Debería, la prudencia, estar presente en cualquier decisión que se adopte en el ámbito de una organización. Los efectos colaterales que pueden desencadenarse en contextos relativamente complejos e interconectados exigen una mayor cautela, si cabe, ya que las relaciones y sinergias que se producen en estos sistemas no son fácilmente previsibles. 

El líder prudente no es un líder débil por ser templado. Tendría que superar sin especiales complejos las críticas sobre su hipotética debilidad que pudiera recibir de su entorno en el desempeño del cargo que ocupe ya que ésta es una manera, burda y poco sutil pero efectiva en muchos casos, de generar inestabilidad y malestar en las personas que se toman su tiempo para adoptar decisiones complicadas y ponderar todas las opciones antes de asumir riesgos innecesarios. El líder que ejerce la prudencia tiene habitualmente dominio de sí mismo y controla todos los actos y circunstancias de su vida, descartando los extremos que a veces pueden suponer un atajo fácil, en el corto plazo, pero que podrían generar graves consecuencias futuras. Es bien sabido que los excesos, máxime si son continuos y desproporcionados, generan graves problemas que no tienen, en la mayoría de los casos, fácil solución una vez que aparecen. La salud mental de cualquier directivo le agradecerá profundamente que cultive esta virtud ya que, de por sí, se verá frecuentemente atacada por un número nada desdeñable de estresores que, de manera continua y crónica, amenazarán con hacerle estallar o machacar sus nervios. En este contexto que estamos describiendo, supone una virtud añadida el conocimiento del terreno que se pisa. Cartografiar, de la manera más precisa que se pueda, todos aquellos territorios que deben ser frecuentados a lo largo de la gestión cotidiana hará posible que muchos escollos y accidentes sean detectados con anterioridad a que se transite sobre ellos. 

Hasta aquí se ha desarrollado la parte más noble del concepto que nos ocupa, ensalzando la necesidad de que los líderes y directivos cultiven de manera obligada esta cualidad. No podríamos, en cualquier caso, dejar de mencionar las nefastas consecuencias que se producen en el ámbito corporativo cuando un entorno organizativo tiene la mala suerte o la desgracia de toparse con un inútil, muchas veces imprudente y canalla, como máxima autoridad al cargo del negocio. Lógicamente, no es éste el lugar donde abordar el análisis ni las consecuencias penales que se imputarían a un sujeto en el supuesto de que su gestión o decisiones con relación a cualquier asunto lesionaran bienes jurídicos protegidos por el ordenamiento. Seguiremos hablando aquí de aquella imprudencia que, sin constituir un ilícito penal (por dolo o negligencia) estamos habituados a sufrir en silencio porque, entendemos, es de menor calado.

Los directivos imprudentes son algunas veces tan torpes que llegan a causar daños a otras personas de su entorno sin que, ni tan siquiera, obtengan un beneficio adicional para sí mismos o la corporación o departamento que dirigen. Supone esto el culmen de la imbecilidad ya que, aunque no justificamos paradigmas maquiavélicos en este caso, no podemos hablar de algún beneficiado de sus desmanes. El potencial nocivo y dañino de un jefe imprudente no puede ser desestimado ni tomado a broma. Habría que saber diferenciar entre el error humano accidental, absolutamente inevitable y perdonable en muchas ocasiones, y la imprudencia cristalizada en un modus operandi perverso que se articula como forma de vida para muchas personas, con el consiguiente perjuicio crónico de sus semejantes. Cuantificar el costo de las imprudencias cometidas por la falta de mesura de muchos directivos sería muy difícil, pero merecería la pena intentarlo si de ese análisis se desprendiesen hipotéticas medidas para depurar a personas que son incapaces de dirigirse a sí mismos y a los demás. De ese estudio podría desprenderse una curiosa tipología de personas en las que destacaríamos a los verdaderamente estúpidos, que son aquellos que no obtienen beneficio alguno ni para sí mismo ni para los demás. Siguiendo el "eje del mal" llegaríamos a los malvados, que obtendrían réditos y beneficios personales en perjuicio de terceros. Un último y posible "tipo psicológico" nos llevaría hasta los jefes incautos, que son los que, sin comerlo ni beberlo, son capaces de perjudicarse a sí mismos sin lesionar a otros. Como verán, todo un completo y curioso bestiario de personajes de opereta que venderían a su propia madre si de esa transacción comercial dependiese su permanencia en el escenario directivo. 

Concluyendo, una vez más, el equilibrio es el norte que debería guiar los desvelos de todos aquellos que ejercen o pretenden ejercer responsabilidades de tipo directivo. Deberían comenzar un profundo ejercicio de introspección con objeto de escudriñar su propio interior para, en el caso de que hubiese algo que mejorar, dedicar tiempo a la renovación interior antes de consagrar sus esfuerzos a pretender arreglar el mundo que les rodea. 

"La prudencia y mesura como atributos necesarios, aunque no suficientes, para el ejercicio del liderazgo comprometido con su entorno."


14 marzo 2015

Diario de un perfecto imbécil (20): con la política hemos topado (5ª parte).


No tardó mucho Antonio en preguntarme sobre mis impresiones en torno a lo acontecido. Comenzó, de manera un tanto tibia, a trasladarme sus ideas al respecto. Le había parecido un poco pesada la tarde y tampoco le quedaba demasiado clara la última conversación que mantuvimos con el joven "ojeador" que nos abordó y con el que compartimos unas cervezas. Tengo la impresión de que mi amigo no acababa de comprender el curioso y complejo tapiz en el que nos habíamos metido de cabeza. En cualquier caso, no se trataba de algo tan grave. Aquellos sanedrines pseudosecretos, con sus ritos mistéricos y homilías cargantes y aburridas eran moneda común en ese tipo de organizaciones. Siendo joven, había podido observar un comportamiento muy parecido en el ámbito sindical. Se trataba de personajes de pequeña talla política (muchos de ellos buenas personas, que conste fehacientemente esta circunstancia) que jugaban en un tablero que les venía manifiestamente grande. Le hacían el juego a otros, mucho más listos y aventajados que estos pobres peones y aprendices de brujo, con el fin de que pudiesen obtener el rédito clientelar que necesitaban, a su vez, para presentarse ante los cuadros provinciales y regionales como jerifaltes emperifollados de una legión acérrima de seguidores incondicionales. Todo el que jugaba recibía algo. Los más avezados conseguían, con el tiempo y esfuerzo oportuno, escalar discretamente por esa pirámide de influencias hasta obtener algunas prebendas que les permitieran vivir, aunque no a tiempo completo, de un pasatiempo o vocación que les embargaba el alma; la política.

Antonio repasó brevemente el disgusto que le produjo aquel desaire. Al menos, él lo interpretó en esos términos. Se había hartado de estudiar, analizar y subrayar el documento que, supuestamente, iba a ser debatido esa tarde. Por tanto, en su fuero interno se consideraba lo suficientemente cualificado como para formar parte de una comisión que se proponía estudiarlo más a fondo. De eso estaba yo absolutamente convencido, como también lo estaba de que el curioso panel de expertos que se había pertrechado para dicho cometido no profundizaría más allá de la primera hoja del documento para establecer sus conclusiones definitivas, que les vendrían dadas por anticipado y que ellos, mansamente, acogerían como propias para justificar y legitimar el eterno proceso democrático que, de manera ideal aunque absolutamente ficticia, legitimaba los principios democráticos internos del partido. Por tanto, Antonio manifiestaba su disgusto sobre ese particular. No obstante, quedó gratamente sorprendido y, diría yo, halagado por el hecho de que lo que él consideraba un cuadro cualificado (tengo yo mis dudas razonables a ese respecto, pero no quise desvelarlas en ese momento) del partido hubiese tenido la deferencia de dirigirse a nosotros y, de manera cordial y desinteresada (aquí sigo siendo, como mínimo agnóstico) explicarnos los rudimentos internos de la organización; los procesos de toma de decisiones.

Sin mayor dilación le trasladé mis impresiones que ya he ido esbozando a lo largo de las páginas precedentes. En primer lugar, respetaba profundamente su vocación política e interés por participar en cualquier partido. Cada uno hace lo que puede y quiere con su tiempo y esfuerzo siempre y cuando, lógicamente, no perjudique a terceros que no tienen nada que ver con él o que son inocentes víctimas de historias que no les competen. Consecuentemente, si quería consagrar varias tardes a la semana a las reuniones, oficiales u oficiosas, allá él. Yo tenía muy claro que ésa había sido mi primera y última visita a las instalaciones de la congregación de acólitos. Mi visión particular al respecto es muy simple. Me interesa la política porque considero que se trata de una poderosa herramienta de transformación social. En un estado democrático, como el que afortunadamente disfrutamos, la democracia, que permite la existencia de los partidos políticos, es la menos mala de las formas de gobierno. Y digo menos mala porque hay otras mucho peores y siempre será mejor que haya sinvergüenzas y corruptos que se aprovechen de su paso por la política para enriquecerse que la alternativa maximalista de que nos venga un dictador a fijarnos por la fuerza nuestros destinos. La política, bien encauzada, puede modernizar una ciudad, región o estado y mejorar significativamente la calidad de vida de sus ciudadanos. ¿Cómo podría no interesarme una actividad con un potencial tan enriquecedor? Lo que tengo claro, cada vez más, es la sarta de golfos, caraduras y tunantes que, aprovechándose de estas circunstancias, se apuntan al carro de la política para beneficiarse a sí mismos y a sus acólitos, descuidando la mejora de su entorno y la gestión honesta y rigurosa de los intereses de los ciudadanos.

Las maquinaciones y negociaciones diversas son algo consustancial a la vida política. No soy tan iluso ni he nacido ayer para pensar que las cosas se sustancian y gestionan exclusivamente en los ámbitos formales de las organizaciones. La verdadera vida que rige los destinos y las decisiones que se adoptan por los órganos formales de cualquier corporación se gesta en reducidos círculos en los que se cuece el poder y la capacidad de tomar decisiones. Hasta ahí, nada que objetar; es algo humano y absolutamente comprensible. El problema residiría en utilizar todos estos instrumentos, herramientas y procedimientos para un fin de difícil y oscura legitimidad. Si de todas esas reuniones y encuentros se desprendiesen decisiones honestas y con profundo calado social, no tendría nada de lo que quejarme. El dilema de la cuestión residiría en la capacidad ética o moral de los que tienen la capacidad de tomar esas decisiones. Intuyo que, para ciertos personajes siniestros, puede ser difícil distinguir entre el interés social y el beneficio propio pero, por eso mismo, aquellos que merecen la confianza de los votantes deberían de poder acreditar (sé que esto es prácticamente imposible) su altura moral a través de mecanismos eficientes y transparentes, no sólo utilizando manidos discursos y frases hechas que lo mismo sirven para tapar un roto que un descosido. El terreno de lo mistérico y oculto que subyace en este tipo de organizaciones permite y posibilita que un reducido grupúsculo de iniciados controle absolutamente todos los resortes de poder interno. Lo primero que aprenden cuando llegan a la cúspide de la pirámide, a la que tanto esfuerzo y desvelos les ha costado escalar, es a controlar el acceso de otros con idénticos y legítimos intereses. La cooptación con tintes mafiosos funciona como eficaz mecanismo selectivo para depurar ideológicamente el acceso de muchas personas interesadas vocacionalmente en dedicarse a la política pero que no estarían dispuestos a rendir pleitesía a sus señores feudales y, por lo tanto, podrían poner en juego el status quo de la organización, tal y como esos señores lo conciben. Ése es el quid de la cuestión. Si se permitiese el acceso a personas honestas y con principios, aquellos que ocupan posiciones de poder y carecen del más mínimo atisbo de honestidad y de fundamentos éticos podrían perecer en una hoguera; tendrían que "salir por patas" antes de ser fulminados y expulsados de la organización. Eso es algo, humano es y hay que comprenderlo, que su instinto de supervivencia política (hábilmente desarrollado a lo largo de muchos años y cruentas batallas intestinas) no podría permitir, por lo que siguen una suerte de darwinismo social que justifica y legitima la exterminación de los más débiles, aunque puedan ser los más honrados y capaces para gestionar los intereses de la ciudadanía a la que, supuestamente, sirven desde sus cargos y magistraturas.

Por tanto, ni rechazo la política ni la participación en la misma; no me considero un idiota, en el sentido prístino y primigenio que los griegos daban a esta palabra.  Sí me opongo frontalmente a convertirme en una marioneta desprovista de ánima que pueda ser manipulada a su antojo por correosos cantamañanas cuyo único mérito intelectual reside, a lo sumo, en memorizar los puntos claves de un programa electoral y recitar como loros enajenados, cuando tienen ocasión de hacerlo, el argumentario que les hace llegar la dirección del partido político. Desprovistos de la más mínima capacidad crítica, de la que se han despojado si es que la tuvieron en algún momento de su existencia, se convierten en clones y replicantes arquetípicos que se limitan a reproducir esquemas de comportamiento que la ciudadanía comienza a reprobar y aborrecer. Los más inteligentes entre ellos, que los hay, han comenzado a cambiar su discurso con objeto de sobrevivir al huracán social, parecer más humanos y aparentar mayor cercanía hacia el ciudadano de a pie. Como los corchos de las botellas de champán del Titánic, evitan hundirse en los momentos de zozobra y naufragio, transmutando su perfil de agentes del aparato político en ciudadanos comprometidos que, asqueados y profundamente ofendidos en su amor propio, detestan las malas artes que ellos mismos han podido utilizar para encumbrarse y prometen desterrarlas de la praxis política. Ése es, le comenté a mi buen amigo Antonio, mi análisis de la política que vivimos en la actualidad; de andar por casa, por supuesto.

Antonio me acechaba estupefacto, no sé si acongojado o perdido tras estas divagaciones a las que había podido asistir a lo largo de nuestro deambular peripatético. Mirándome a los ojos, me preguntó suavemente que por qué no me dedicaba a la política. Al parecer, aunque no había sido mi intención, le había sobrecogido mi improvisado discurso y estaba absolutamente de acuerdo con el mismo. Lo miré, dándole una suave palmada en la espalda, y proseguimos nuestro tranquilo paseo hasta nuestros respectivos domicilios charlando sobre cosas menos trascendentes. Tampoco había que rasgarse las vestiduras y mañana, afortunadamente, amanecería como cada día y nuestra existencia seguiría discurriendo a través de otros derroteros que nos eran más gratos y familiares.

"La visión de la política como arte y dedicación consagrada al servicio de la ciudadanía."