Mi biblioteca

28 abril 2015

Lejos de cualquier lugar y cerca de ninguna parte (2).

Lejos de cualquier lugar y cerca de ninguna parte. Reflexiones canallas y desesperadas.
Relato (2ª parte)


Me sorprendí mirando fijamente a los ojos que había detrás del espejo. Por más que lo intentaba, no podía dejar de ver a un extraño; un rostro exánime y ojeroso que inspiraba un sentimiento palpable de tristeza y desolación. Una porquería de cara, para no andarme con tonterías. Nada que ver con las facciones pétreas, compactas y bien proporcionadas a las que estaba acostumbrado hasta hace pocas semanas. Algo había pasado dentro de mí. No podía reconocer el arrojo y gallardía habituales con los que me enfrentaba cada mañana a mis abluciones. En mi caso, refrescarme la cara no constituía un mero un ritual higiénico, que también. Representaba un hábito simbólico que me permitía renacer de la inacción en la que me sumía el obligado sueño nocturno. Más de una vez había organizado mis horas de descanso para rentabilizar al máximo mi jornada productiva. Había ido mucho más allá, había forzado mis límites. Para eso, apliqué lo que había aprendido en algún que otro curso de gestión del tiempo a los que tan aficionado fui en su momento. El resultado obtenido me llenaba de vanidad y orgullo. Disponiendo de mi cuerpo y mente como si de una coballa se tratase, experimenté con deleite y regocijo mi resistencia física. Era joven, fuerte e indestructible; pensaba. Me acostumbré a descansar sólo cuatro horas cada noche. Ése era el límite que la inútil y estúpida carcasa de piel, huesos y músculos que albergaba esta mente privilegiada me permitía sin desfallecer de agotamiento al día siguiente. Si otros lo habían conseguido, ¿por que yo no? No iba a ser menos que esos cantamañanas que perdían el tiempo con meditación, yoga y otras chorradas similares. Tenía una meta -¿la tengo aún?-: ser el mejor, el más inteligente, laureado, exitoso... Nunca dudé de mis objetivos y puse toda mi voluntad y capacidad de actuación al servicio de esa meta personal que me había fijado hacía ya más de dos décadas. 


Tras enjuagarme el rostro, musitaba cada mañana un pequeño mantra que me había impuesto como forma abreviada y efectiva de recordarme lo importante que era. ¿Para qué perder el tiempo en tediosas reflexiones improductivas? Ese rito particular me inspiraba sobremanera y me hacía recordar todas mis fortalezas, que no eran pocas. ¡Qué equivocado estaba! Ahora, por más que ahondo en las dilatadas pupilas que me observan enajenadas desde un palmo de distancia, sólo veo oscuridad. Un pozo sin fondo que me abruma con su negrura insondable. Reprimo con firmeza, la poca que me queda, las ganas de ponerme a llorar. No tengo un motivo concreto ni determinado, simplemente una opresión en el pecho que sube lentamente hacia mis ojos. Me desafía silente y pugna por dejar escapar las escasas lágrimas que deben quedarme. He llorado durante esta travesía innombrable más que en toda mi vida. ¡Estoy harto de hacerlo! Por más que intento analizar con detalle mis últimas semanas, no ha ocurrido nada especialmente grave que me haya golpeado, psicológica o físicamente, para que ahora experimente esta sensación. Parezco un insecto triturado, espachurrado miserablemente y sin la menor consideración. Tampoco el estrés al que, parece ser, estaba muy acostumbrado, me sirve como única explicación del padecimiento que me tortura y me reseca por dentro. Siempre he sido una persona pragmática, luchadora y ávida de respuestas. No había un tema que me interesara, por nimio que fuera, que me resultase irrelevante. Buscaba tiempo de donde no lo tenía para ahondar en el mismo y rescatar aquellas claves que se me resistían al principio. Gracias a esa actitud, eso pienso, he podido evolucionar y acaparar cuantos logros y honores me han acompañado a lo largo de la vida. Ahora, cuando me enfrento al escenario más cruento y vital que he afrontado nunca, no tengo ganas de buscar nada. No encuentro, ni por casualidad, una explicación razonable que me permita salir airoso del marasmo, de la calma chicha en la que me hallo anquilosado. Esta gran paradoja que me intimida sobremanera y amenaza con volverme aún más loco.

Hago el esfuerzo por recordar -me cuesta la misma vida- y me vienen a la cabeza los antecedentes lejanos de esta historia truculenta. Buscando, como siempre hacía, el camino más corto para alcanzar cualquier meta o reto que me plantease, adopté una decisión operativa e inmediata. Lo hice tan pronto como aparecieron los primeros síntomas preocupantes. Ni estaba en mi ánimo, ni podía permitirme demoras ni prolegómenos absurdos e innecesarios. Me entregué con el entusiasmo del neófito -es una manera de hablar, dadas las circunstancias- a la ingestión de las famosas píldoras de la felicidad.  Varias personas de mi entorno me habían asegurado que me permitirían proseguir con mis rutinas habituales sin que se resintiese especialmente mi productividad. El trabajo de estas milagrosas píldoras, en los sótanos y cañerías de mi mente, liberaría mi voluntad y conciencia para que siguiera produciendo como siempre había hecho, sin demoras injustificables ni concesiones al remordimiento. Me avisaron que tendría que relajarme un poco. ¿Relajación...? La excusa de los vagos para camuflar su incompetencia y justificar su parálisis crónica. ¡Para relajarme estaba yo!

Al principio todo evolucionó magníficamente. No sé si fue debido al efecto placebo o a la efectividad real de los fármacos, que comencé a consumir disciplinadamente. Lo cierto es que no tuve que ralentizar el ritmo durante demasiados días. A la semana de comenzar el tratamiento ya había retornado el ritmo habitual que imprimía a mi jornada diaria. En la medida en que me encontraba absolutamente recuperado -¿lo estaba realmente?-, no veía motivo alguno para prolongar mi estatus de "animal vegetativo". A decir verdad, tampoco estuve nunca en ese estado "vegetal". Es una analogía, por supuesto, no sé si especialmente acertada, pero yo me entiendo. Ni estaba acostumbrado, ni tenía sentido alguno -¿para qué? me encontraba estupendamente- modificar mis hábitos diarios. ¿Perder una hora en almorzar? ¿Hacerlo a horas razonables? ¡Estaba harto de escuchar esas idioteces! Siempre las había criticado como excusas vanas de necios, vagos e incompetentes. Nunca me habían afectado ni las horas ni la cantidad ingeridad. Había entrenado mi organismo para adaptarse a cualquier contingencia del entorno. Con disciplina férrea todo se consigue. A modo de ejemplo, había parado sólo quince minutos, a las doce de la mañana, para tomar algo durante aquella temporada que pasé en Róterdam para, sin solución de continuidad, incorporarme a la rutina autóctona, tras volver a casa. Aquí combatía el hambre devorando un sandwich, bocadillo o dulce, acompañado de una lata de refresco; light, por supuesto. Todo ello, sin horario fijo, entre las tres y las cinco de la tarde y sin que me resintiera lo más mínimo. Mi único vicio, si así pudiéramos denominarlo, era el trabajo y la productividad. Era la única manera que conocía de seguir avanzando a lo largo de mi carrera profesional. Así me lo habían enseñado y de esa forma tan simple lo había asumido. No había pretexto ni excepción alguna que valiese a este respecto.

No era un santo. Ni lo fui nunca, ni lo pretendí. Liberaba toda la tensión acumulada con intensas sesiones de ejercicio aeróbico, nunca antes de las nueve de la noche. En ellas quemaba las tensiones y escasas calorías adicionales que escapaban a mi riguroso control dietético. Los esporádicos excesos alcohólicos que me regalaba nunca me habían provocado el menor malestar, ni físico ni moral. Prácticamente todos mis colegas soltaban esa tensión de la misma forma, durante alguna noche del fin de semana. Nos olvidábamos de todo y pillábamos más de una borrachera. Nunca pasaron de ser episodios meramente anecdóticos, tolerados socialmente. Esas cogorzas, bajo ningún concepto, nos etiquetaban como alcohólicos. Todo lo más, cuando la juerga había sido especialmente intensa, me quedaba postrado en la cama algún domingo por la mañana, soportando estoicamente la inevitable resaca. Todo ello, no me da pudor decirlo, a pesar de las pastillas de vitamina B que había tragado durante la ingesta la noche anterior para evitar, en lo posible, los efectos adversos del alcohol e incrementar mi resistencia al mismo. Un buen resacón culminaba con un broche de oro las exiguas horas de excesos y descontrol que me permitía muy de vez en cuando. 

Seguía ensimismado con la imagen que me devolvía el espejo. Todo esto que acabo de rescatar de la memoria me sacudía la mente sin que, esta vez, tuviese que realizar un esfuerzo desmedido por traer a la memoria esos recuerdos del pasado. Ni un solo segundo dejé de contemplar, impávido y en estado catatónico, la inerte figura que me observaba hieráticamente desde el espejo. Perder la noción del tiempo era algo a lo que, desgraciadamente, me estaba acostumbrando, no sin cierto pesar. Ni que decir tiene que no puedo calcular el tiempo exacto que permanecí en ese estado. Al no haberme secado la cara, el agua había chorreado abundantemente por el cuello hasta empapar la camiseta blanca que me había puesto. Tendría que cambiármela, y pronto. Se me hacía tarde y no quería deteriorar aún más mi situación laboral retrasándome. Mi jefe, al que no había podido ni querido confesarle mi estado anímico, había comenzado a mirarme con cierto distanciamiento. Ese cambio de actitud estaba lejos de la aparente y simulada afabilidad con la que se dirigía habitualmente a todos los empleados. No quería empeorar aún más la situación por lo que me tomé las pastillas, la primera dosis del día. Me dispuse a comenzar la tortura diaria y transitar por el valle de lágrimas, que habría dicho si fuese creyente, en el que se había convertido mi existencia. A duras penas, recordé la conversación que había mantenido ayer mismo con un compañero del trabajo. Seguía rumiando algunos comentarios que intercambiamos en un pequeño receso del trabajo. Retorné, cansinamente y arrastrando los pies, hacia el dormitorio. Me senté nuevamente en la cama, antes de ponerme el pantalón, mirando embelesado las persianas venecianas que cubrían la ventana...



Continuará...






21 abril 2015

Lejos de cualquier lugar y cerca de ninguna parte (1).

Lejos de cualquier lugar y cerca de ninguna parte. Reflexiones canallas y desesperadas.
Relato (1ª parte)

Una mañana más y no puedo despegar los párpados. Me pesan todos los miembros y, a duras penas, puedo sacar las piernas fuera de la cama para afrontar la interminable jornada que me espera hoy. Sé, porque me lo han dicho, que debo parar el ritmo, que debo escucharme un poco más, que debo relajarme.... ¿Qué más DEBO hacer...? Estoy harto de escuchar consejos que lo único que hacen es machacarme y enterrarme un poco más en el fango, ya que no me ayudan a superar este atroz abatimiento que me atenaza cada día. No puedo conciliar el sueño, pasándome las noches en una duermevela agotadora, pero cuando lo consigo alguna vez -al alba- esa maldicha chicharra que tengo por despertador me anuncia el comienzo de otra extenuante y agotadora jornada. Más de una vez lo he estrellado contra el suelo y sigue sin romperse; me he roto yo mucho antes. No sé qué hacer. Ya me han cambiado las pastillas por otras de un color más intenso, aunque sé que el envoltorio no tiene nada que ver con su efectividad, pero sigo sin despegar. No me acostumbro a esto ni quiero acostumbrarme. Yo, que siempre he sido un competidor nato, alguien que no podía pasar ni un solo minuto de su vida sin asumir riesgos y retos, alguien que se reía de la indolencia de los demás, un triunfador de la vida en todos los aspectos.... ALGUIEN,... en definitiva. Ahora no soy NADA, absolutamente NADA. No sé, ni tan siquiera, cómo soy capaz de reflexionar o hilvanar dos pensamientos seguidos al respecto. Quizás es lo único que me hace aferrarme al día a día, una botella lanzada al tiempo que me impide caer en el foso de la locura más extenuante y devastadora. Pero, a medida que pasan los días, los dedos sarmentosos que se aferran al borde del precipicio se encuentran agarrotados y exánimes. No sé cuanto tiempo más podrán sostenerme antes de despeñarme al vacío más hondo que puedo imaginar. La caída no puede ser más dolorosa que el calvario por el que estoy pasando.

Estoy enfadado con todos, incluso conmigo mismo. Ya no soy el que era pero hice todo lo que me dijeron que tenía que hacer para alcanzar el éxito en la vida. Fui obediente y disciplinado, sí; lo fui en grado sumo y así me lo agradece esta porquería de existencia que, a duras penas, puedo considerar como mi vida. Estoy agotado de estar cansado y no veo más que problemas y obstáculos insalvables que se superponen y taponan cualquier indicio de luz que, en mis raros momentos de lucidez, puedo atisbar al final del angosto túnel en el que me encuentro atrapado. Me odio a mí mismo y, si tuviera agallas, me quitaría de encima esta miserable existencia en un segundo. Pero no puedo. No se trata de miedo, no; al menos, eso creo. Mi voluntad se encuentra anulada y he perdido la capacidad de reaccionar con un mínimo de lucidez porque el tratamiento me sumerge en una burbuja de impotencia y desidia de la que no puedo ni siquiera pensar en salir. Me encuentro atenazado, encadenado, lejos de cualquier lugar y cerca de ninguna parte... No quiero salir de casa y, a pesar de todo, me esfuerzo brutalmente cada mañana por mantenerme razonablemente aseado y despierto para que no puedan pensar en el trabajo que soy un desgraciado, un pobre desecho al que arrojar en una sucia y cochambrosa papelera. Mi ego, si es que me queda algo de ese difuso y oscuro elemento, se resiste a desvanecerse en la marea de la mediocridad. La falsa sonrisa que me obligo férreamente a esbozar cuando me saludan por las mañanas me corroe las tripas, pero es lo menos que puedo hacer para ocultar el miserable estado anímico en el que me encuentro. Debería darme igual, eso dicen, pero algo dentro de mí se resiste a ser pasto de habladurías y de los cotilleos inmisericordes de la gentuza que me rodea. Y digo gentuza porque creía que eran amigos, compañeros y colegas. Pero sólo bastó que no desplegase mi habitual energía y entusiasmo -¡no podía!- durante algunas semanas para que esos indignos maleantes comenzaran a darme de lado. En los primeros momentos, pude mantener el ritmo sin alteraciones especialmente significativas. Confiaba en que fuese un bajón asociado al estrés; era algo común entre los que nos dedicábamos a este negocio. La empresa me había preparado, o eso creía yo. Cursos de técnicas de afrontamiento del estrés, ocupación de determinados puestos para valorar mi resistencia a la tensión, extenuantes sesiones de entrenamiento físico... Mi organismo ha respondido siempre como un reloj y ha podido adaptarse a situaciones complejas de las que ha salido bien parado. Estaba en condiciones de afrontar cualquier situación límite y, de repente, un bajón anímico, que inicialmente achaqué a un catarro mal curado y a una semana especialmente intensa de trabajo, del que esperaba salir triunfante tras un domingo de cierta relajación, fue la puerta que me condujo a esta terrible situación en la que me encuentro. No tiene sentido, ninguno; es imposible, simplemente. Esto no puede pasarme a mí. Lo tenía todo absolutamente organizado y programado sistemáticamente. No había ni un solo minuto del día que abandonase a la improvisación; ni podía permitírmelo, ni quería hacerlo. Eso sólo lo hacen los gandules y flojos que se pasan el día deambulando sin oficio ni beneficio.

Acabo de darme cuenta que estoy soñando despierto. Aún sigo sin poder levantarme y me dedico a enredarme en inútiles reflexiones, en esa duermevela que me atenaza, que me hacen sentirme aún peor de lo que ya estaba anoche. Su inutilidad, la de darle vueltas en la cabeza al asunto, radica en el hecho de que no me sirve absolutamente para nada, salvo para empeorar. Cuanto más rumio, vomito y vuelvo a tragarme mis oscuros pensamientos, más me agobio. Percibo últimamente de manera más nítida el delgado hilo que me une con la cordura y que amenaza, según que ratos, con romperse. Eso me causa auténtico pavor, ya que no controlo en absoluto qué está pasando dentro de mí. Siempre he sido una persona pragmática y controladora; así me han enseñado a ser y de esa manera he progresado en todas las facetas de mi vida, en el ámbito personal y profesional. Cuando me ha hecho falta, he trajinado donde fuese para encontrar un método, una técnica o un manual de instrucciones debidamente contrastado que me permitiese seguir el curso de acción que las demandas del entorno, y las interiores, me exigían en cada ocasión. De esa manera, he ido afinando mi brújula en la medida en que la iba adiestrando y pertrechando con todo aquello que me permitía avanzar en mi camino. Mi mente se convirtió en un repositorio de recursos, en una navaja suiza multifunción. Ahora, por el contrario, carezco absolutamente de norte. Mi brújula interior, por más que la busco, se resiste a mostrarse ante mí. Desconozco si existe algún problema neurológico o cognitivo para que retorne o, simplemente, ha desaparecido para siempre. Esto último me sobrecoge y me hace adentrarme en una situación de pánico en la que mi corazón, estómago y extremidades se alían salvajemente para mostrarme la indefensión más absoluta en la que me encuentro. Por tanto, huyo como de la peste negra de mentar esos conceptos ya que mi mente, díscola y asilvestrada durante los últimos tiempos, se niega vehementemente a obedecerme y se dedica, sistemática y maliciosamente, a torturarme día y noche. 


Aún habiendo perdido peso, tres kilos en el último mes, me siento mucho más pesado que nunca. La gravedad se ha cebado en este cuerpo inerme como si se vengara de alguna ofensa que hubiese perpetrado contra cualquier inocente. Por más que intento desesperadamente retomar los automatismos que hacen la vida de cualquier persona llevadera, no lo consigo. En estos instantes, sin ir más lejor, descubro con desesperación que me cuesta la misma vida agarrar la sábana que me cubre media cara y levantarla para poder incorporarme. Unas incómodas lágrimas me hacen más difícil la operación, pero es que no puedo evitarlas, ¡no quiero evitarlas! Me las seco con el embozo de la sábana y me vuelvo lentamente para facilitar el tránsito hacia la vigilia. Me falta el aire y la sensación de ahogo permanente se asemeja a la del corredor inexperto que se empeña en transitar apaciblemente por la escarpada senda de una montaña. Para agravar aún más este exasperante episodio que se repite cada mañana, me aflige un fuerte dolor de cabeza desde que he abierto los ojos. Esto es insoportable. Aún así, no quiero abandonarme al llanto y la desesperación. La otra noche lo hice, no aguantaba más, y me sentí aún peor cuando recuperé la conciencia. Estuve a punto de volverme loco, si no lo estaba ya. Es ridículo pensar en términos de normalidad, como pretendo, cuando todo lo que se me viene a la cabeza se encuentra tamizado de amargura y desesperanza. No puedo ni controlar mis pensamientos más simples, aquellos que debería emplear en garantizarme los rudimentos básicos de mi existencia. Los pocos gramos de autodisciplina que aún me quedan consiguen, tras un desmedido esfuerzo de voluntad, impulsarme hacia el exterior y, sentándome en el borde de la cama, me atuso el pelo mientras bostezo. Me pongo en pie y me dirijo, lenta y cansinamente, hacia el cuarto de baño. El espejo, ese miserable hostil y traicionero que se jacta cada mañana de recordarme mi penoso estado, me recibe con indiferencia y se limita a desempeñar su aburrido papel, reflejando mis arrugas, ojeras y ajado rostro en su pulida superficie. Estoy a punto de escupirle, tal es la rabia que me sobrecoge, pero no tengo fuerzas ni para ese estúpido e inútil gesto desesperado. Será mejor que guarde las pocas energías de las que dispongo para comenzar el día con un cierto deje de dignidad. Sí, aún la conservo. No se por cuánto tiempo ya que me sobrevienen lagunas en las  que todo, absolutamente todo lo que me rodea, incluso mi propia existencia, me es indiferente. 

Comienzo la tediosa tarea que me impuse como primera etapa del ejercicio diario que, según entendía entonces, me permitiría reconducir esta situación hacia cotas más soportables. Con parsimonia y lentitud absolutamente reales -¡no podía, no tenía fuerzas para ir más deprisa!- me enjuagué la cara con agua caliente y me dispuse metódicamente a enjabonarla. Puede que tardase dos, cinco, diez minutos en esa ínfima tarea -no lo sé a ciencia cierta- pero me parecieron siglos. Aún así, aún conservaba álgunos restos de mi férrea voluntad de antaño -¿por cuánto tiempo?- y pude concluirla finalmente. Aunque la cuchilla me hacía guiños confusos cuando la miré fijamente, aparté rápidamente esa imagen grotesca de mi cabeza y me dispuse a rasurarme con detenimiento. En mi vida habría imaginado, aunque me lo hubiesen jurado sobre la biblia, el esfuerzo sobrehumano que supondría asumir tan mecánica y estúpida labor en mi estado actual. Miles de veces la había acometido, como rutina energizante que marcaba el comienzo de mi vorágine diaria, pero la partida había cambiado repentinamente de cartas y, en esa mano, la suerte me había abandonado sin regalarme la más mínima consideración. Me sorprendí mirando fijamente a los ojos que había detrás del espejo...


Continuará...
  




14 abril 2015

NARCISISMO: CÓMO FABRICAR UN PROTOTIPO.

OLGA
Olga estaba harta de escuchar a su pareja, Andrés. Lo quería, al menos eso pensaba, pero no aguantaba su parloteo insustancial cada vez que la veía baja de tono, deprimida o, incluso, llorando sentada en el sofá. Ella no podía tener una depresión, eso sólo le ocurría a los demás, a los débiles. Ella era fuerte, siempre lo había sido. Sobrevivió con aparente éxito a una niñez en la que tuvo todo lo que quería, ¿lo tuvo? Creció en una familia acomodada cuya madre, ocasionalmente, presentaba ciertos bajones anímicos que sobrellevaba con alguna pastilla cuyo nombre no recuerda en estos momentos. No tenía quejas sobre su madre, máxime cuando siempre pudo tener lo que quiso y, reconoce, la dominaba desde que tenía uso de razón. Es cierto que, en su entorno, la llamaban caprichosa a veces, pero no era algo que le supusiera ningún problema. ¿Qué mal había en tener todo lo que quería si podía disponer de ello? Hubiera sido estúpida o mojigata si no hubiese cogido todo lo que se ponía a su alcance. Su padre, el gran hombre, era un buen tipo, al menos en apariencia. Distante y lejano, ya que ocupaba la mayor parte del tiempo en sus labores profesionales, sobrevolaba por su vida de una manera episódica. Le profesaba una admiración ciega y siempre quiso ser como él. Durante su adolescencia y primera juventud había pasado por ser una chica atractiva, bien parecida y con unas ganas enormes de comerse el mundo. Admiraba el modelo paterno hasta tal punto que siguió sus pasos y muy pronto, recién acabada la carrera universitaria, encontró fácil acomodo en una de las empresas filiales del entramado que dirigía su progenitor. Ni que decir tiene que, siempre y en todo momento, consideró que merecía los puestos que iba ocupando, sin llegar a plantearse que lo hacía por las influencias y maniobras corporativas que su padre iba pergeñando para que la niña se hiciera un hueco en los negocios. Cualquier padre, se decía, lo hubiese hecho por sus hijos. El término "nepotismo" estaba desterrado de su vocabulario ya que siempre se creyó, por su valía y personalidad, merecedora de cualquier prebenda. Por tanto, no se podía quejar. Lo tuvo muy fácil desde el principio ya que no peleó especialmente por la búsqueda y ocupación de los diferentes puestos que ocupó. Por tanto, resumiendo una larga historia y haciéndola más corta, ¿cómo iba ella a estar deprimida? Joven, en la treintena, sin hijos o familia que atender, absolutamente independiente y disfrutando de un panorama laboral en el que había ido encadenando éxitos sucesivos a lo largo de su corta pero fructífera carrera. Se equivocaba Andrés y todo aquel que pensara que podría estar deprimida; eso sólo les pasaba a los débiles, cobardes y gente sin personalidad. Ella, una mujer de éxito que controlaba su vida y la de los demás a la perfección, no podía caer tan bajo. Eso era algo impensable; una locura. 


Andrés era un buen hombre pero ella sabía que la relación no había pasado de lo superficial. Atractivo, abogado en ejercicio y fácilmente manipulable (sonreía al pensar esto último). En cualquier caso, resultaba cómodo tener alguien en casa que la esperase cuando daba por terminada las interminables jornadas laborales a las que se sometía, siempre estresada y deambulando con prisas de una reunión a otra. Ella controlaba la situación y sabía que cuando le interesara, como había hecho en más de una ocasión anterior, lo desplazaría cómodamente de su vida y buscaría otra opción sentimental más favorable. No obstante, resultaba cansino escucharle repetir continuamente la misma cantinela: "tienes que ir a un psicólogo", "debes buscar ayuda profesional", "no puedes seguir llorando por los rincones"... Más de una bronca había surgido como reacción explosiva a tanta insistencia. Le fastidiaba especialmente que recalcara sus momentos de "bajón" anímico. ¡Todo el mundo los tenía! No podía aguantar la estupidez de la gente, era algo que superaba su capacidad de resistencia. Siempre había gente ingrata que no era capaz de reconocer sus méritos y que, a sus espaldas, a buen seguro que la criticarían por ser como es. Todos, sin excepción, eran basura y escoria; miserables que no sabían ni podían tenerse en pie y que lo único que hacían era envidiar el éxito de personas brillantes como ella. Tras la enésima bronca con su pareja, encendió el ordenador y se dedicó a ordenar su particular portfolio, su rincón del ego. En carpetas sistemáticamente clasificadas iba recogiendo todas las reseñas de prensa que aparecían y en las que era nombrada. Había una, denominada "basura", en la que iba recogiendo todas aquellas críticas salvajes y despiadadas que, a su entender, miserables plumillas se atrevían a plasmar sobre su buen quehacer profesional. Había dos de ellos, particularmente, a los que había dedicado unas subcarpetas específicas ya que no pasaba un mes en el que, utilizando sus columnas periodísticas o blogs, no le dedicaran ningún dardo afilado, con cualquier excusa. Se había permitido, incluso, alojar en cada subcarpeta una fotografía de ambos periodistas, que había editado previamente, en la que sus rostros aparecían atravesados por múltiples alfileres, como si de un ejercicio de vudú africano se tratase. Era su particular, divertida, íntima y macabra manera  de vengarse de sus infundados, eso creía ella, ataques furibundos y envidiosos. 

Otra cosa eran sus subordinados. Estaba harta de sacar de la miseria a más de uno, convirtiéndolo en colaborador directo y, como no podía ser de otra manera, exigiéndole entrega y dedicación absoluta a su causa. Para eso les pagaba y ellos tenían el honor de trabajar para ella. No había uno que aguantase más de medio año en el puesto ya que pronto caían en la desidia y el marasmo. Eran unos inútiles.Tenía que sacudírselos de encima. Afortunadamente, ello no le generaba el más mínimo problema moral. Se lo merecían por vagos y desleales. No habían aprovechado su momento de gloria y sólo merecían el ostracismo. A los que no podía echar, los apartaba inmisericordemente y los exiliaba a oscuros despachos alejados de su vista ya que, incluso, le desagradaba profundamente encontrárselos por los pasillos. Era una cuestión, pensaba, más de estética que de ética. Los que la acusaban de falta de empatía o sentimientos eran unos fracasados que no tenían ni dos dedos de frente. A buen seguro, si de ellos dependiera, habrían hundido el barco que ella, afanosamente, se dedicaba a mantener a flote y con buen rumbo a pesar de todas las calamidades y adversidades a las que tenía que hacer frente. Su trabajo no estaba pagado y cogía unos enfados absolutamente brutales cuando se enteraba que algún subordinado, por circunstancias de antigüedad o catalogación del puesto de trabajo, ganaba un sueldo mayor que el suyo. Era algo que la exasperaba y le ponía a hervir la sangre. El mundo era profundamente injusto, especialmente con gente de valía como ella. 

Al final, decidió hacer caso a su pareja, Andrés, y para evitar más broncas y calmar un poco el ambiente asumió como un castigo el hecho de acudir a terapia. Era algo que, sabía, no iba a servirle para nada ya que no se fiaba ni un pelo de esos psicólogos o psiquiatras que hacían su agosto atendiendo a infelices cuyo único problema era que no tenían el arrojo de sacudirse el polvo de la caída y seguir caminando. Todo sea, se dijo, por evitar más jaleos. O dejo a este hombre o lo mantengo callado asistiendo a varias sesiones de terapia. Mujer pragmática e inteligente, optó por lo segundo. Cuando Andrés le dijo que le había cogido hora con un psicólogo, Pedro, esbozó un boceto de sonrisa y dirigió sus pensamientos hacia metas más provechosas. Había pasado por cosas peores...


PEDRO. Ψ
Tras varias sesiones de trabajo con Olga y Andrés, creo que este último lo tiene crudo y complicado. Ella, particularmente curiosa con su puesta en escena, no paró en toda la hora de alabarse a sí misma y de pretender explicarme que era, poco más o menos, el centro del universo. Saltaba, sin solución de continuidad, de los honores y alabanzas que había recibido a lo largo de su vida hasta el trabajo que le costaba tratar con, como ella les llamó sin el menor complejo, "idiotas y descerebrados". Percibí una necesidad imperiosa por recibir el reconocimiento de los demás y un trato zafio y descarnado hacia aquellos que, en su opinión, no caían rendidos ante su capacidad de trabajo y gestión, ante su excelencia como persona. Eso es algo, en principio, que puede ser natural como la vida misma y que puede darse en muchas personas, pero el grado de sumisión que ella exigía a los demás rayaba en lo patológico, aunque quiero ser prudente. Aún no tengo todos los datos que preciso para hacer una valoración más ajustada ni creo que pueda establecer, en estos momentos, un diagnóstico cerrado que "etiquete" a Olga con un Trastorno de la Personalidad de tipo Narcisista, ya que ello exigiría una rigidez estereotipada de sus conductas que le impidiese adaptarse, en todo momento y lugar, a su contexto vital y a todas las situaciones cotidianas a las que se enfrenta cada día. Parece razonablemente contenta y presenta ciertos altibajos que le ha costado reconocer. Podrían deberse a muchas cosas, en principio. Ella lo achaca al estrés, responsabilidades y trabajo desmedido que desarrolla en cada jornada laboral. No obstante, me preocupa el curso que puede seguir su vida ya que, a tenor de lo que me han contado ambos, los derroteros de su historia vital podrían complicarse y degenerar hasta el punto de confinarla en un rango limitado y rígido de conductas y pensamientos estereotipados que la hagan transitar por una senda de sufrimiento personal , sin contar con el de sus familiares y allegados. Lo difícil va a ser trabajar con ella ya que no se abre, ni amparada por la confidencialidad del trato, y exhibe una continua fachada de suficiencia que, a la larga, puede quebrarse con relativa fragilidad.


He de reconocer que muestra una gran capacidad de encaje e improvisación. Sería una buena actriz, sin duda. Actúa, de manera histriónica y bastante convincente, como si fuese una víctima inocente en manos de terceros sin escrúpulos que no reconocen su valía ni méritos. Nunca asume, ni por casualidad, la culpa de nada de lo que le ocurre. Al mismo tiempo, su autoimagen está, a mi modo de ver, excesiva y paradógicamente sobredimensionada; hasta tal punto que siempre termina comparándose con los demás para, a renglón seguido, infravalorar a toda persona de su entorno. Creo que Andrés es, aquí sí me arriesgaría, una víctima más en manos de Olga. Lo utiliza cuando y como quiere para lograr todos sus fines y dudo mucho que sus sentimientos hacia él sean sinceros, al menos en los términos de sinceridad que cualquier pareja requeriría para seguir funcionando medianamente bien y de manera normalizada. Es más, creo que hasta le da igual. Envidiosa lo es, y mucho. Lo primero que hizo fue avasallarme con sus incontables méritos para, intuyo, cotejarlos con los mios y bailar la eterna danza de la comparación que habitualmente escenifica con todos aquellos a los que se enfrenta. Creo que pude soslayar la cuestión con cierta diplomacia y no entré en su juego ya que me temía, desde el principio, que podía tomar como una ofensa cualquier mérito personal que pudiese comentarle por mi parte para dejarla tranquila. No cesaba de intentar reflejar una imagen personal que, estoy convencido, no representaba la esencia de su persona. Intentaba explicar su vida en términos tan laudatorios que no pretendía otra cosa salvo impresionarme y ubicarme en un plano inferior al que ella representaba. Daba igual el área o ámbito: brillantez académica, pasión romántica, actividad sexual, o cualquier otra que se le ocurriera. Exhibía el mismo patrón en todas las conductas y hábitos que sacaba a colación. La dejé hablar o, sería mejor decirlo así, difícilmente pude intercalar algunas cortas preguntas en su electrizante y vertiginoso monólogo.

Más tarde, pude mantener una charla amigable con Andrés, a solas. En mi opinión, aunque no se lo dije en esos términos, representaba el rol de "tonto útil" o marioneta absolutamente desprovista de verdadero espíritu que se mueve al son de los dictados de su ama. Este papel lo asumían, en el ámbito profesional de Olga, más de una persona, permitiéndole mantener el control sobre su entorno a través de estos acólitos o esbirros. No sabía este buen hombre, y tampoco me pareció el momento de hacer tan funesta premonición, que en estos casos es altamente probable que la pareja se rompa cuando la otra parte (llamémosle narcisista por economía de términos, aunque sea en una fase que podríamos calificar de pre-mórbida) le ha exprimido todo el jugo vital, vampirizándolo, y no tiene nada más que sacarle. En ese caso, podría pasar, en un abrir y cerrar de ojos, de persona aparentemente querida a tiesto que se arroja al trastero porque ya no es útil. He visto más de un caso y, por experiencia y ojo clínico, éste tenía todas las papeletas de serlo. Se quejaba este buen hombre de que su relación con ella no iba bien en esos momentos. Al principio, cuando la conoció hace un par de años, todo resultaba excitante y fascinador. La veía poseída por la fuerza y magnetismo de una diosa. Inteligente, popular, encantadora y ocupando siempre, en cualquier contexto social, el foco de la atención. A pesar suyo y rogándome la máxima confidencialidad, me llegó a reconocer que había llegado a descubrir que prácticamente todo eso constituía una fachada, algo efímero y superficial. Se sentía, en algunos momentos, cansado de la relación ya que nada de lo que hacía para contentarla era suficiente. La quería, y mucho, pero su capacidad de aguante estaba llegando a un límite. Deseaba encontrar el camino a seguir para recobrar la frescura de los primeros momentos y estaba dispuesto a intentar lo que yo le aconsejase. Se le veía, en esos momentos de relativa intimidad y con todas las defensas bajadas, un hombre desesperado.


Escuché atentamente todas sus palabras, reflexionando internamente sobre ellas. Me vino a la cabeza el símil de las matrioskas o muñecas rusas. Son estos divertidos cacharros, como sabemos, elementos decorativos que guardan dentro de sí réplicas idénticas de su cubierta exterior. Su cuerpo está absolutamente vacío de sustancia y se limitan a esconder en su interior réplicas de la superficie. Es así como suelen ser las personas como Olga, prácticamente fachada y poco más. Sus sentimientos no acostumbran a ser sinceros y muchos de ellos no se sienten, en su fuero interno, cómodos con exhibir continuamente esa careta que utilizan como armadura de protección hacia un entorno que consideran hostil. En realidad, no son todo lo fuertes que aparentan. Lo peor es que nuestra sociedad actual, altamente competitiva, tiende no sólo a tolerar sino a incentivar muchas formas de narcisismo ya que son confundidas con facetas y expresiones del éxito personal y social. Los narcisistas más acusados han idealizado una imagen de sí mismos que no se corresponde con su "yo real" y se dedican a implementarla en todo momento con objeto de evitar que los demás les hagan daño o que, incluso, ellos mismos puedan llegar a procurárselo. La sensación de verse como el "patito feo" de cualquier entorno social les hace evitar a toda costa pensar en ello e iniciar, como estrategia de supervivencia, una frenética huída hacia adelante donde les suele dar igual dejar mutilados o damnificados por el camino. Ya que sufren ellos, que sufran los demás, qué mas da. No tienen complejo ni reparo alguno a la hora de prejuzgar, ridiculizar o culpabilizar a cualquiera y, en algunos casos, llegan a ser personas absolutamente abusivas, en términos emocionales. Parece ser que necesitan hacer sentir inferior a cualquier otro que tienen delante y, con ese miserable "modus operandi", engordar su frágil ego y sentirse mejor ante ellos mismos y el mundo que les rodea. 


Andrés me dio la impresión de que, en muchos momentos, se sentía saboteado emocionalmente. Eran demasiadas las ocasiones en las que Olga lo manipulaba -eso pude deducir de estos encuentros con ellos- y que le recordaba que le había aportado mucho en su vida para lo ingrato que él estaba siendo con ella, recurriendo continuamente a la victimización crónica para hacer que este hombre se sintiera en inferioridad de condiciones y sin capacidad de maniobra. Le tendré que dar vueltas a cómo gestiono este asunto ya que no debo perder mi objetividad, pero las características de esta mujer me enervan especialmente, sobre todo porque no son pocas las ocasiones en las que me he encontrado con personajes similares. Iremos viendo...








07 abril 2015

Coaching y los pecados capitales del liderazgo (2): soberbia.


"Ruin arquitecto es la soberbia; los cimientos pone en lo alto y las tejas en los cimientos" 
Francisco de Quevedo.

Constituye la soberbia uno de los "pecados" más habituales que pueden desarrollarse cuando se ejerce el poder durante mucho tiempo. Podría ser debido, entre otras circunstancias, al hecho de perder la perspectiva y de considerar al resto de las personas como útiles instrumentos, en el mejor de los casos, para perpetuarse en el cargo o seguir ascendiendo a lo largo de la carrera profesional, sea ésta política, administrativa o empresarial. Como punto de partida quisiera traer a colación un caso real que un buen amigo tuvo a bien trasladarme durante algunas de las muchas ocasiones en que tenemos ocasión de charlar de manera distendida. Comencemos.


Este buen amigo me trasladaba no hace mucho tiempo el retrato de una jefa ignorante y soberbia, insoportable hasta la extenuación y muy pagada de sí misma. No sólo despreciaba la humildad entre sus colaboradores, mofándose de ellos cada vez que tenía oportunidad, sino que hacía sangre de cualquier situación en la que, a su limitado y pacato entender, su razón prevaleciese sobre las opiniones y experiencia de los que la rodeaban. Esta "jefecilla" se tenía en tan alta estima que su única preocupación residía en quedar por encima de los demás, limitando así de manera patosa las decenas de posibilidades de aprender que se le ofrecían en bandeja cada día. Simple y llanamente, no podía conceder a otras personas el crédito de saber un poco más de algo o tener mayor experiencia y autoridad en ningún aspecto o cuestión que se estuviese considerando. Cualquier opinión que se le plantease, por sensata y prudente que fuera, tenía el futuro absolutamente negro si no se ajustaba a su visión previa del asunto en cuestión. Ni que decir tiene que dicha opinión personalísima, demasiadas veces, no tenía fundamento alguno y había sido insertada en  su cortex cerebral por algún acólito menesteroso que no paraba de hacerle la pelota y enredar continuamente en su antesala. Este personaje acumulaba una violencia, posiblemente como fruto de la frustración crónica que corría por sus venas, que estallaba salvajemente en los supuestos en lo que algo saliese mal. Su proverbial soberbia le impedía reconocer sus propios errores o la ausencia de indicaciones acertadas y concretas para ese particular y siempre, sin fallar en ninguna ocasión, imputaba la responsabilidad del fallo -del tipo que fuese- a cualquier otro que estuviese cerca; daba igual, lo importante era no cargar ella misma con la responsabilidad del error cometido. Su ego, aparentemente superdotado, podría ser tan frágil y ligero como una pluma. La altivez, altanería y arrogancia que traspiraba por todos sus poros pretendía lanzarle un mensaje muy simple al mundo: "Estoy profundamente satisfecha cuando me contemplo a mí misma, sin que me importe lo más mínimo el menosprecio que le dirijo a los demás". 

Evidentemente, todas las actitudes descritas en el párrafo anterior generaban un rechazo brutal por parte de todos aquellos que tenían la obligación, por su relación de subordinación, de soportar a la ignorante y engreída directiva. Unos lo llevaban peor que otros ya que, no soportando los ataques continuos e injustificados hacia su persona que les dirigía de manera desalmada, terminaron por claudicar y buscarse otros destinos profesionales. Otros no podían, por diferentes circunstancias, quitarse de enmedio. En este último caso, los había pacientes que sabían que el tsunami pasaría más pronto que tarde y otros que, mimetizándose con el ambiente, evitaban a toda costa la mínima interacción y, de ese modo, sobrevivían al clima enrarecido que había instaurado el personaje del que hablamos en estas líneas. Por lo que parece, no existía modo alguno de conjurar ni neutralizar el comportamiento de esa déspota salvo, como hemos comentado, salir corriendo de donde estuviese -metafóricamente hablando, claro está- o rezar para evitar la más mínima confrontación con ella. Consecuentemente, no había ocasión de reflexionar sobre los múltiples errores que se cometen de manera habitual en cualquier organización ya que consideraba el fallo, siempre el de los demás, como un delito que exigía la pena capital. Esta circunstancia dificultaba que la organización afectada pudiese evolucionar para alcanzar cotas de mayor excelencia ya que el único objetivo a cubrir era evitar las broncas y represalias. Nadie se esforzaba por mejorar a partir de los errores sino que dedicaban su máxima diligencia a ocultarlos. Todo el mundo se limitaba a cubrir el expediente sin aportar elementos de creatividad, ilusión y novedad. ¿Para qué? ¿Para salir malherido de la confrontación con una persona que ni valoraba el esfuerzo ajeno ni sabía compensar simbólicamente el trabajo desarrollado? Se instaló el marasmo más estéril en todos los departamentos que se encontraban bajo su mando, limitándose estos a funcionar "a medio gas". Ni que decir tiene que esta persona logró deteriorar la imagen externa de la corporación a la que pertenecía en un tiempo record, alcanzando cotas inauditas de incompetencia y trato negligente hacia los ciudadanos afectados por las múltiples gestiones que se desarrollaban allí. 

Cuando se incorporó al cargo donde cometió todas estas tropelías -por vía nepotista y digital, por supuesto- engañó a mucha gente ya que, en apariencia, se trataba de una persona joven, afable e ilusionada por la responsabilidad que le había sido encomendada. Todo ello, a la luz de los acontecimientos que se desarrollaron a partir de ahí, era falso como una moneda de cartón. Pudo ocultar su verdadera y descomunal soberbia bajo una máscara de pudor y afabilidad, evitando ser descubierta por aquellos con los que interactuaba anecdóticamente. La gente hablaba bien de ella al principio, adulándola, sin tener demasiada información ya que había que reconocerle su inmensa capacidad interpretativa y dotes histriónicas. No obstante, para aquellos que tuvieron la oportunidad, o el pesar, de sufrirla de manera más cercana no pasaron desapercibidos ciertos detalles despóticos que planteaban una severa y abrupta disonancia con relación a la imagen pública que este personaje se dedicaba con fruición a cultivar. Observaba mucho y, evitando ser descubierta, fingía ideas, visiones, emociones y sentimientos absolutamente distantes y muy diferentes de los que tenía en la intimidad, de lo que era en realidad. Sus más cercanos colaboradores, en los ámbitos reducidos de cierta confianza en que se podían comentar estas cosas, se mostraban incómodos por la vehemencia que exhibía con demasiada frecuencia y por su comportamiento despótico, despotricando de todos y sin tener en cuenta los derechos de los demás. Su deseo de imponerse a todo y a todos estaba, como alguno se atrevió a sugerir, cercano a lo patológico y la buena señora alternaba sesiones penosas y lastimeras ,gimiendo como una niña pequeña que ha sido castigada por su mal comportamiento, con otras en las que se imponía altanera, asumiendo un rol mesiánico de eterna poseedora de la verdad. 


Dependiendo de la situación que le tocase desempeñar en cada momento, desplegaba un rol diferente y ajustado al público que tenía que atender. En este sentido, observadores avezados referían que ocasionalmente se ponía una máscara intelectual, cargada con rictus severos, que teñían de rigor escrupuloso todo aquello que pasaba por sus manos. En ese contexto concreto, exigía rigidez absoluta y exactitud en el cumplimiento de cualquier norma no siendo, ella misma, capaz de cumplir con los rudimentos básicos que se le exigían en función de la magistratura que estaba ocupando. Otras veces, se cambiaba la máscara y adquiría el rol paternalista, de mánager, adoptando un interés desmedido por enseñar a los demás y por regalar sus consejos -eran los mejores, no cabía la menor duda- a diestro y siniestro. Las personas que sufrían este escenario comentaban que la directiva no hacía otra cosa que mostrar continuamente su altivez, suficiencia y superioridad. 

En la intimidad, sufría continuamente por sus fracasos, llegando a trasladar a los más íntimos colaboradores arrebatos iracundos que no tenían explicación razonable, más allá que la de ser interpretados como una pataleta pueril. Los errores, de los que se puede aprender, le hacían caer en un marasmo sazonado con dosis de pesimismo y desaliento que generaban un malestar innecesario, ya que no ayudaban a solucionar los problemas. Era incapaz de aceptar con naturalidad sus propias limitaciones y las de los demás, atribuyendo siempre y en todo momento una maldad innata en todos aquellos que, según su criterio, disentían con relación a sus planteamientos. En este sentido, recurría continuamente al lugar común de la deslealtad como filtro mágico que explicaba, a su limitado entender, la actitud y rechazo que su patológica conducta generaba en terceras personas. 

Otra manera particularmente curiosa de escenificar su soberbia residía en mostrar su generosidad y abnegación de manera continua, haciendo saber a todos que no hacía nada para sí misma ya que sus actuaciones iban siempre encaminadas hacia la consecución del bien común. Pero no se quedaba ahí, ya que tras esa supuesta conducta abnegada no dejaba de referir que era la única persona que hacía algo para solucionar cualquier problema o atender una gestión. A su modo de ver, el resto de los trabajadores no hacían absolutamente nada. Persona vengativa como ella sola, no incluía en su limitado léxico corporativo expresiones relacionadas con la petición de disculpas o la concesión del perdón. O se estaba con ella, con sus leoninas y grotescas condiciones, o contra ella. Ésa era la limitadísima gama de colores que manejaba en sus relaciones sociales y personales.

Como hemos podido apreciar, por todo lo dicho, las consecuencias del ejercicio del liderazgo por una persona soberbia y despótica pueden ser terribles para cualquier corporación. Dado que suelen ser hábiles manipuladores, no es fácil imputarles un ejercicio "criminal" del abuso de autoridad, por lo que acostumbran a dejar cadáveres y mutilados por donde tienen la fortuna de pasar a lo largo de su carrera profesional. 

En este mismo blog, hemos abordado el tema de la soberbia, combinado con otros de índole psicológica, en un artículo (post) que os recomiendo como complemento a éste que habéis leído. Su título: "La Reina de Corazones".


"La soberbia como elemento a erradicar en la práctica del buen liderazgo corporativo."




01 abril 2015

Tragedia en los Alpes: se ha estrellado un avión. Duelo, psicología y personalidad.


Los efectos de la tragedia acaecida el pasado martes, 24 de marzo, han ocupado buena parte de los titulares de prensa durante más de una semana. No es rara esta relevancia mediática, habida cuenta de las sorprendentes novedades que la fiscalía de Marsella, encargada de evacuar las diligencias de investigación del suceso, trasladó a familiares y medios de comunicación el jueves, 26 de marzo. Todo parece indicar -es la hipótesis que cobra más fuerza con los días y que se mantiene en estos momentos- que el copiloto del Airbus A-320 (Germanwings) provocó de forma voluntaria el fatal desenlace, ya que actuó de manera premeditada, cambiando la configuración del vuelo, que pasó automática a manual y que inició un descenso sostenido que llevó, en diez minutos escasos, a que dicha aeronave colisionase brutalmente contra el macizo de los Trois-Évêchés, en los Alpes. Por tanto, hablar de que un avión se ha estrellado o tenido un accidente parece, a tenor de lo que se sabe a estas alturas, poco exacto. Un titular más apropiado, con lo que sabemos en estos momentos podría ser éste: "un avión con ciento cincuenta pasajeros a bordo ha sido estrellado; no hay supervivientes". 

El duelo.

En primer lugar, me gustaría reflexionar someramente sobre el proceso de duelo por el que los familiares y conocidos de las víctimas tendrán que pasar durante una larga temporada. Además, las particulares circunstancias que concurren en este caso dificultan el proceso natural y necesario por el que todos pasamos al superar el fallecimiento de nuestros seres queridos. La imposibilidad de acceder a los restos humanos, la inaccesibilidad del lugar de la tragedia, la sorpresa que conlleva cualquier accidente... son todos factores que, lamentablemente, dificultarán la superación de la grave pérdida humana que supone la muerte de un familiar o ser querido. La sociedad, no sólo los familiares directos, necesita información en circunstancias como esta. El hecho de que sea un caso estadísticamente no significativo, en 2014 hubo treinta millones de vuelos en el mundo (según estadísticas que se han barajado estos días), no resta un ápice de inquietud a todos aquellos que se ven reflejados en las víctimas o en sus familiares. La sociedad necesita respuestas para poder procesar esta impactante noticia. Los rituales personales o sociales cobran una importancia vital para transitar por el duelo, de ahí que nadie se extrañe de la peregrinación de los familiares al punto más cercano al siniestro, la colocación de una placa o cualquier otro evento o ritual que ayude a recordar a estas personas, máxime cuando no pueden ni tan siquiera aferrarse a unos restos humanos que el destino les ha sustraído. En estos momentos, nos aferramos a elementos simbólicos o, si los hay, tangibles para sobrevivir al marasmo y desesperación que llega a impregnar todos nuestros pensamientos. 

Los familiares de las víctimas, con independencia de otras consideraciones sobre la hipotética autoría del copiloto o, como se barajó al principio, algún fallo mecánico de la aeronave, tienen que haber pasado por un estado de shock personal en el que se han encontrado (no es extraño que alguno no haya superado aún esta fase) absolutamente devastados por la magnitud de los hechos. En estos momentos, mientras se produce la dura confrontación con la realidad, prevalece en ellos un estado de profundo desconcierto y aparecen conductas automatizadas que evidencian la incapacidad para poder aceptar la realidad que se les ha venido encima, esto es, que sus seres queridos están muertos y ya no volverán a verlos. Este estado, por muy anómalo que parezca, reviste un importante carácter adaptativo y adquiere una finalidad protectora para los familiares de las víctimas de la tragedia. Sirve, entre otras cosas, para darles tiempo y que puedan asumir la impactante información que han recibido. Dependiendo de la persona, podrían pasar horas o incluso días sumidos en este período de estupor.

Inmediatamente después de este primer escenario de shock sobreviene una fase de rabia en la que aparecen sentimientos de agresividad, contenida o explícita, hacia las personas o entidades que se consideran responsables de la terrible pérdida, no siendo infrecuente que dichos sentimientos estén acompañados por la sensación de injusticia y desamparo. Según testimonios aparecidos en la prensa, las explicaciones dadas a los familiares sobre la posible intencionalidad del copiloto no han mermado la rabia y el estupor sino todo lo contrario. Lógicamente, aparecen en muchas personas problemas para conciliar el sueño y se puede perder mucha capacidad de concentración. La falta de apetito y la incapacidad para disfrutar mínimamente de las actividades cotidianas son otras de las consecuencias que comienzan a ser muy frecuentes en esta segunda fase. 

El tránsito hacia un escenario donde prevalece la desesperación no es igual en todos los casos ya que depende de muchos factores personales y situacionales pero sí parece ser universal esta tercera fase, donde el familiar o afectado comienza a tomar conciencia fehaciente, más allá de creencias -respetables todas ellas-, visiones u otras circunstancias, de que el ser querido no volverá. No es infrecuente, según refieren los afectados por circunstancias similares, que puedan llegar a sentir la "presencia" del familiar fallecido, siendo especialmente conscientes de ello en momentos donde la relajación o somnolencia son la tónica dominante. Es absolutamente normal que aparezcan en escena, como mínimo, sensaciones y sentimientos de apatía, tristeza o desinterés, por todo lo que les rodea e, incluso, por ellos mismos. Fruto de lo anterior es probable que, en algunos casos, aparezca un fuerte deseo por cambiar estilos de vida o esquemas habituales, llegándose a producir cambios radicales en la vida que han llevado hasta esos momentos en el plano personal, laboral o familiar. Aún siendo un proceso absolutamente normal y necesario, muchas personas quedan ancladas a los sentimientos que hemos mencionado y aparecen cuadros depresivos de cierta importancia que, en más de una ocasión, suelen remitir con mucha dificultad o persisten cronificados de por vida. 

Lo ideal sería que todas estas personas llegaran a la última fase que los expertos en los procesos de duelo denominan "de reorganización". Y digo lo ideal porque muchas veces no es posible, a pesar de ayuda profesional externa o del esfuerzo que realizan otros familiares para sacar del pozo a las personas que sienten que su existencia carece ya del menor sentido. En este período aludido, el dolor agudo se transformará en un recuerdo, no exento de tristeza y melancolía cuando es evocado, que nos permitirá transformar la crudeza de los primeros momentos en una emoción reparadora, que nos permitirá reconstruir la vida. Ésta, en cualquier caso, no volverá a ser igual ya que todos los que hemos pasado por la pérdida de familiares cercanos a los que nos unía una especial relación de amor, afecto y empatía, sabemos que ese hueco no se cierra nunca. No olvidamos, aprendemos a convivir con los recuerdos y, en muchos casos, maduramos y crecemos personalmente a partir de esa experiencia. 


El copiloto, Andreas Lubitz.

Tras las declaraciones del fiscal marsellés, en un ejercicio de transparencia y sensibilidad digno de elogio, la indignación primigenia de las familias y ciudadanía pasó de estar centrada en la compañía aeronáutica (por supuesto fallo mecánico de un avión fletado en su línea de low cost) y se focalizó en la persona que, presuntamente, había cometido tal magnicidio, pereciendo él mismo en su inexplicable y fatal maniobra. Mucho se ha escrito durante estos días sobre sus supuestos problemas mentales, sobre los fallos en los mecanismos de control corporativo que han permitido que una persona, de baja médica en el momento del vuelo, continuase dedicándose a tan delicada tarea y sobre las hipótesis que, desde la psicología y/o psiquiatría forense, pretendían explicar el motivo de tal decisión por parte del joven copiloto. Lo cierto es que parece descartarse un desvanecimiento de esta persona ya que su respiración -normal, según el análisis del audio contenido en la primera caja negra- y actuaciones -cierre y bloqueo de la puerta de la cabina- apuntan a una decisión voluntaria, inapelable y premeditada de acabar con su vida y la del resto de pasajeros del vuelo. 

En primer lugar, apuntar a un solo problema o trastorno puede simplificar una situación que parece más compleja a medida que aparece información. Bajo ningún concepto podemos demonizar un trastorno como la depresión, que padecen -lamentablemente- millones de personas en el mundo. El calvario por el que pasan las personas aquejadas de esta condición clínica es ya, de por sí, lo suficientemente cruento como para añadir más leña al fuego. Tiene que haber algo más, quizás mucho más, en la geografía de la catástrofe. Las personas que se dedican, por su profesión, a la práctica del psicodiagnóstico saben de la complejidad de la mente y conducta humana. Saben también que la probabilidad de que, en un mismo sujeto y durante un mismo período de tiempo, diversos trastornos confluyan comórbidamente, de manera conjunta, no es desdeñable. Es aquí hacia donde, con la debida y máxima cautela, querría apuntar con esta reflexión. 

La variabilidad de la conducta y la mente humana es difícilmente encasillable hasta el punto que se pueda predecir, con una probabilidad máxima, qué hará cualquier persona en un momento dado. Eso podría ser lo deseable, sobre todo cuando se trata de asuntos como el que nos ocupa en estos momentos pero, simple y llanamente, no es así. Incluso el ser aparentemente más simple puede descuadrar los más sesudos pronósticos porque en un momento determinado actúa como le viene en gana o como puede. Es lo que la filosofía conoce desde hace muchísimo tiempo y que postulan diferentes doctrinas sobre el libre albedrío, esto es, que cada ser humano tiene el poder y la capacidad de tomar sus propias decisiones. Por tanto, en aras de la simplificación o de la búsqueda de respuestas rápidas y creíbles, no podemos reducirlo todo al ámbito de las enfermedades o trastornos mentales. Es ésta, la que acabamos de esbozar, una hipótesis que nunca podremos descartar totalmente. Sé que supone abrir un escenario de incertidumbre difícil de cartografiar, pero es lo que tenemos los seres humanos. La intolerancia a la incertidumbre nos lleva a intentar explicarlo absolutamente todo; a veces no es posible. 

Siguiendo con el planteamiento de hipótesis, esta vez bajo el paraguas de la psicología y/o psiquiatría forense, sería interesante plantear someramente lo poco que ha trascendido sobre la personalidad del Sr. Lubitz. Aquí va un breve resumen, para ubicarnos:

- Primeramente, amaba Los Alpes. Había desarrollado en esa zona un período importante de su formación (entre 1996 y 2003) y quizás no sea descabellado pensar en este dato como pieza que pueda encajar en el puzle final. 
- Parece ser que se trataba de una persona muy ambiciosa, obsesionada por la aviación y por un ascenso en la escala de la compañía aeronáutica que le hubiese permitido en el futuro llegar a ser comandante de aeronaves y volar a grandes distancias. 
- Era una persona discreta, comedida y poco dada a expresar sus sentimientos y estados anímicos a terceras personas. Además, según testimonios de una de sus ex-novias, tenía altibajos anímicos considerables e inestabilidad emocional. Su estructura de pensamiento invita (dicho esto con la máxima cautela) a pensar que podríamos estar hablando de una situación compatible con un trastorno de tipo narcisista y, al tiempo, trastorno de la personalidad obsesivo. 
- Había sufrido una grave depresión que le había llevado a demorar su período de adiestramiento como piloto. Estuvo de baja durante más de año y medio por este motivo. 
- Estaba siendo tratado por problemas de visión que podrían añadirse a sus problemas mentales anteriormente mencionados.
- Su tolerancia a la frustración y al estrés no era especialmente fuerte, máxime si consideramos que su estructura de pensamiento era excesivamente rígida, obsesiva e inflexible. 

Dicho todo lo anterior y extremando al máximo la prudencia, podría esbozarse una hipótesis para intentar explicar el curso de los acontecimientos. El copiloto, una persona obsesionada con un sueño desde su adolescencia (pilotar aviones) ha sido capaz de mantener una vida altamente regulada y organizada en la búsqueda y culminación de su ideal en la que no cabía espacio para la improvisación. Su rigidez caracteriológica, unida a su perfeccionismo hacen que vaya forjándose un estilo de pensamiento rígido y poco flexible. Exigente con los demás y consigo mismo, posiblemente carecía de la empatía hacia los demás que caracteriza a una relación personal y social normalizada. Su dedicación al trabajo y el establecimiento de objetivos personales muy elevados le podrían haber llevado a considerar sus problemas mentales y físicos (visión) como un error que no podía permitirse ya que suponía una desviación intolerable sobre el plan trazado y lo que él entendía que debía ser su vida, algo límpido e impoluto, sin que existiera lugar para el error. O todo, o nada. Esa intransigencia consigo mismo, propia del trastorno de la personalidad, ha podido exacerbar sus problemas psicológicos (depresión y ansiedad). A un tiempo, desecha esos padecimientos ya que le hacen sentirse más débil y vulnerable. No podemos descartar que su desaforada competencia consigo mismo, encaminada al logro de un estatus personal y profesional, le haya hecho valorarse con relación a esos parámetros: "Valgo si social y profesionalmente se me reconoce mi valía". Persona con un alto grado de sensibilidad hacia la crítica ajena, necesitaba el reconocimiento de las personas a las que otorgaba un mayor estatus e importancia. Al estar tan centrado en sí mismo, no es improbable que haya pasado muchas veces por alto los sentimientos de los demás. 

Por tanto, si esta hipótesis pudiera contrastarse, podríamos apreciar que la combinación y encaje de estos elementos estructurales de la personalidad del copiloto, junto con los factores situacionales que añadieron una importante cantidad de estrés a su vida en los últimos meses (ruptura con su novia, próxima revisión médica, conocimiento de sus problemas físicos y mentales, imposibilidad de culminar su obsesión-sueño...) podrían haberse confabulado para ofrecer a la sociedad una combinación letal que, lamentablemente, ha podido desencadenar el trágico desenlace del que todos nos lamentamos hoy día. 

A buen seguro, se incrementarán en el futuro las medidas de seguridad en los aviones (al menos dos tripulantes, siempre, en la cabina), se endurecerán -durante algún tiempo- los controles periódicos de los pilotos (incidiendo también en la valoración de su perfil psicológico) y otras medidas que tendrán por objeto tranquilizar a la opinión pública y renovar la confianza en un medio de comunicación absolutamente esencial. Mis condolencias para los familiares y mis mejores deseos para que la investigación en curso ofrezca algunas respuestas para las múltiples preguntas que muchas personas se han planteado a lo largo de los últimos días y seguirán planteándose durante mucho tiempo.