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29 junio 2015

Un profesional intachable (5)

Relato (5ª parte)

Durante toda la mañana había quedado paralizado en el marasmo más desesperante. Huyendo de aquel espejo que le devolvía toda la inmundicia que habitaba en el fondo más oscuro de su alma, retornó al presente, a su particular desierto. A diferencia del episodio de la vida de Jesús narrado por el evangelista Mateo en el Nuevo Testamento, su periplo no duraba sólo cuarenta días. ¡Qué más hubiese querido! Desde aquella mirada magnética y hechizante de Rosa, durante aquel oficio dominical que no olvidará en su vida, habían pasado varios meses en los que se había visto envuelto en una espiral absolutamente arrolladora de pasiones. Lo absolutamente paradógico e inusitado del fenómeno, por buscarle un nombre con intención de racionalizarlo, era que no había cometido ningún acercamiento carnal a su feligresa. Ella tampoco lo planteó nunca. Si acaso, lo rehuyó expresamente cuando él, que habría estado dispuesto a llevarlo a efecto presa de su desesperación y locura, hubiera dado todo por perdido si hubiese tenido la oportunidad de rozar su piel, besar sus carnosos labios e impregnarse de sus fluidos. Se resistía a pensar que ella hubiera tendido sus redes y él hubiese caído como un incauto, quedando atrapado en una vorágine de pensamientos que no dejaban de asaltarle cada minuto de su existencia. A lo máximo que había llegado, sabía que esto era ridículo, era a intensificar el apretón de manos que, obligadamente, daba a toda su grey cuando los despedía cada domingo. Había quedado cautivado por aquellos ojos insondables, ahora lo sabía. Cuando agarraba su mano durante esos segundos eternos, una corriente eléctrica lo galvanizaba hasta consumir sus entrañas. Ella lo sabía, estaba seguro, y no conseguía comprende cómo podía sobrellevar con naturalidad ese mundo pasional que a él le invadía y amenazaba con destruirle. Su aparente hieratismo y la compostura que ella exhibía en todo momento, lo dejaba absolutamente anonadado. Aunque se resistía a profundizar en ese pensamiento, no podía dejar de sentirse muchas veces como si fuese una marioneta rota en manos del libre albedrío y la voluntad de Rosa. Su corazón le decía que no era el caso, pero la duda era humana y divina, al mismo tiempo; no podía evitarla.


Desde aquel lejano domingo, las visitas periódicas al confesionario generaron un hábito que consiguió convertirle en adicto a los susurros y fragancias que Rosa emitía desde el otro lado de la celosía. Aunque ocasionalmente su virilidad le compelía a culminar un alivio inmediato a su desazón, su férrea voluntad conseguía domeñar la satisfacción de sus instintos más primarios en aquel cubículo en que se encontraba recluído. Todo comenzó con escritos absolutamente inocuos desde el punto de vista moral ya que ella, con una gran capacidad para expresar por escrito sus ideas, le trasladaba sus cuitas y pesadumbres y le invitaba a plasmar por escrito sus recomendaciones, que evacuaba en calidad de asesor espiritual. Hasta ahí nada raro aunque, a fuerza de ser sincero, esa manera de proceder revestía una particularidad a la que no estaba acostumbrado como confesor. Se autoconvenció de que los tiempos cambiaban y que el instrumento utilizado para difundir el mensaje evangélico y reconducir a las almas en penumbra por el camino del bien podría ser ése. ¿Por qué no? Por tanto, con gusto y regocijo procedió a redactar curiosas epístolas donde, inspirado por los escritos que Rosa le pasaba subrepticiamente por el hueco de la celosía, reflejaba su parecer y le trasladaba recomendaciones prudentes y mesuradas. Aunque su sólida formación académica le había llevado a leer y fagocitar centenares de libros, nunca había tenido la costumbre de reflejar por escrito sus reflexiones, salvo alguna nota marginal en una ajada agenda con objeto de esbozar las ideas dispersas que después articulaba en sus sermones. Por tanto, siendo novedosa dicha experiencia, le reconfortó sobremanera descubrir que disfrutaba escribiendo y plasmando por escrito sus pensamientos. Que la destinataria de los mismos fuese una mujer tan especial no le desazonaba en esos momentos. Hombre prudente, nunca firmaba sus escritos y estaba seguro que, llegado el caso, siempre podría negar su autoría si un hipotético, aunque improbable, comportamiento desleal de su interlocutora pretendiese utilizar esas cartas con algún fin innoble. Aún así, no se sentía cómodo. Ella le había reiterado hasta la saciedad que, una vez leídas, sus cartas eran quemadas para evitar el más mínimo desliz que pusiera en peligro su posición. Él, hombre previsor, guardaba copia de todas las misivas de las que se desprendía. En una antigua caja fuerte, alojada en el último cajón del mueble donde guardaba su ropa, mantenía al resguardo de ojos indiscretos su delicada correspondencia. Esa misma caja, abierta, la tenía ahora encima de la mesa del salón. Repasó todas las cartas allí contenidas, una tras otra.


Sin saber ni cómo ni cuándo, todo comenzó a enredarse el día que ella deslizó, dentro de uno de los escritos que comenzó a remitirle, algunas frases que, siendo honesto, no le escandalizaron pero sí le excitaron más allá del decoro. Entendió que su labor pastoral podría, en un caso excepcional, extenderse a los ignotos terrenos que le sugería tan aventajada feligresa. Le pedía, sin más, su colaboración para comprender sus íntimas zozobras y remediarlas en el futuro ya que la desazón que la invadía amenazaba con volverla loca. Todo ello, en un tono un tanto desvergonzado y picante que, paradógicamente, no le escandalizaba lo más mínimo. Siempre le quedaba el cilicio de púas si llegaba el caso que tuviese que mortificarse para apaciguar los hipotéticos excesos de imaginación que tendría que poner en juego para estar a la altura de los escritos solicitados. Abrió aquella carta que tenía marcada con lápiz rojo en su extremo superior derecho. Evidentemente, había motivos suficientes, a juzgar por su contenido, para significarla con relación al resto de la correspondencia. Releyó, la tenía entre las manos en ese momento, aquel primer párrafo que despertó dormidos instintos atávicos en su naturaleza. Tras abordar diversos temas insustanciales, principió Rosa el cuarto párrafo de la misiva con estas palabras:


"Te ruego que, mi querido amigo, ya que entramos en confesiones íntimas, no te escandalices por la naturaleza de mis cuitas. El caso es que cuando estoy yaciendo con mi esposo, ya me entiendes, no puedo culminar con éxito las exigencias que mi tempestuosa naturaleza me demanda, debiendo recurrir a remedios autónomos y velados para aliviar la desazón que, invariablemente, me invade tras esos insatisfactorios encuentros amorosos. Supongo que esta circunstancia no será exclusivamente imputable a la incapacidad de esta humilde sierva. Se limita, el muy patán, a cubrir de manera superficial el expediente, cumpliendo de manera metódica y taylorista con lo que él entiende que es el obligado débito conyugal, olvidándose de mis propios tiempos, necesidades y satisfacciones. Desconoce que mi naturaleza interna es suave y cálida; que suficientemente excitada, posibilitaría una lubricación que le permitiría resbalarse dentro de mí y perderse en sus vigorosas embestidas. Es más, llegado el caso, yo misma podría estimularle sin necesidad de que él moviese un solo músculo. En un acto que no tendría que envidiarle nada a las prácticas del tantrismo más esotérico, sería capaz de movilizar mi interior, envolviéndole acogedoramente hasta que perdiese la noción del tiempo y se nublasen sus sentidos. El caso es que, sé que esto es un atrevimiento que roza la desvergüenza por mi parte, no tendría inconveniente en liberarme por mis propios medios de este infierno interior en el que me hallo. Me falta, he de reconocer, la inspiración necesaria que me permitiese aliviar al completo mis anhelos y necesidades más perentorias. A tales efectos, te ruego que me aconsejes cómo proceder ya que mi naturaleza convulsa podría incurrir en alguna situación de pecado mortal de no mediar algún tipo de alivio a mi desazón. Si pudieras aconsejarme..."

Perlas de sudor resbalaron por su frente al releer este fragmento. Bebió un sorbo de la copa que se había servido generosamente y que le acompañaba en ese preciso instante. No encontraba explicación alguna para comprender la cadena de acontecimientos que se precipitaron tras leer el párrafo anterior, hacía ya varios meses. La reacción lógica y decente hubiese sido otra. Por ejemplo, romper inmediatamente la carta y arrojarla a la basura; pero no lo hizo. Sabía que era fuerte y no le preocupaba profundizar en las insinuantes y sibilinas líneas que tenía delante. Incluso, se recogijó al volverlas a leer. Que una mujer tan excepcional se hubiese fijado en alguno de sus dones y atributos como hombre no le dejaba indiferente. Sabía que, dadas sus circunstancias personales, no era lo correcto, pero su conciencia podría sobrellevar ese pequeño pecado venial. Pensó que ningún daño hacían esas letras y que, siempre y cuando controlase la situación, toda esa parafernalia constituiría un agradable divertimento que haría sus largas tardes de invierno mucho más llevaderas. A nadie, pensaba, hacía mal con su conducta. Si podía hacer algún bien aliviando la inquietud de su feligresa, mejor. Tendría que haber quedado paralizado en esos momentos; fulminado por un rallo. No obstante, justificando lo injustificable, atendió la súplica epistolar y le escribió a Rosa lo que sigue en la siguiente carta que intercambiaron furtivamente en su particular cubículo:

"Mi querida amiga, llamarte otra cosa resultaría extraño en estas circunstancias, te entiendo a la perfección. Apelo, en primer lugar, a tu prudencia y discreción ya que estas líneas no tienen otro objeto que reflexionar conjuntamente y hacerte ver que la vida es sumamente compleja, más cercana a la belleza poliédrica de un diamante tallado que a la diáfana claridad y simpleza de una gota de agua. A estas alturas, como podrás entender, no seré yo quien te ilustre al respecto de dicha complejidad. Aunque estas cosas no se pueden decir públicamente, por el escándalo que supondría, sabrás que aquello que la sociedad y cultura al uso pueden considerar pecaminoso no tiene por qué serlo, necesariamente, si lo miramos desde el fondo de nuestros corazones y no incurrimos en daño a terceros. Entre personas inteligentes y con criterio, pretender convencerlas de lo contrario sería un disparate. Además, supondría alejar irremisiblemente del rebaño a muchas mentes nobles y cultivadas que, respetando el marco general establecido, son capaces de canalizar sus naturales impulsos dentro del estricto ámbito de su privacidad, con el debido respeto y decoro que no escandalice con su publicidad a los miembros más dóciles e inocentes de la grey. Por ello, he de decirte que me han sorprendido tus palabras. No tanto por los términos utilizados sino por la audacia con que los utilizas y te diriges a mí. Como fácilmente podrás comprender, no soy perito en la materia aludida desde el punto de vista de la praxis pero el adecuado ejercicio de mi labor pastoral exige que nada humano me sea ajeno. Es por ello por lo que te sugiero que, si lo tienes a bien, acojas estas palabras que te escribo con el ánimo que me embarga al redactarlas, que no es otro que el profundo respeto que me inspiras y la iluminación de las sombras que aquejan tu maltrecho espíritu. Dicho todo lo anterior, y dejando bien sentado que me pongo estrictamente en el lugar de tu esposo, en todos los sentidos, lo que me despiertan tus sugerentes palabras es lo que pretendo contarte a continuación. A fuerza de ser preciso, tendría que decirte que la humedad tibia que acogió mi ser paralizó mis sentidos, dejándome absolutamente trastornado. Mi cuerpo al completo, como si fuese una extensión de mi extenuado miembro, había vibrado al unísono con tus firmes impulsos, no exentos de sensualidad y delicadeza. Tus labios, esos pétalos tibios y perfumados, me habían provocado placeres indescriptibles, haciendo que me perdiese en tus fluidos. Poco a poco, a medida que iba recuperándome, te atraje suavemente hasta rozar nuestras pieles. Compartimos con amor nuestros labios y nos fundimos en un lento y apasionado beso. Nuestras manos, adquiriendo vida propia, jugaron con nuestros cuerpos y, suavemente, te invité a dar la vuelta, quedando tendida sobre la cama. La turgencia de tus senos me sugería innombrables espacios para perderme en sus cimas y mesetas, por lo que opté por incorporarme suavemente. Al separarme, busqué la luz de tus ojos. Tú, con una pericia ancestral, incardinada a lo largo de los siglos en tu naturaleza, dirigiste tus fulgurantes pupilas hacia la parte más íntima de tu ser, aquella gruta primitiva, indicándome el camino a seguir hasta el paraíso. Cerraste los ojos suavemente y comenzaste a gemir al tiempo que, con prudencia, mesura y fortaleza, me abandoné a mis demonios más salvajes permitiendo que aquello que tuviese que volver a ocurrir no se demorase más que lo justo y necesario."

No pudo evitar una vigorosa erección que le sobrevino al releer las líneas que, en la explosión más exultante de sus sentidos, había plasmado por escrito. Al mirarlo retrospectivamente, no podía dejar de sorprenderse ante la absoluta desinhibición que había aflorado de manera súbita y le había permitido expresarse en los términos en los que lo había hecho. Ahora, meses después, le invadía un sentimiento ambivalente. Por una parte, se maravillaba de lo que había sido capaz de trasladar en palabras. Por otra, aunque no había catado su cuerpo ni intimado a nivel carnal con Rosa, su corazón y su mente, esta vez al unísono, le estaban exigiendo una salida, la que fuera, a la brutal desazón que invadía su espíritu. Estaba en pecado mortal elevado a la enésima potencia. Por mucho que adornase con sutilezas bizantinas su actitud y conducta, en lo más hondo de su ser estaba convencido que su proceder distaba mucho de lo que había sido la rectitud que había exhibido durante toda su vida. La zona de confort en la que apaciblemente había vivido durante las últimas décadas se había resquebrajado hasta sus cimientos, mostrándole descarnadamente la podredumbre que habitaba en el fondo de su corazón. Eso era algo para lo que no le habían preparado los profundos estudios teológicos ni la amplia y dilatada experiencia que había desarrollado en el ejercicio de su labor eclesial. Volviendo a su relación epistolar con esta mujer, las sutilezas estilísticas que habían adornado sus escritos, del que este último era una ligera muestra, habían sobrepasado sus fantasías más inefables y amenazaban con despeñarle inexorablemente por el abismo de la locura. ¿Tanto poder tenían las palabras? Ahora sabía la respuesta. Sí, de manera indubitable y sin el menor resquicio de duda. Estaba completamente seguro que la pasión desmedida era, fundamentalmente, un asunto del cerebro en íntima alianza con la naturaleza física, que oficiaba como diligente acólita de los superiores deseos alojados en la mente. Ahora podía ponerse en situación y comprender el calvario por el que habían pasado muchas mujeres y hombres que, acudiendo desesperados en confesión, eran despachados con una disciplencia rayana con el desprecio acudiendo a manidas recetas estereotipadas que pretendían acabar con su íntima y desaforada desazón a golpe de salmodias y rezos. Lloró con el más desgarrado grito interior que nunca había sentido en su corazón. El pecho llegó a dolerle como si fuese a darle un infarto. Pero no podía parar. Tenía que dejar escapar su profunda tristeza y desazón, su angustia existencial. Por encima de todo, era un ser humano que vivía y sufría internamente sin hallar consuelo en ningún recurso o credo externo. Mientras lloraba, depositó el manojo de cartas sobre el fregadero de la pequeña cocina y, rociándolas de alcohol, prendió fuego al único elemento tangible que le recordaba de manera continua, con un martilleo ensordecedor, la más estremecedora situación personal que había vivido a lo largo de toda su vida. Hipnotizado por el fuego, se fue calmando poco a poco. Los últimos gemidos de su llanto acompañaron al gurruño de papel que fenecía, pasto de las llamas, en aquella improvisada pira funeraria. El fuego, una vez más, como metáfora de la purificación; ¿quién lo iba a decir?

Obnubilado por la contemplación de aquella escena no se percató del sonido insistente del timbre de la puerta de su piso hasta que el interesado, quien quiera que fuese, golpeó la puerta de manera inmisericorde. Todo lo rápidamente que pudo, acudió al lavabo y se refrescó la cara, recomponiéndose el demacrado rostro. Acudió a la puerta y al abrir contempló al cartero que, excusándose por su insistencia y brusquedad, le hizo saber que le traía un telegrama urgente a su nombre y que debía entregarlo sin mediar demora. Aclarándose la voz, le agradeció el interés al funcionario y cogió el doblado papel tras firmarle el acuse de recibo. Cerró la puerta y con andar cansino volvió al salón. Extrañado por la perentoriedad del aviso, se dispuso a leerlo. Tras sentarse en el butacón del salón y extraer sus gafas del bolsillo de su camisa rasgó el sobre. Cuando pudo entender el contenido del breve mensaje, que tuvo que releer varias veces, cerró los ojos y, persignándose, se recostó en el sillón respirando profundamente.




REVERENDO PADRE, LE COMUNICAMOS FALLECIMIENTO SÚBITO DEL OBISPO DE LA DIÓCESIS, MONSEÑOR PRUDENCIO ESTÉVEZ, LA PASADA NOCHE. TRAS LAS EXEQUIAS DEL FINADO, SÍRVASE PRESENTARSE CON LA MÁXIMA DILIGENCIA Y CELERIDAD ANTE MI PERSONA, EN LA SEDE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL, PARA COMUNICARLE UN ASUNTO DE SU MÁXIMO INTERÉS Y DE LA DIÓCESIS.
ATENTAMENTE, SUYO EN CRISTO.


MONSEÑOR LUCAS DE ALVEAR
SECRETARIO GENERAL


FIN

25 junio 2015

Un profesional intachable (4)

Relato (4ª parte)

Abrió los ojos sintiendo que sus párpados, seguramente inflamados, emulaban a dos pesadas cortinas de algodón. No le hizo falta encender la pequeña y desportillada lámpara que reposaba sobre su mesita de noche. A juzgar por la claridad que se colaba furtivamente por la persiana, debía haber amanecido hace algún rato. Sintió frío ya que no se había tapado con la roída manta que cubría su cama. ¡Maldita austeridad!, pensó, para arrepentirse acto seguido por expresión tan inadecuada e irreverente.

Rememoró entre brumas los retazos de aquella carta que danzaban furiosamente por el laberinto de su memoria. Si bien Rosa había sido extremadamente pulcra y pudorosa, al menos en apariencia, la intrahistoria de su carta, aquello que sólo podía entreverse en el trasfondo de sus enigmáticas líneas, destilaba un torrente de posibilidades que evocaban escenarios confusos y tenebrosos, a su modo de ver. Aquel terreno inhóspito e inexplorado para él, representaba un mundo de insondables misterios en los que se resistía, con todas sus fuerzas, a profundizar. Careciendo de una cartografía adecuada, su penoso estado anímico estaba inequívocamente relacionado con el vértigo que le producía navegar por el proceloso mar de las pasiones, cuyas puertas le abría esa carta que había estado leyendo hacía pocas horas y que reposaba debajo de sus gafas, sobre la mesa de noche. En esta ocasión, echaba de menos una detallada carta náutica que le permitiese trazar una derrota impecable, al abrigo de cantos de sirenas y peligrosos arrecifes. Eso era algo que nunca, hasta este preciso instante, le había ocurrido. A lo largo de sus tres décadas de intensa dedicación a su labor pastoral se habían dado algunas circunstancias, por denominarlas de manera discreta, que pudieron hacer peligrar su estabilidad emocional. A fin de cuentas, nada humano le era ajeno y había sentido palpitar agitadamente su corazón más de una vez. Siempre había concluido esos desvaríos, incompatibles con su vocación eclesial , acrecentando las penitencias que se autoimponía de manera rigurosa cada vez que la voz diabólica que le incitaba a pecar le acechaba e invitaba a sucumbir a sus pasiones más feroces y soterradas. En alguna que otra ocasión, no había tenido más remedio que sofocar su tempestuosa naturaleza con los rudimentos habituales que aliviaran la intensa actividad fisiológica que acompañaba inseparablemente a sus pensamientos más insanos. En cualquier caso, nunca había considerado aquellos esporádicos alivios manuales como algo más que una simple anécdota, un trámite necesario, un mal menor que le permitía evitar descender algún peldaño más en la tenebrosa y empinada escalera que le conduciría sin remisión al averno. 


Tras estas primeras reflexiones, se dio cuenta que lo realmente preocupante, al menos por ahora, nada tenía que ver con el plano físico y carnal. Su probada capacidad para domeñar las pasiones, ese tempestuoso e irracional mundo, junto al inevitable apaciguamiento hormonal al que su naturaleza y edad le tenían ya habituado, lo inmunizaban prácticamente contra cualquier tentación a ese respecto. No era eso. Pero tampoco sabía exactamente qué había despertado dentro de su corazón ese rugido atávico que amenazaba con hacerle perder la cordura. Había leído, estudiado y catequizado sobre todo lo referente al amor y sus manifestaciones mundanas. Adecuadamente canalizado, ese sublime prodigio constituía, a un tiempo, el bálsamo y la preciada argamasa que nos unía a todos en comunión espiritual con el Gran Hacedor. 

Había recurrido con relativa frecuencia a toda la parafernalia y argumentos teológicos de su nutrida despensa intelectual  para desactivar las malsanas y pecaminosas pasiones alojadas en el espíritu de los miembros de su grey. Su probado don de gentes y la facilidad para expresar con términos mundanos y asequibles al vulgo todos aquellos arcanos que constituían la reserva espiritual de su credo le habían conferido una merecida fama de eficiente pastor del rebaño. Tanto es así que su nombre había circulado por los selectos mentideros oficiosos como próximo obispo de la diócesis, habida cuenta de la inminente y merecida jubilación del actual metropolitano, tras largos años de esforzado servicio a la iglesia. Como experto en Derecho Canónico, estaba familiarizado con todos los principios establecido en el código y, siendo cierto lo establecido en el canon 377, donde se establecía que el Sumo Pontífice nombraba libremente a los obispos o los confirmaba cuando habían sido legítimamente elegidos, estaba familiarizado con los procedimientos reales al uso. A este respecto, era conocedor de la obligación de los obispos diocesanos de elaborar una lista actualizada de presbíteros idóneos para el ejercicio del episcopado, escogidos entre sacerdotes considerados dignos, idóneos y especialmente dotados para el ejercicio de tan elevada magistratura. El actual prelado le había comentado, apelando a su máxima discreción, que su nombre estaba incluido en lugar preferente del referido listado, que actualizaba periódicamente y remitía sin demora, una vez actualizado, a la Conferencia Episcopal. Siempre había que estar preparados; una institución que había sobrevivido al Imperio Romano no se caracterizaba, en su modus operandi, por improvisar cuando se trataba de gestionar asuntos tan serios. Aunque sabía que la soberbia no constituía una actitud encomiable, más bien todo lo contrario (un reprobable pecado capital), no había podido evitar un regusto de satisfacción malsana al saberse poseedor de esos dones y posible merecedor de un ascenso tan anhelado. Dicha magistratura, a su modo de ver, podría permitirle culminar con orgullo y satisfacción toda una vida entregada a la iglesia. Es por ello, entre otras cosas, por lo que no estaba dispuesto a poner en grave peligro ni su equilibrio mental ni su futuro en el seno de la institución que le había acogido, siendo un brillante y ambicioso joven deseoso de escapar del destino mediocre e ineludible que le ofrecía la humilde posición social de su familia. Menos dispuesto estaba, si cabe, si dicha circunstancia venía motivada por escuchar y atender los caprichos de una joven acomodada cuyos máximos desvelos residían en elegir el menú que encargaría diariamente a su cocinera y mantenerse al día de los últimos devaneos y frivolidades estilísticas que periódicamente conquistaban a los burgueses de aquella pequeña y conservadora ciudad de provincias. 

Esta última reflexión consiguió enaltecer su abatido estado de ánimo y contemplarse a sí mismo en el papel de un vigoroso soldado de Cristo, absolutamente capaz de afrontar sin desánimo alguno cualquier prueba que la vida y Lucifer, si es que así fuese, pusieran en su camino. Esas dificultades, así lo interpretaba, no serían más que obstáculos en su tránsito que le permitirían fortalecerse. Convertiría las piedras que se encontrase en peldaños que escalar para subir allá donde la Iglesia y su destino habrían de llevarle inexorablemente, pasara lo que pasase. Con la mente más clara a medida que procesaba toda la información, descubrió que su abatimiento parecía diluirse progresivamente. Se vio con fuerzas suficientes como para acometer una nueva lectura de la carta con objeto de diseccionar milimétricamente cualquier sombra de duda que hubiese albergado sobre las intenciones reales de su autora. Más allá de lo explícito, casi siempre, se encontraban los elementos de interpretación necesarios para poder aprehender la esencia o el meollo de cualquier cuestión. Se dispuso a buscar afanosamente la clave de bóveda que necesitaba para construir y afianzar su juicio al respecto. Con paciencia y ponderación, lograría descubrir las intenciones ocultas, si es que las hubiera, que habrían llevado a su descarada feligresa a plantearle tan agudo y espinoso dilema moral.

¿A qué tanta reiteración en trasladarle que no pretendía mantener relación carnal alguna, ahora o en el futuro? ¿No resultaba sumamente extraño que hubiese repetido varias veces dicha aclaración a lo largo del escrito? Por experiencia en esas lides, la interpretación de arcanos y exploración del alma ajena, estaba lo suficientemente familiarizado con aquel burdo recurso discursivo, la excusatio non petita...., que sus resortes más profundos se activaron al unísono para concluir que tanto circunloquio al respecto pudiera venir motivado, precisamente, por todo lo contrario a lo que se expresaba formalmente. Aun sin haber catado cuerpo de mujer a lo largo de su vida ni intimado a otros niveles, había escuchado en confesión a miles de feligresas a lo largo de sus años en el oficio y algo conocía de la psicología femenina. Sin ánimo de profundizar en teoréticas rebuscadas, con anclaje en las más diversas escuelas psicológicas, con el mero recurso de su propia experiencia, muy cercana a los rudimentos básicos de cualquier psicoterapia hablada, se bastaba para clasificar aquella carta como extraña, peligrosa y potencialmente diabólica. No obstante, no podía dejar de reconocer con un deje de admiración la osadía de Rosa al plantearle su particular escenario personal de una manera tan poco ortodoxa y sumamente extraordinaria. El detalle de la clave referido en la carta, la epístola de Pablo de Tarso, no hacía más que añadir una curiosa práctica novelesca a tan pintoresca proposición. Aviado estaba, aquí esbozó para sus adentros un atisbo de sonrisa, si a todas sus feligresas les diera por la literatura y su confesionario se convirtiese en un misterioso y oscuro cubículo para intercambiar confidencias epistolares que nada tendrían que envidiar a las más reputadas novelas del género de intriga y espionaje. Su ánimo se encontraba mucho mejor tras este arduo e intenso proceso introspectivo. Siempre le había resultado más fácil y enriquecedor cuestionarse a sí mismo y encontrar las respuestas a sus cuitas que recurrir a otros colegas del gremio para que interpretaran sus propios demonios. Se bastaba solo para oficiar el exorcismo personal que su atribulada conciencia necesitaba en cada momento.

La semana transcurrió apaciblemente sin mayores sobresaltos. Aunque había vuelto repetidas veces al tema de Rosa, en cada uno de esos repasos no había hecho más que reiterarse a sí mismo la conveniencia de soslayar diplomáticamente el asunto y afrontar con discreción una elegante salida del escenario del conflicto si la feligresa, en cualquier momento u ocasión y utilizando algún medio a su alcance, le reiterase el asunto o le pidiese cuentas sobre su indolencia y laxitud al respecto. Esta fue su última reflexión cuando, tras terminar de vestirse en la sacristía, se disponía a dar comienzo al oficio dominical. Con elegancia y majestad, al menos esas eran sus pretensiones, comenzó su breve periplo desde las dependencias donde se encontraba hasta el altar. Todos los feligreses, sin excepción, se pusieron de pie para recibirle, tal y como mandaban los cánones. Una vez ubicado en la presidencia del acto y tras pasar revista someramente al rebaño allí congregado, como cualquier oficial del ejército hubiese hecho al enfrentarse a sus huestes, se aclaró la voz y comenzó el ritual. 


Tras besar el altar y hacer la preceptiva señal de la cruz, saludó a la asamblea allí congregada. Mientras pedía e incitaba a pedir perdón al Señor por todas las faltas oteó discretamente el horizonte y pudo ver a Rosa, junto a su marido, en el banco habitual. Su mirada estaba concentrada en algún punto del horizonte sin determinar. Prosiguió sistemáticamente, como marcaba el ritual, con cada una de las partes de la misa. Tras la alabanza colectiva, el Gloria, y la oración colectiva, se dispuso a principiar la "liturgia de la palabra". Su particular feligresa parecía congelada en el tiempo y el espacio ya que, desde el comienzo del oficio, no había variado un ápice su disposición corporal. Comenzó a preocuparse y se le pasó por la cabeza la posibilidad de que hubiese entrado en algún tipo de crisis catatónica. Se obligó a centrarse en el afán que tenía entre manos; no era cuestión de quedarse bloqueado o equivocarse. Tras la lectura del Antiguo Testamento y el Salmo, avanzó hacia la segunda lectura. Había preparado para ese día una de ellas, marcando la página del libro litúrgico con un separador de metal. Por extraño que pudiera parecer, el separador se encontraba fuera de su sitio, sobre el altar. Un poco nervioso pero sin afectarle especialmente dicho contratiempo, carraspeó disimuladamente mientras sus dedos parecían adquirir vida propia y bailaban por las páginas del libro sin seguir los dictados de su voluntad. Comenzó a invadirle cierta inquietud que cada vez le costaba más controlar. Tenía que encontrarla ya. No podía demorar más de unos segundos la lectura. Cuando una perla de sudor se deslizaba ya por su frente, sus dedos se detuvieron, abrió el libro y comenzó a leer. 


"En fin, mis hermanos, todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos. Pongan en práctica lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con ustedes..."

Una sensación de pánico sobrevenido lo invadió a raudales y amenazó con atenazar su garganta. Descubrió aterrado que acababa de leer el capítulo cuarto de la "Epístola a los filipenses". Como pudo, porque no podía hacer otra cosa, concluyó la lectura sin levantar la cabeza del atril donde reposaba el libro. Aclarándose la garganta, levantó todo lo suavemente que pudo su cabeza para indicar a la feligresía la siguiente fase de la liturgia. Sin saber cómo ni por qué, sus ojos quedaron anclados a la figura que desde el tercer banco, a unos diez metros de distancia, lo observaba sin pestañear con unos ojos brillantes como una llama incandescente. Sintió que esa mirada le estaba penetrando hasta alcanzar la más escondida e insignificante de sus células. Era la primera vez en su vida que una mujer lo estaba mirando de aquella manera...


Continuará...

22 junio 2015

Un profesional intachable (3)

Relato (3ª parte)

Salió apresuradamente por la puerta de la iglesia como alma que lleva el diablo, nunca mejor dicho. A pesar de que tenía su pequeño piso a pocos metros de la iglesia, llegó sudando a mares, como si hubiese participado en una persecución desesperada. Se sentía como una presa acosada por un cazador fantasma. No recordaba haber sufrido tal grado de excitación ni ansiedad desde hacía muchos años. Parecía mentira que aquel pequeño trozo de papel que llevaba guardado en el bolsillo, bien agarrado con la mano, le hubiese generado tanta zozobra e intranquilidad. En principio, etiquetó su malestar atribuyéndolo a una pequeña indigestión. No obstante, nadie puede engañarse a sí mismo durante mucho tiempo; sabía que esa vana excusa no resistiría su hábil escrutinio. Sus ojos y demás sentidos estaban bien entrenados. Practicaron durante años la búsqueda y desbroce de la malignidad alojada en lo recovecos del alma de sus semejantes. Le habían adiestrado para reconocer señales e indicios ínfimos que reflejaran la ponzoña que los infelices miembros de su rebaño pretendían hurtar a su ojo clínico profesional. 

Aunque la ingesta de alcohol no constituía uno de sus hábitos rutinarios, tuvo que tragar dos copas del añejo coñac que guardaba en la estantería del salón. Con ello intentó paliar los estragos anímicos que le había causado la anómala situación recientemente vivida. Sentándose en el amplio butacón, con la copa entre las manos, pudo relajarse y aminorar la profunda inquietud en la que se había sumido. Lo extraño era que ni tan siquiera había desenrollado el papel. Si con el hecho de tenerlo entre las manos había sucumbido de esa manera tan brutal a sus maléficos efluvios, se dijo, no quería ni tan siquiera imaginar lo que podría ocurrirle si leía el contenido del mismo. El rollo de papel, atado con un delgado lazo negro, reposaba cuidadosamente en la pequeña mesa que tenía justo enfrente. Pudo apreciar que desprendía un suave olor a jazmín. No sabía, a ciencia cierta, si tal aroma era producto de una especial intencionalidad de su autora o un mero efecto accidental propiciado por el hecho de agarrarlo entre sus manos durante algún tiempo antes de introducirlo, subrepticiamente, por uno de los huecos de la celosía del confesionario. 



Tras idas y venidas por el pequeño salón, decidió no abrirlo. Su curiosidad era máxima pero no se encontraba con la suficiente fuerza de voluntad como para poder sobrellevar su reacción al contenido del mismo. Sabía que su proceder era irracional pero había visto cosas muy extrañas a lo largo de los años y prefería extremar la cautela en todas aquellas situaciones, incluidas las de su propia vida, en las que no controlaba todos los parámetros que pudieran interferir en sus acciones. Tampoco quiso quemarlo o arrojarlo a la basura, aunque lo había sopesado. Ello hubiese escenificado ante su propia conciencia un miedo ridículo al poder de unas letras que no estaba dispuesto a sobrellevar ni admitir en el futuro. Por tanto, optando por la vía intermedia y rememorando a Santo Tomás, decidió ocultar el escrito en un lugar discreto de su habitación. Si bien era cierto que era altamente improbable que alguien lo encontrase, no quería dejar nada al azar y encontrarse con la sorpresa que la señora que atendía la limpieza de su casa varias veces en semana se topara y leyese el contenido del escrito, cualquiera que fuese. La curiosidad era una endiablada y recurrente ocupación de la ciudadanía. Por tanto, lo guardó dentro del último cajón de su mesita de noche, hábilmente disimulado entre los calcetines que allí descansaban apaciblemente.

Pasaron los días y las noches, estas últimas prácticamente en vela. No podía quitarse de la cabeza el recuerdo de aquella mujer. Lo que es más, el dichoso trozo de papel que descansaba como un pájaro enjaulado a pocos centímetros de su cabeza parecía llamarlo a gritos. Oía las palpitaciones de sus maltratadas sienes y por más que intentaba conciliar el sueño, no lo conseguía. Terminaba cayendo rendido, tras largas horas de penosa duermevela. Por las mañanas tenía que realizar un esfuerzo sobrehumano para levantarse y sobrellevar la jornada ya que el sueño, a fuerza de prácticamente inexistente, no conseguía reparar los efectos acumulativos y devastadores del cansancio. Comenzó a preocuparse cuando unas profundas ojeras hicieron su aparición y mostraron al mundo unos evidentes e incómodos signos de su actual estado. Llegó, incluso, a plantearse la posibilidad de ponerse un poco de crema "quitaojeras" pero, en última instancia, le pareció demasiado indecoroso. Algo tenía que hacer y pronto. En esas diatribas andaba cuando, tras esta larga agonía existencial, se encontró de nuevo con la ocasión de celebrar el oficio dominical. Cayó en la cuenta esa mañana que la vería de nuevo. La revelación fue como un mazazo que le hizo temblar presa de una incómoda inquietud. La brutal ambivalencia que le generaba esa posibilidad lo descuadró. Por una parte, quería huir como la peste de aquella abominable tentación. Por otra, que iba ganando peso a medida que se acercaba a la hora de empezar la misa, sentía en lo más profundo de su pecho unos deseos arrebatadores de verla de nuevo. 


Tras bajarse del púlpito y buscarla, encontró que la jovial y vibrante mirada de Rosa, que le había cautivado la semana anterior, estaba absolutamente apagada. Intentó de manera discreta y reiterada buscar esos ojos mientras oficiaba la liturgia. Ella, de manera inexplicable, no le buscaba la mirada como había hecho hasta el momento. Una dolorosa sensación comenzó a subirle desde la boca del estómago hasta que, atascándose en la garganta, amenazó con impedirle pronunciar palabra alguna. Afortunadamente, estaba a punto de terminar. Principió con el ritual recientemente implantado, dirigiéndose de manera mayestática hacia la puerta. Sin prestar prácticamente atención a los parroquianos que se despedían con gracejo y soltura, sus labios pronunciaban manidas palabras de agradecimiento que no iban más allá de cubrir someramente el expediente en esa faena. Al fin salía ella, junto a su marido. Buscó con ansia y denuedo el iris de sus ojos sin encontrar más que una bruma gris que lo miraba sin verle. Su mano, antes firme y vigorosa, remedaba un paño endeble y sin textura cuando la estrechó en busca de alguna ínfima señal de complicidad. Si terrible había sido la situación durante la semana, a partir de ese momento su espíritu cayó en barrena y a punto estuvo de arrastrar su cuerpo de manera inmisericorde al desgastado suelo que pisaba. Haciendo de tripas corazón, terminó de despedir a sus feligreses. Su monaguillo, joven prudente y avezado, se interesó por la súbita palidez que le sobrevino mientras ayudaba a desvestirlo en la sacristía. Como pudo, planteó una débil excusa y salió cuanto antes de la iglesia. De repente, aquel recinto comenzaba a descargar sobre él una presión tan brutal que amenazaba con aplastarlo contra el suelo. Salió al aire libre y comenzó a caminar sin rumbo pero con paso apacible, al menos en apariencia. No recuerda ni dónde estuvo ni cuánto tiempo pudo invertir en el recorrido. Sólo existe la constancia fehaciente de que aquel día no almorzó. Llegó al cubículo que hacía las veces de hogar bien entrada la noche, absolutamente derrengado y sin fuerzas salvo para tirarse encima de la cama. Quedó profundamente dormido tras dejarse caer, hasta el punto que, sintiendo frío, se despertó a altas horas de la madrugada y se sorprendió a sí mismo al darse cuenta del estado en el que se encontraba. Sentándose en el borde de la cama, comenzó a desvestirse y ponerse el arrugado pijama que guardaba debajo de la almohada. 



Con la luz apagada, se tendió en la cama dirigiendo la vista al techo. Era absolutamente inexplicable pretender hacer una interpretación razonable de su estado actual. Siempre se había encontrado por encima de las pasiones humanas y, lo que es más, se enorgullecía de ello con cierto punto de soberbia. Por un lado, quería deshacerse de aquel pensamiento pecaminoso, al menos él lo veía así. Aunque no había imaginado situación extraña ni carnal alguna con su feligresa, le asaltaban continuamente a su atribulada mente el color de sus ojos, la fina y delicada sonrisa y su evanescente perfume. Aquello no podía ser bueno, pero lo contrario, olvidarse de ella, amenazaba con precipitarle en un profundo pozo de abatimiento que no se atrevía, ni tan siquiera, a plantearse. En esas elucubraciones estaba cuando tomó una decisión. Imputó toda la culpa a la incertidumbre. Sabía, por experiencia en otras lides, que la desazón generada por el desconocimiento de cualquier realidad o fenómeno era, la mayoría de las veces, mucho peor que el afrontamiento sereno y estoico de la realidad. Por tanto, en este particular contexto, carecía de sentido seguir enmarañado en la duda con respecto al contenido del rollo de papel ¿Y si hubiese construido un castillo de naipes y la realidad fuese mucho más sencilla de lo que había imaginado? Rumiando este último pensamiento, ya casi convertido en un mantra, encendió la luz de la mesilla de noche y rebuscó a tientas el papel en el último cajón. Sí, allí estaba; donde lo había dejado. Sentándose en el borde de la cama y cogiendo sus gafas, se dispuso a desatar el lazo que lo envolvía. Olió el lazo y apreció que conservaba ese maravilloso y fragante aroma a jazmín, lo que enervó aún más sus sentidos. Con calma, como si se tratase de un papiro sumamente frágil, enderezó el rollo de papel para poder leerlo.


"Querido amigo, en primer lugar, permítememe el tuteo y la forma quizás impropia de dirigirme a ti. Si estás leyendo esto, posiblemente sea debido a que la curiosidad o cualquier motivo que no me atrevería a interpretar ni juzgar te ha llevado a conservar este trozo de papel. Si, por el contrario, no lo lees, será debido a que lo has roto, quemado o te has deshecho de él por cualquier otro medio. En este caso, probable, la botella que lancé desesperadamente al océano se habrá estrellado contra algún arrecife, cosas del destino, y proseguiré con mi mortecina existencia de náufraga en medio de la nada. Valía la pena intentarlo, en cualquier caso.

Quiero ser optimista y pensar en la posibilidad que algún día, espero que no demasiado tarde, puedas leer estas líneas que te escribo. Como habrás podido advertir, ya que te considero un avezado y experimentado observador de las miserias del alma humana, mi cuerpo y mi espíritu fenecen en la situación personal en la que me encuentro. No me interpretes mal, no pretendo recurrir al fácil recurso carnal que, a buen seguro, no arribaría a buen puerto contigo. Nada más lejos de mi intención al escribirte estas líneas. Que mi cuerpo cumpla con sus obligaciones maritales, que el sacramento exige y mi aburrido e industrioso cónyuge demanda de manera indubitable una vez por semana, es algo que me preocupa relativamente poco. Como buena mujer, nacida y criada en el seno de una familia tradicional y con esmerada educación, soy plenamente consciente del rol que me toca ocupar. Aunque no me gusta ni me satisface, lo asumo. Hasta ahí, nada especial. Por tanto, no quiero hablarte de mi cuerpo, quédate tranquilo. Al menos no me refiero a la posibilidad de que nuestras auras se rozen y nuestra piel se funda y entrelace de manera real. Me preocupa, y debería ocuparte también como confesor de esta humilde feligresa, mi espíritu. No hablo de ética o moral. Mis conocimientos teológicos son bastante rudimentarios y no es la intención de este escrito solicitarte asesoramiento a ese respecto. Me embarga y acongoja el deterioro progresivo de mi espíritu vital que, mimetizándose con el ambiente, se ha tenido que plegar al lánguido devenir de los días en esta apacible y anodina ciudad de provincias.
He asistido, sobrecogida, al despliegue de los recursos retóricos y estilísticos con los que adornas tus intervenciones en el oficio. Me ha enamorado, permíteme el término, tu oratoria y uso del lenguaje. Me he dado cuenta que necesito oírte o, al menos, leerte. Sé que esta petición puede resultar obscena ante unos oídos castos por lo que apelo no tanto al sacerdote que lee estas líneas sino al hombre sabio y experimentado cuyos ojos, espejos del alma, he tenido la suerte de cruzarme en mi atormentado camino. Por ello, aún a riesgo de que mi alma arda de manera tormentosa en el infierno hasta el fin de los días, te hago llegar mi petición desesperada. No quiero tu cuerpo, te lo repito, me conformo con tus palabras. No estoy loca, aún, y sé lo que pido. No me conformo con aquellos retazos de tu voz que retengo como una posesa cada domingo, necesito algo más. Por ello, te ruego que tengas a bien aceptar esta petición, por extraña, heterodoxa y estrambótica que pudiera parecerte. Quiero finalizar estas líneas sin sugerirte nada más, al menos por el momento. Creo que he excedido, con creces, mis pretensiones iniciales y tu infinita paciencia. Si has llegado hasta el final de este escrito, cosa por la que rezo cada minuto del día, te diré que espero impaciente tu contestación para seguir avanzando, si ha lugar, en esta relación epistolar. Rayando la desvergüenza, me atrevo a sugerirte una clave que me permita atisbar una mínima esperanza de ser oída. Si tienes intención de escuchar mis cuitas y, respetando la máxima reserva y prudencia, tienes la amabilidad de atender mis súplicas, quedaré enterada de ello si en el próximo sermón dominical haces alguna alusión, por efímera que sea, a la "epístola a los filipenses". Aunque pudiera parecer frívolo e inexplicable, he descubierto en la figura y escritos de Pablo de Tarso un bálsamo para mis pesares. En el contexto, el único, en que nos podemos cruzar, creo que sería la manera más discreta de percibir esa señal por mi parte y de exponerla por la tuya. En el supuesto que decidas olvidar estas palabras y arrojar mi atormentada alma al más profundo de los avernos, te entenderé; no te quepa la menor duda. Asumo mi condenación eterna a costa de la salvación de mi alma temporal, valga la expresión, mientras mi cuerpo transite por este valle de lágrimas. Que Dios me perdone si entiende, en su infinita bondad, que he pecado. Gracias por tu amabilidad, tiempo y comprensión. Rosa."

Una fina y picuda letra, pulcramente caligrafiada, representaba la losa más pesada que su espíritu había soportado desde el comienzo de los días. Dejando las gafas y la carta encima de la mesilla, apagó la luz y, encogiéndose en un gurruño, comenzó a sollozar mientras le invadó una profunda y oscura pena.


Continuará...

















18 junio 2015

Un profesional intachable (2)

Relato (2ª parte)

Su corazón estuvo a punto de dar un vuelco cuando saludó y estrechó la mano a uno de los nuevos feligreses. A decir verdad, se trataba de una pareja. Agarrada suavemente al hombro de aquel sujeto anodino que le tendía una mano blanda y sudorosa se encontraba ella. Si Leonardo hubiese vivido en esta época, difícilmente podría haber escogido como modelo de su Gioconda a otra mujer que la que, ahora, le estrechaba su mano firme y delicada, a un tiempo, mientras le agradecía con enigmática sonrisa las edificantes palabras que, a través del sermón, les había trasladado desde el púlpito. En este punto, sus recuerdos le traicionan porque, a buen seguro, el estado de excitación que le embargó en ese instante, difuminó la exactitud de los mismos. No obstante, podría haber jurado por la salvación de su alma (he aquí, nunca mejor dicho y en este particular contexto, una frase meramente retórica) que aquella inocente mujer, en apariencia, retuvo y presionó su mano durante un breve lapso de tiempo que excedía, de manera significativa, de lo habitual en aquellos intercambios y rudimentos sociales al uso.


Debiendo atender la cola de personas que esperaba pacientemente para estrechar su mano y abandonar el templo, no tuvo más remedio que despedirse de aquella pareja con cierta premura. En ese momento no pudo retener las melifluas y ridículas palabras de agradecimiento que el marido pronunció. Durante ese día y alguna que otra noche en la que le fue imposible conciliar el sueño, no pudo dejar de evocar, con todos los matices vocales que las adornaron, las brevísimas frases que ella, Rosa se llamaba, le había comentado al despedirse. "Es usted un hombre excepcional con una magnífica capacidad para transmitir sus pensamientos. Si me lo permite, un profesional intachable..." En otro contexto y momento, habría desmenuzado en tiempo real aquellas curiosas frases y, sacando el endiablado sofista que llevaba dentro, sonsacado a su interlocutora una explicación razonable de las mismas. Sus reflejos, ahora lo sabía, quedaron anulados como por arte de ensalmo y pudo hacer poco más que balbucear algunas difusas, inconexas y diplomáticas expresiones de agradecimiento al uso.

Sus desvelos no hicieron más que acrecentarse cuando una semana después, mientras esperaba pacientemente dentro del confesionario la aparición de alguna oveja descarriada, ocurrió algo que, debiendo habido evitar, le despeñó por el precipicio en el que aún se encontraba, en plena caída libre. No fueron tanto las palabras, puras fórmulas de rigor, como el timbre y el tono de la voz susurrante que se dirigía a él de manera apacible a través de la oscura celosía. Sus abotargados sentidos, tras más de media hora sin mediar comunicación alguna con otro ser humano, se activaron como si hubiesen sido percutidos por un resorte. ¿Ella? No era posible. Quizás estaba tan obsesionado con aquella enigmática mujer que la veía y, obviamente, la escuchaba en todas partes. Prestó atención y no albergaba ya la más mínima duda al respecto. Se dispuso, pues, tras contestarle al requerimiento como era preceptivo, a escucharla. En ese momento no supo con exactitud si agradecer al Altísimo su suerte o maldecir al Maligno por su desgracia. Ya iría viendo; confiaba en sus probados y sinuosos recursos para afrontar prácticamente cualquier situación compleja que se le había planteado a lo largo de su vida.

La conversación transcurrió por los derroteros habituales. Pecados intrascendentes, veniales si acaso, que no requerían mayor terapia reparadora que algún que otro Ave María precedido, eso sí, por el obligado arrepentimiento de, en este caso, la pecadora. De improviso, sin solución de continuidad alguna con relación al tenor y magnitud de los pecados confesados hasta el momento, ocurrió algo que le galvanizó. El calambrazo que recibieron sus expectantes sentidos fue de tal magnitud que, incluso, dejó caer sin darse cuenta el rosario de ébano que agarraba entre sus tensionados y sarmentosos dedos. Tras el ataque de incómoda tos que le sobrevino, logró enhebrar torpemente unas palabras para que su feligresa tuviera la amabilidad de explicarse mejor ya que, a buen seguro, había él malinterpretado algunos confusos términos de la confesión de la buena señora. 


Ella le vino a decir, rememoraba ahora aquellas susurrantes palabras que fluyeron a través de la celosía, que había quedado sobrecogida -ese fue el término que utilizó- tras escucharle. Al parecer, la fluidez, convicción, garra y contenido de los sermones que había escuchado habían despertado en ella la necesidad imperiosa de escucharle, hasta el punto de generarle una profunda desazón el hecho de tener que esperar una semana para volver a repetir la exultante experiencia. Siendo una mujer de natural curiosa y ávida de conocimiento, le confesó, sobrevivía miserablemente a la indolente rutina de un matrimonio que no despertaba en su ser la más mínima pasión ni interés. Ávida de conocimiento, eso no constituía necesariamente una conducta pecaminosa, no la reconfortaban las simplonas lecturas moralizantes a las que podía acceder rutinariamente en la nutrida biblioteca de su marido. Resumiendo, por acortar un monólogo que duraba más tiempo del razonable para estos menesteres, le pedía, imploraba y suplicaba que como confesor, abusando de su prudencia, discreción y profesionalidad, tuviera a bien reconfortarla con algunos escritos de su factura que, convenientemente leídos y releídos por ella en sus eternas horas de soledad, aliviaran el marasmo en el que se había convertido su vida. A cambio, por supuesto, estaba dispuesta a realizar cualquier penitencia, si así lo estimaba, que fuera precisa en concepto de contraprestación contractual por la elaboración y entrega de dichos escritos. Repasaba mentalmente, perplejo y sorprendido, aquella conversación que alimentó, en un primer momento, su ego y soberbia hasta el punto que no pudo articular expresión alguna para impedir que ella siguiera hablando. Entendiendo que su confesor otorgaba al callar, asumió su tácita aquiescencia y, con rapidez inusitada, deslizó el papel enrollado que llevaba guardado en su bolso a través de la polvorienta celosía que fijaba, de manera taxativa, los límites físicos de aquel extraño intercambio de voluntades. Ella escapó rauda del cubículo sin que el perplejo párroco pudiese evitarlo. Sin darle tiempo a reaccionar ni tan siquiera pronunciar la absolución, se encontró con aquel rollo de papel que asomaba por un hueco del enrejado. Más por evitar que pudiese entrar alguien en el confesionario y coger el papel que sobresalía de ambos extremos que por interés en atisbar su contenido, lo cogió con rapidez y lo guardó en el bolsillo de su sotana. Sacó, a continuación, el pañuelo y procedió a enjugarse la frente perlada de sudor. Necesitaba aire. Se levantó con sigilo y, mirando en torno suya cual cazador acechando una presa, salió rápidamente del antiguo y carcomido armazón de madera que ocupaba a la hora de recibir en confesión a sus parroquianos.

Continuará...

15 junio 2015

Un profesional intachable (1)

Relato (1ª parte)

Lo que peor llevaba de aquella farsa en la que se había convertido su vida era el espejo. Más concretamente, el reflejo de su imagen especular que le devolvía aquel ingrato e inanimado objeto. Había prescindido de todos los que se encontró en su modesto alojamiento, excepto de aquel que estaba ubicado, como era natural, en el cuarto de baño. Incluso había experimentado, para evitar, en lo posible, enfrentarse a su túrbida mirada matutina, intentando afeitarse en la ducha. Poco diestro en las faenas manuales, perdía más tiempo reparando el inevitable estropicio que, sin excusar una sola mañana, perpetraba contra su ya arrugado y maltrecho rostro. Además, estaba harto que le repitiesen continuamente, en tono aparentemente afable, la poca destreza que parecía desplegar en una labor tan simple y rutinaria. Hizo de tripas corazón y evitó mirarse fijamente a los ojos mientras se enjabonaba rápidamente el rostro con la espuma de afeitar, al objeto de evacuar con la máxima celeridad posible ese obligado trámite.


Aún a fuerza de ser indulgente consigo mismo, no conseguía desprenderse del oleoso sello de cobardía que taponaba cada poro de su piel. Sí, ahora ya no cabían excusas ni circunloquios bizantinos. Era, simple y llanamente, un cobarde redomado. Hasta hace poco tiempo siempre había encontrado sutiles recovecos para justificar su inexcusable doble vida y, por ende, doblez moral. Conociendo a la perfección todos los preceptos éticos y morales que debía escrutar en el comportamiento de los demás, no le era difícil encontrar lagunas recónditas y áridos escasamente cartografiados en el ámbito de sus conductas para denostar o absolver, lo que fuera preciso en cada caso, aquello que se le trasladaba y que encajaba difusamente en alguna de las categorías estandarizadas. El resto, una vez establecido el marco regulador, era relativamente fácil de aplicar. Tificado el delito, era esto una licencia poética, era capaz de prescribir el tratamiento adecuado y la fórmula magistral que aliviara la tensión subyacente de aquellos corderos, aquí otra apropiada metáfora, que se despistaban del rebaño y escapaban transitoriamente del redil. Aplicado a sí mismo, el rol de perro presa cuadraba mejor con su práctica profesional que el de pastor que, así le enseñaron, procuraba la salvación del pueril rebaño que le habían encomendado vigilar. 

Aquella escultural e impresionante mujer, no podía quitársela de la cabeza, era la mismísima reencarnación del maligno. No había otra explicación razonable ni posible que pudiera, a un tiempo, explicar el despliegue inconmesurable de sus encantos y su propia incapacidad para lograr resistirse a los mismos. Él no podía ser tan débil ni tan perverso; había necesariamente algo demoníaco en ella que le despertaba sus más bajos instintos. Por más que había intentado domeñarlos, aplicando todas las técnicas que estaba en disposición de utilizar, sus múltiples intentos habían devenido en un rosario de continuos y penosos fracasos, a cual más desagradable. Sólo le restaba practicar algún exorcismo, aunque desechó rápidamente esa ocurrencia, no por inapropiada sino por escandalosa. A buen seguro, saldría trasquilado él mismo si llegara a impulsar esta salida a la situación. Ello, además, evidenciaría su más absoluto fracaso personal. Recurrir al bloqueo de la fuente de sus desvelos, pudiendo ser de utilidad, le recordaría de por vida su nula capacidad de autocontrol. Por tanto, por el momento, dejó la partida en tablas. Lo más sensato sería pedir al obispo, su superior jerárquico, un discreto traslado, cuanto más lejos mejor, que justificaría por el cambio de aires que necesitaba de manera urgente su ajada salud. Así evitaría el peligro latente que su práctica extraoficial, por llamarla de alguna manera medianamente presentable ante su propia conciencia, interfiriese de manera desastrosa en el oficio que, tampoco podía olvidarlo, le procuraba sustento y solaz. No quería ni siquiera plantearse la hipotética posibilidad de abandonar todo aquello que, con esfuerzo, tesón y mucho trabajo, había construido sistemáticamente durante más de tres décadas.

De manera recurrente, asaltaban su memoria los recuerdos de aquel día, cuando la conoció. Su mirada recatada y sumisa no dejaba de intranquilizarle. A duras penas pudo terminar aquel sermón, aliñando de manera inconexa las frases que, a modo de guía, había anotado la tarde anterior en su pequeño cuaderno. Desde el púlpito, su trono, dominaba con destreza y efectividad cada puesta en escena que oficiaba. Siendo importante el contenido, cuidaba especialmente el continente, adornando con voz trémula, firme o sutilmente modulada, según la ocasión lo requiriese, aquellos preceptos que pretendía inculcar de manera indeleble en la mente del dócil rebaño que debía guardar y guiar por la senda del bien; ¡como Dios mandaba!


No fue, la de ella, una mirada desafiante o altiva; todo lo contrario. El trasfondo evanescente y furtivo de aquellos ojos grises se le había grabado a fuego en su retina. Ese infausto día, a punto estuvo de tartamudear en algún momento de su homilía mientras acechaba, de reojo, la delicada figura que lo observaba sin pestañear desde la tercera fila de bancos, sin exteriorizar muestra alguna de abatimiento, afectación o cansancio.



Había incorporado recientemente la costumbre, observada en sus últimos viajes a una diócesis irlandesa, de saludar personalmente y despedir a toda su feligresía en la puerta de la iglesia. Constituía ese proceder una costumbre nada ortodoxa en aquel pueblo, donde su antecesor en el puesto se resistió como "gato panza arriba" a modificar su práctica litúrgica preconciliar y perseveró durante algún tiempo en el hábito de oficiar el ritual de espaldas a la grey, chapurreando las acrisoladas y manidas fórmulas rituales mientras deslizaba más latines de los que los nuevos tiempos recomendaban y prescribían durante el oficio litúrgico. Tras evacuar discreta consulta a su ordinario, aprovechando una visita del prócer a su parroquia, obtuvo la preceptiva aunque oficiosa autorización para incorporar esa pequeña innovación. Evidentemente, no fue preciso ni recomendable abundar en la heterodoxia originaria de la misma, todo ello en aras de conseguir incrementar la exigua feligresía que, hasta donde se había encontrado al llegar a su nuevo destino, consistía básicamente en un puñado de viejas beatas -viudas y solteronas, la mayoría- que, ante la imposibilidad material de matar las horas en el casino del pueblo o el "Círculo de labradores", asistían con británica puntualidad y estoica paciencia a todos los oficios, sin faltar uno solo, que semalmente se celebraban en su parroquia. 

Con parsimonia, media sonrisa y teatralidad bien estudiada, se dirigió por el pasillo central a la puerta de entrada que, en ese preciso momento, terminaba de abrir su fiel monaguillo. Una vez instaurado ese curioso hábito, ninguno de los asistentes se movió de su banco hasta que hubo alcanzado su destino y se dispuso a despedir amablemente al creciente número de nuevos parroquianos, sin duda como producto tangible de sus novedosas incorporaciones escénicas al ritual, que se disponían a salir apaciblemente del sagrado recinto.


Continuará...

11 junio 2015

UNA PARTICULAR CONCEPCIÓN DEL MUNDO

Relato breve 


Estaba harto de darle vueltas a la dichosa frase. "Las reglas sólo las puedes romper cuando las conoces",  había sido su mantra durante muchos años. Aún no estaba seguro de poder desprenderse de ellas, aunque había progresado últimamente mucho en su oficio y se consideraba, modestia aparte, un refinado artista en lo suyo. Es más, su carácter metódico y altamente controlador le había procurado éxito en cada uno de sus trabajos y una reputada fama o "caché", que se diría en el mundo del arte y la farándula, que le hubiese permitido relajarse un poco. No era posible. El problema o la cuestión era, como siempre, su instinto. Su naturaleza, por más que intentara domeñarla, se imponía siempre sobre cualquier intento de diferir sus encargos y relajarse. Era una ventaja adicional carecer de la más absoluta empatía y del mínimo remordimiento de conciencia. Aquel imbécil, con la pared del gabinete empapelada de títulos y diplomas, se lo había comentado a sus padres en aquella tarde anodina que los citó tras evaluarlo durante varias sesiones. Lo tenía asumido y no le atormentaba especialmente esa peculiaridad de su carácter. En su juventud, tras la innumerable lista de psiquiatras y psicólogos a los que le llevaron sus padres, había aprendido a soslayar hábilmente la indagación de estos profesionales. Aunque, bien pensado, llamarles profesionales en más de un caso era un regalo que algunos no se merecían. Aprendió a escuchar, a poner cara de becerro degollado y a esbozar una tímida y quebrada sonrisa que muchos de estos cantamañanas interpretaban como fruto del éxito terapéutico de sus tediosas sesiones; a su juicio, demasiado onerosas. Sus progenitores desembolsaban alegremente todo lo que les pedían y, por tanto, no era su problema. Suponía que dicho dispendio les tranquilizaba sobremanera la conciencia ya que, en su rutina diaria, no le hacían demasiado caso, siempre tan ocupados con sus múltiples ocupaciones sociales y profesionales. Eso de ser hijo único había resultado ser más cómodo de lo que pensaba.


 En su particular concepción del mundo o, como hubiese dicho su tutor alemán, "westalchaung", el caos era el enemigo a batir. Por tanto, habría que hacer en cada momento y lugar todo aquello que fuera preciso para preservar el orden. Se esforzó en una lucha titánica contra ese enemigo intangible que era la entropía. La medida del desorden tenía que ser, preceptivamente, lo más cercana a cero en todo aquello que le rodeara. Era un imperativo categórico que no admitía excepción alguna. Además, necesitaba ese orden con objeto de poder predecir el futuro. Sí, tenía que reconocerlo, había tenido muchas pesadillas a lo largo de su vida. Aún le visitaban esporádicamente. El contenido de las mismas no era nada relacionado con el remordimiento ni con su trabajo, sino con el pánico atávico que amenazaba con destruirle y que venía motivado por su incapacidad para predecir el futuro y poderlo controlar. Por tanto, en esa búsqueda eterna de la seguridad y estabilidad, estableció unos rituales absolutamente insoslayables para cada uno de los hábitos y rutinas que configuraron su vida diaria. Encontró la paz en los detalles y no importaba el trabajo que hiciera, lo importante era el sistema. Una buena organización, se repetía continuamente, puede abordar cualquier escenario vital. La adhesión inquebrantable a las reglas y al orden era, lo sabía de buena tinta, su salvaguarda contra el imperio del caos que amenazaba siempre con destruir su existencia. 

Tenía que reforzar el vínculo con su esposa. Lo había leído en el último libro de autoayuda que se estudió. Lo hacía a menudo, dedicar tiempo a esas chorradas, ya que consideraba necesario ajustar su peculiar comportamiento a lo que socialmente se consideraba armónico, correcto e integrado. Eran simples y ridículas reglas a seguir que le permitían sobrellevar una existencia insustancial y burguesa, que sazonaba esporádicamente con su verdadera pasión, de la que había hecho su auténtico oficio. El otro, su bufete de abogados, le entretenía ocasionalmente y le permitía una cobertura óptima para otras ocupaciones. Disponía de tiempo suficiente para recoger el escenario; lo había planificado con tiempo, dedicación y esmero. En hora y media estaría en el aeropuerto con tiempo suficiente para llegar a casa, comprar un ramo de flores -página treinta y cuatro del estúpido libro aludido- y recoger a su maravillosa y ocupada mujercita del trabajo. 


Con pulcritud y esmero limpió el afilado cuchillo que había utilizado para degollar al imbécil que le habían encargado eliminar. Constituía esto último un ritual que acompañaba, como obligada coda, todas sus actuaciones. Tendría que deshacerse discretamente del mismo en algún lugar alejado, antes de coger el avión. La cara de pánico y asombro que se le puso al odontólogo, su objetivo, cuando lo abordó desde abajo mientras estaba sentado en disposición de que éste le revisara la dentadura, impoluta, por cierto, no tenía precio. Tuvo que eliminar, gajes del oficio, a la incómoda enfermera que le asistía en el trámite. Las gotas de sangre de la primera incisión salpicaron, afortudamente, en el protector que le había puesto el difunto y que llevaba colgado del cuello. No tuvo, por tanto, que hacer uso de la camisa de repuesto que, para urgencias en casos similares, llevaba siempre en su pequeña bolsa de mano. Tras evacuar todos los trámites, discretamente, salió de la consulta. No le había costado demasiado esfuerzo que le dieran cita a última hora de la mañana. Así evitó la presencia incómoda de pacientes que pudiesen reconocerle. Utilizó el metro, mucho más impersonal y anónimo que cualquier taxista inoportuno con especiales dotes memorísticas y, cuando llegó al aeropuerto, transitó diligentemente por la puerta de embarque. La globalización había traído sus ventajas indudables y podía trasladarse en menos de tres horas a cualquier punto alejado de la tranquila y apacible casa de campo que constituía su residencia habitual. Le encantaba la naturaleza y respirar aire puro. Había hecho, como hombre metódico y cumplidor que era, de la necesidad virtud. Integrar su peligrosa sociopatía en una vida plena y productiva era uno de sus mayores logros. Se enorgullecía de ello cada vez que culminaba una actuación con éxito. Esbozó lo más parecido a una sonrisa que sus neuronas le permitieron dibujar mientras agradecía a la bellísima azafata la botella de agua mineral que le ofreció durante el vuelo. Así daba gusto trabajar...





08 junio 2015

SAULO

Relato corto

Al amanecer de aquel día gris se encontró agarrado a los mohosos barrotes del único orificio existente en la pared de su celda, aquel cubículo infecto donde pasaba con desesperación los días. Era la única manera por la que podía acceder a la luz del sol. A duras penas, ese mísero hueco le permitía seguir en contacto con el mundo. Éfeso, aquella industriosa ciudad que había pateado hasta romperse las piernas, le había acogido en momentos de bonanza y ahora le desterraba a la miseria de una infecta prisión por el mero hecho de que su particular cosmovisión se alejaba de lo que aquellos jerarcas corruptos consideraban como correcto y ajustado a sus mundanos y miserables preceptos. Siempre se topaba de bruces con la miseria de estos enanos morales, los jerifaltes que ostentaban en el poder. Suponían que todo aquel que compartiese la buena nueva a sus hermanos era un sospechoso disidente. Estuvo a punto de olvidarlo todo, más de una vez. El recuerdo del Maestro, aquel ser humano excepcional, era lo único que le permitía seguir avanzando en los múltiples momentos de sozobra por los que atravesaba en los últimos tiempos. Alzándose un poco y con suerte podía ver desde su obligado cautiverio las orillas del Egeo, ese maravilloso mar, compañero de historias y reflexiones apacibles.


Atrás quedaron aquellos años turbulentos de su juventud en los que, fiel a sus principios fariseos, se entregó con fervor a la persecución y exterminio de aquellos herejes del judaísmo. Lloraba en silencio en su celda al recordar al pobre infeliz, Esteban se llamaba, cuando fue brutalmente lapidado en Jerusalén por aquellos que consideraba hermanos en su fe, sirviendo incluso como guardián ocasional de sus vestiduras mientras éstos arrojaban enormes pedruscos al indefenso diácono. Recordaba también aquella brutal caída del caballo mientras se dirigía a Damasco. Algo dentro de su cabeza estalló y lo fulminó. Nunca supo, a ciencia cierta, el motivo de tal ataque y tampoco le sirvieron de alivio aquellos comentarios absolutamente desproporcionados de los testigos pasmados que asistieron a la escena. Llevaba tiempo ponderando, en lo más hondo de su corazón, la iniquidad de su vida. Quizás aquello fuese una señal de algo que se le escapaba. Algo cambió en él para siempre tras aquel accidente.

Lo único que le mantenía con fuerzas era intentar forjar una alianza entre aquellas comunidades incipientes que comenzaban a florecer gracias a sus desvelos y al de otros hermanos que, muchos de ellos, habían perecido fruto de la incomprensión de gente sin escrúpulos. Pretendía estrechar vínculos espirituales, que no políticos. Al parecer, en ese mundo que le había tocado vivir, algo tan simple era incomprensible. Intentó rescatar de la memoria aquellos fragmentos que le habían venido a su mente a lo largo de la noche. Careciendo incluso de un mísero trozo de cirio que pudiese iluminarle durante la oscuridad, tenía que esperar a que la penumbra que invadía la celda apestosa que ocupaba le permitiese trazar algunos garabatos en el trozo de papiro que aquel hombre honesto que ejercía de guardían le había procurado a escondidas. Continuó con la escritura de la epístola a sus hermanos los filipenses en ese preciso momento: "...mis hermanos, todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos." 




04 junio 2015

UNA CUESTIÓN CANDENTE



Sin pensárselo dos veces, arrojó con desprecio el trozo de papel arrugado a la chimenea. Se consumió lentamente, sin prisas. No podía hacer nada más a pesar de que lo había intentado prácticamente todo.  El fuego conocía bien su oficio desde tiempos inmemoriales y, una vez atrapada su presa, sólo era cuestión de tiempo. Si bien dependía de su naturaleza, no había prácticamente material alguno que se pudiese sustraer a su embrujo. Ese mísero y prácticamente irreconocible gurruño carbonizado se llevó a la tumba la última evidencia palpable de que aquella carta, esa prueba irrefutable de su traición, hubiese existido alguna vez.


Sin el menor atisbo de remordimiento, conservó ese pequeño desliz en algún recóndito recoveco del laberinto de su memoria. Ojalá todo fuese tan fácil, higiénico y barato. Anotó mentalmente que en el próximo sermón tendría que alabar las excelencias del fuego purificador. Cualquier otro método, aparte de cruento, siempre podría dejar bocas indiscretas que no supiesen estar a la altura de las circunstancias. 

Acarició mentalmente el recuerdo evanescente e intangible de aquello que pudiendo haber sido, por su cobardía y encanallamiento, ya no lo sería nunca. La institución merecía y exigía a veces ese tipo de sacrificios personales que él, sin dudarlo un segundo, estaba dispuesto a ejecutar. La próxima vez, se dijo, tendría que extremar el celo y cuidado en la elección de los titulares de aquellos cargos tan apetecibles. Nada de jóvenes atractivos que nublasen con la exhibición natural de sus encantos la alta misión que tenía encomendada. Recurriría a los métodos más simples y expeditivos que habían acrisolado durante siglos con su eficiencia y discreción la satisfacción de aquellos impulsos humanos incompatibles con la ocupación de aquella prebenda eclesiástica que ostentaba por méritos propios.

Se dispuso a despachar la siguiente carta mientras daba un sorbo lento a su copa de vino. El suave crepitar del fuego envolvió suavemente el ambiente.