Mi biblioteca

28 julio 2015

AMANE, el sonido de la lluvia (3)



Apuraba el segundo café cuando, una vez más, volví a coger en mis manos aquel pequeño colgante de plata que había adquirido para ella. En el reverso de una delicada medalla de inspiración oriental había encargado grabar los pequeños caracteres kanji. Eran, cómo no, los que dibujaban su nombre, Amane. Sintiendo que la melancolía, más que la sensación del ridículo, se abría a paso a marchas forzadas en lo más hondo de mi pecho, lo guardé en la caja labrada de madera que custodiaba tan curioso presente. A decir verdad, no sé por qué tuve esa idea con el colgante. En cualquier caso, hacerle ese regalo fue un impulso del que no quise arrepentirme.


Miré de nuevo el reloj, que marcaba las siete y media de la tarde, y me dispuse a ejecutar la más triste de las hipótesis que había barajado durante el último mes. En el supuesto que ella no se presentara a la cita que le había sugerido con mi carta, esperaría un tiempo prudencial -ya superado con creces tras dos horas sentado en aquella mesa, frente al cristal- para seguir mi camino. En aquel discreto hostal donde pasaría la noche, en las afueras de la ciudad, podría ahogar en alcohol ese sentimiento de cierto desgarro que empezaba a colarse en mi ánimo y despedirme para siempre de aquel evocador recuerdo que se había alojado muy hondo dentro de mi mente. 

Cerré la novela que había intentado leer durante mi espera. Vano e infructuoso intento; no pasé de la cuarta página. El local estaba animado, aunque el ambiente era apacible y tranquilo. Con independencia de los recuerdos que me evocaba esa sugerente atmósfera, grabé en mi mente esas imágenes que contemplaba desde mi mesa. Parejas amarteladas, solitarios en busca de compañía, dulces matronas que hacían tiempo esperando el porvenir... retazos de vidas anónimas que, en ese momento, me sugerían mil historias. Quizás me inspirase un relato que me ayudara a exorcizar, de una vez por todas, el recuerdo de esa mujer. Aún desconociendo los oscuros mecanismos con los que trabajaba la mente humana, había descubierto que la mía, en particular, necesitaba vomitar y volcar las pulsiones internas hacia el exterior. Proyectarlas, en forma de narrativa, me sumía en una apacible bruma que generaba un potente efecto terapéutico. Sumido en esa nube narcotizante, se aliviaban de manera sorprendente mis cuitas más diversas y perseverantes. El hecho de que éstas adquiriesen una forma definitiva, cristalizando en un texto cerrado, evitaba que siguiese rumiando de manera reiterativa y exasperante esos elementos. Sabia, por tanto, que fuera el que fuese el resultado de aquella historia, mi atormentado espíritu no alcanzaría la paz con relación a este particular asunto hasta que fuese capaz de plasmar por escrito aquellos pensamientos convulsos que bailaban de manera endiablada dentro de mí, sin que pudiera domeñarlos. 

Saqué mi cuaderno y me dispuse a ocupar los últimos minutos, no más de veinte, que decidí permanecer allí sentado. Mi mano, que desplegó un acelerado y vertiginoso impulso tras coger la pluma, me ayudaría a transitar esos últimos instantes sin que, de cara a posibles observadores inoportunos, la incomodidad que comenzaba a inundarme se convirtiese en una patética escenografía de gestos ansiosos. Cuando había terminado de bosquejar aquel escenario, tomando rápidos apuntes que posteriormente elaboraría con mayor ponderación y criterio, noté la sutil presencia del camarero. Se había parado enfrente de mi mesa. Esbocé una sonrisa cortés. Respondió con idéntico gesto y depositó, tras solicitar permiso para recoger mi anterior consumición, dos humeantes tazas que no recordaba haber pedido. Me disponía a sacarle de su error cuando me percaté del aroma familiar que emanaba de aquellos dos recipientes que había depositado en la mesa. Té rojo con una corteza de limón. No siendo capaz de articular palabra alguna, debí poner una cara de imbécil redomado porque sonrió y me dejó allí plantado. Me quité las gafas de lectura y, acomodando la vista a la penumbra del local, oteé el horizonte que se extendía a pocos metros de mi improvisado observatorio. Sentada en la barra, de espaldas a mí, mis ojos quedaron clavados en una delicada figura de mujer que, poco a poco, volvió la cabeza y me sonrió con la sonrisa más bonita que recordaba haber visto en mucho tiempo.

Hicimos el amor como no recordaba haberlo hecho en toda mi vida. Tras un emotivo reencuentro que no olvidaré y que sigo evocando nítidamente sin aparente esfuerzo, a pesar de que han transcurrido muchos años, Amane despertó dentro de mí todo aquello que había acumulado desde la primera vez que la vi. No se trataba sólo de su cuerpo, ni la pasión que emanaba de cada poro de su piel, que también. Su manera de amar, su exultante y embriagadora sensualidad y el cariño que ponía en el más mínimo roce hicieron de aquella experiencia una auténtica epifanía de los sentidos. 


Su piel, de una suavidad que me sorprendió, se plegó dócilmente a todas y cada una de las caricias que mis ávidos dedos tuvieron la fortuna de trasladarle. Su olor, impresionante, me impregnó hasta enajenarme e inundó mi pecho con una fragancia que nunca podré olvidar. Nos amamos hasta el amanecer. Aquella agradable habitación se convirtió en un palacio donde pude recorrer todos y cada uno de los recovecos de su cuerpo. Todo mi ser, ávido de ternura y anhelando ser amado, se rindió de manera incondicional ante el prodigio de su exuberante naturaleza. Sus pechos, pequeños pero firmes y bien proporcionados, se convirtieron en ánforas de miel en las que mi sedienta boca libaba la sed acumulada durante siglos. Sus pezones, duros como almendras, acompañaron mis suaves manipulaciones hasta el punto de convertirse en una prolongación de sus más íntimas pulsiones, que explotaban a medida que mis labios ejercían la suave presión que los hacía vibrar. Su monte de venus, elegantemente rasurado, salvo una pequeña franja que resaltaba su exotismo, me permitió recorrer durante eternos minutos los caminos para los que me había estado preparando, sin saberlo, durante años. Sus caderas, que adquirían vida propia con cada vaivén acompasado de mis suaves pero firmes acometidas, se transmutaron en el ancla al que me aferré para no sumergirme en las ignotas profundidades de la sima en la que estuve a punto de naufragar. Recuerdo especialmente, porque me llamó poderosamente la atención, su abultado y brillante clítoris. Insinuado gracias a la suave y aterciopelada luz de las velas que encendí para crear un ambiente cálido y propicio, palpitaba con latido propio, más allá del que yo le impelía mientras lo acariciaba con mi ávida y poderosa lengua. Lamerlo, besarlo y morderlo con suavidad, mientras ella gemía en silencio y se contorsionaba sobre aquellas húmedas sábanas, constituyó uno de los festines más sabrosos que mis experimentados labios habían degustado jamás. Su sexo salvaje, su gruta cálida y húmeda, me acogió como a un navegante que regresa a puerto tras una larga y dilatada travesía. Siendo la primera vez que nuestros cuerpos se unían de forma íntima, la sincronización y orquestación de nuestras vibraciones más profundas evocaba años de complicidad. El paroxismo con que su naturaleza acogió los múltiples orgasmos que acaecieron a lo largo de nuestro encuentro me dejó absolutamente anonadado. En una travesía de reminiscencias tántricas, donde a océanos embravecidos de pasión sucedían suaves arrollos que presagiaban una nueva explosión efervescente, transitamos nuestro particular camino hacia Ítaca.

Fue una experiencia increíble. Inusitada y orgásmica, en el más amplio sentido de la expresión. Jadeantes, sudorosos y exhaustos, tras varias horas de febril contienda en la que ninguno de los contendientes concedimos la más mínima tregua al otro, nos sorprendió el alba. Aquel rayo de sol, despuntando a través de un resquicio de la cortina, nos sorprendió entrelazados y rendidos tras la batalla. La conexión entre nuestras almas, precedidas por el feroz combate entre nuestros cuerpos, nos había fundido en un cálido y profundo abrazo que no quise romper. Sin saber cómo ni por qué, unas lágrimas se derramaron de mis ojos y Amane, que dormitaba apaciblemente a mi lado, remoloneó para acoplar suavemente su hermoso cuerpo al mío. La desapacible noche del exterior se había convertido en un exuberante y tupido vergel dentro de aquellas cuatro paredes. 

Hoy, sin especial esfuerzo, puedo rememorar todos y cada uno de los minutos con ella que representaron la más intensa historia de amor que mi ser había tenido la dicha de disfrutar hasta ese día. Me concentré en ese pensamiento ya que me negaba a despertar, a volver a la realidad. No quería despertar de ese mágico sueño...


La mujer que, sentada al frente en el vagón, disfrutaba con la lectura de un voluminoso libro levantó los ojos y suspiró. La contemplación del rostro apacible del hombre con el que había realizado aquel viaje le llenó de serena satisfacción. Verle sonreír, en aquella suave duermevela en la que se encontraba, la convertía en la mujer más feliz de la tierra. Con suavidad, se incorporó lentamente y se dispuso a besar a su hombre en los párpados para susurrarle que prácticamente habían llegado a su destino.

Un suave tintineo, el de la cadena que siempre llevaba puesta en su delicado cuello desde aquella noche, me trajo de nuevo al presente. Vi que tenía ante mis ojos el mejor paisaje del que podía haber disfrutado nunca. Sus ojos, color miel, me sonrieron antes de que sus labios deslizaran un suave y amoroso beso sobre mis párpados. El sonido de la lluvia, Amane, me sonreía ahora con la misma dulzura y amor con la que tuve la dicha de despertarme en aquella habitación hace tanto tiempo que lo recuerdo como si hubiese ocurrido esa misma mañana. Suspiré...

FIN

24 julio 2015

AMANE, el sonido de la lluvia (2)



En esa duermevela en que se hallaba, pudo recrear todos los instantes de aquella relación que había marcado su vida, mucho más de lo que nunca llegó a imaginar. Habiendo decidido concentrarse en sus recuerdos, prosiguió dejando volar la imaginación y refrescando su memoria mientras disfrutaba del paisaje por el que transitaba el tren. ¿Qué hubiese ocurrido si, en vez de.....?



Tras reponerme de la impresión causada por Amane, abrí la hoja de papel que me había entregado. Con una fina y cuidada caligrafía, aparecía un apartado de correos. Curiosamente, de una localidad distinta a la que me encontraba. Mi imaginación se disparó elucubrando al respecto y llegando a pensar, incluso, en algún tipo de peregrinación de mi enigmática amiga para acudir a encontrarse con mis letras y, obviamente, conmigo en persona. Si me había dejado sus señas, aunque vagas, era por algo. Al quedarme bloqueado, lo confieso, no fui lo suficientemente hábil como para pedirle algún dato más explícito. Qué se yo, un teléfono, una dirección, un nombre completo... Pagué las consumiciones y me dispuse, cansinamente, a regresar al hotel. Aquella noche, lo recuerdo bien, no conseguí conciliar el sueño. La cama no era especialmente mala. Los motivos eran otros. La huella que me había dejado impregnó cada una de mis neuronas. Atractiva y sensual, pero no provocadora. Inteligente y hábil, pero no pedante. Humilde y sencilla. Su voz, sensual y clara, se me había alojado en los oídos. Tenía un timbre aterciopelado y medianamente grave; cargado de matices que evocaban una sensualidad antigua y pegada a la tierra. Bonita por fuera pero aún más bonita por dentro. Había algo, o muchas cosas, dentro de esa mujer que me había marcado en aquellas escasas horas que tuve la dicha de coincidir. Intenté dormitar algo ya que debía madrugar para proseguir mi periplo literario.


Durante el resto de las jornadas de promoción disfruté mucho, no puedo engañarme a ese respecto. Fueron encuentros muy gratificantes en los que conocí a personas muy interesantes. Almorcé en varios sitios con lectores y amigos. Tomé incontables cafés para seguir promocionando mi obra. Rellené mi agenda de contactos. Finalmente, me tocó volver a la rutina diaria. Su recuerdo, que suponía se difuminaría con el tiempo y la distancia, se encaramó a mi memoria y la evocaba con más frecuencia de la que hubiese imaginado.

Me había obsesionado con su mirada color miel y el recuerdo de su voz, sensual y plagada de matices especiados, incluso podría atribuirle un sabor. Sin especial esfuerzo, con sólo cerrar los ojos, era capaz de evocar aquellas dos horas que pasamos juntos esa lluviosa tarde. Siendo recurrente tal evocación, la vorágine de mis días fue diluyendo esa imagen y alojándola en algún recoveco de mi memoria. Aún así, me acompañaba especialmente las tardes desapacibles de otoño e invierno. No podía dejar de recordarla cuando algún elemento del ambiente me hacía rememorar su presencia. 

Un día, cuando estaba revisando el ejemplar de mi última novela donde guardé aquella hoja que me entregó, decidí hacer algo. Allí reposaba, en la página número sesenta y cuatro, la dirección del apartado de correos que me ofreció. Movido más por un impulso sobrevenido que por un acto de naturaleza racional, decidí escribirle unas líneas. Habían pasado más desde dos años desde aquel día. Me sentía ridículo al intuir lo que aquella mujer podría pensar de mí en el supuesto improbable de que llegase a leer lo que me disponía a escribirle. Sin duda, ella tendría su vida, de la que yo no sabía prácticamente nada. Por mi parte, seguía dedicándome a lo mismo y la relativa popularidad que me había procurado la publicación de mis últimos libros me había permitido desarrollar una interesante y activa vida social, repleta de encuentros que paliaban la sensación atenazante de soledad que siempre, como si de un apósito pegajoso se tratase, me había acompañado desde tiempos inmemoriales. 

Hilvané en ese período varias relaciones cortas que no llegaron a fructificar, fundamentalmente por mi inconstancia e incapacidad para consolidar ningún vínculo estable. Debido a mi carácter indómito e hiperactivo, una vez aplacada la sed inicial, necesitaba nuevos estímulos para domeñar las exigencias que mi naturaleza depredadora me exigía de manera constante. Por tanto, sobrevivía al marasmo, que era la tónica habitual, saltando continuamente entre las hermosas y sensuales flores que tenía ocasión de conocer a lo largo del tránsito de mis días. Libaba en sus delicados y exuberantes jugos y disfrutaba de los placeres efímeros que natura me ofrecía sin tasa ni especiales requerimientos. ¿Para qué cambiar de modus operandi cuando, en mi particular concepción del mundo, el paraíso se parecía más a una senda escarpada invadida de floresta salvaje que a un apacible y evocador valle fluvial?

Todas estas reflexiones acudían a mi mente de manera reiterada cada vez que intentaba bosquejar unas líneas dirigidas a ella. Con el tiempo me fui convenciendo de que me obsesionaba tanto porque la había idealizado. Posiblemente, si hubiese iniciado algún tipo de relación estable, me hubiera pasado como en el resto de los casos en los que esporádicos interludios de pavorosa intensidad erótica y sensual se veían sucesidos por amplias mesetas de calma, reposo y, por qué no decirlo, desinterés. Era una hipótesis, la idealización de su persona, que debía contrastar. Mi espíritu, o lo que fuese, tenía una deuda pendiente con un recuerdo brumoso que amenazaba con transmutarse en un incómodo ectoplasma que pululaba a su antojo, sin el más mínimo control por parte de mi voluntad, por la corriente de mis sueños y pensamientos.

Finalmente, decidí hacerlo. El mes siguiente tenía previsto realizar otra pequeña gira promocional por el norte de la península. Si bien es cierto que no discurría exactamente por los mismos lugares que la anterior, conseguí convencer a mi agente literario para que incluyese un trazado que me permitiera, eso no se lo dije, pasar cerca de aquella ciudad. Un pequeño rodeo, unas horas de tránsito, me permitirían confrontar aquel recuerdo indomable y exorcizar de una vez por todas la fábula que, sin lugar a dudas, me había montado. Había construido un universo paralelo a partir de un efímero y minúsculo grano de arena. Sabía que tenía que hacerlo y, dicho y hecho, me dispuse a evacuar el ritual personalísimo que debía oficiar para recuperar la serenidad perdida. Sin estar seguro de nada, ni tan siquiera del hecho que me hubiese ofrecido su nombre real, le escribí aquella carta que eché al correo al día siguiente. Me embargaba la vaga esperanza del náufrago que hubiese lanzado su desesperado mensaje escondido dentro de una botella de vidrio al proceloso mar que le envolvía. La dirigí al apartado de correos que tenía y la emplacé a que nos encontrásemos en el mismo sitio, aquella pequeña cafetería, una tarde concreta.


"Amane, supongo que me recordarás, aunque han pasado más de dos años desde nuestro primer y último encuentro. El próximo veintisiete de noviembre tengo que pasar, casualmente, por la misma ciudad donde tuve la suerte de compartir contigo una tarde muy agradable. Hablamos de letras e historias diversas envueltos en una atmósfera apacible y tranquila, mientras fuera diluviaba. Evoco muchas veces esos recuerdos con cierta añoranza y melancolía, no me ruboriza confesarlo. Imagino que podrá extrañarte esta carta y entiendo, vaya por delante, que pudiera ser imposible encajar un encuentro entre ambos. Durante este tiempo no he contactado contigo y quizás debería haberlo hecho; es más, me acecha la duda más que razonable de que esta carta pueda llegar a tus manos, por múltiples motivos que sería largo desarrollar o exponer en este escrito, que pretendía ser breve. Si quieres tomarte un café y charlar un rato con un viejo amigo, estaré encantado de invitarte. Te espero en nuestra cafetería a las seis de la tarde del día que te he comentado. Si no apareces, lo entenderé. No tienes que explicarme nada, ni tan siquiera responder a estas líneas. Sólo puedo decirte, y termino ya, que me apetecería mucho volverte a ver. Recibe un fuerte y afectuoso abrazo."

Tras escribir estas líneas y con objeto de evitar la sensación de ridículo que comenzaba a invadirme y amenazaba con inundar la escasa cordura que me asistía en estos momentos, me dispuse a echarla al correo, cosa que hice esa misma tarde. Quería quitarme de la cabeza la obsesión que se había instalado en lo más hondo de mi ser con relación a esta enigmática mujer y que, me conocía bien, hubiera persistido si hubiese demorado varios días el pequeño gesto de depositarla en el buzón.

Continuará...



22 julio 2015

AMANE, el sonido de la lluvia (1)

El traqueteo de aquel tren y la observación tranquila del paisaje absolutamente verde a través del cristal evocó en su apacible estado de ánimo recuerdos de una vida. Aunque no llovía de modo torrencial, desde aquella tarde que acababa de venir a su memoria, se había convertido en un ávido y maravillado observador de su efecto al impregnar de minúsculas gotitas los cristales. Esta observación, aparentemente insignificante, le había sugerido incontables vivencias a lo largo de los últimos años. Nunca, hasta esa desapacible tarde en aquella ciudad costera, a orillas del Cantábrico, había sido capaz de mirar y escuchar a la lluvia, fuente de vida, de esa manera. Dejó el libro que estaba leyendo en su regazo y, respirando hondo. Disfrutó del paisaje mientras que recordaba aquel primer encuentro, hacía casi dos décadas...


Se trataba de una pequeña gira promocional. Aunque compatibilizaba mi labor de escritor a tiempo parcial con otros trabajos en el mundo de la edición, había conseguido unos días libres en la empresa para poder promocionar mi último libro. Mi agente y amigo, un correoso personaje del mundo de las letras que manejaba con guante de seda y puño de hierro el "back stage" de aquel inframundo, me había proporcionado varios contactos y me preparó ese otoño una pequeña gira por el norte de la península. Ciudades con cierto ambiente cultural que permitiesen una digna y esperanzadora promoción a mi incipiente carrera literaria. No andaba sobrado de fondos y tuve que emplear mi propio vehículo para desplazarme, cosa que no me disgustaba especialmente. Avanzar sin especiales prisas por aquellas carreteras me permitía detenerme en tranquilos hospedajes y contemplar un paisaje especialmente hermoso que poco tenía que ver con aquel entorno urbano en el que pasaba mis días. 

Tras la conferencia-coloquio que tuvo lugar en aquel círculo literario, donde fui asaltado a preguntas sobre mis últimas publicaciones por un público cultivado y gratamente sorprendido de que un autor de cierto renombre se acercase a ellos, me dispuse a despedirme del lugar con objeto de poder descansar antes de emprender, al día siguiente, camino hacia el siguiente encuentro con mis lectores. No obstante, algo intangible me retuvo. Fue un pálpito, algo que no podía concretar en esos momentos. Me había percatado durante aquel acto literario que me había asaltado una etérea sensación de ser observado, con respeto y prudencia, por una chica que, en la tercera fila, no dejaba de tomar notas en un pequeño cuaderno y lanzarme miradas con mucho interés. No había provocación en sus ojos, ni nada por el estilo. Éstos, de un delicioso y sugerente color miel, me miraban tras unas bonitas gafas que hacían su rostro menudo sumamente atractivo. Melena suelta y atuendo informal, pero elegante, eran los primeros retazos que me llamaron poderosamente la atención. Me considero un hombre prudente, curtido y discreto, habituado a sobrevivir a incontables batallas y escaramuzas, con más de una cicatriz. No quise incomodar con la insistencia de mi mirada a la que podría ser una buena lectora y aburrida madre de familia con ciertas manías literarias. Por tanto, dejé pasar el tema en ese momento, evitando focalizar en ella mi atención, para centrarme en la charla que mantenía con otro de los contertulios en ese preciso instante. 

La sorpresa me llegó en forma de aroma. Cuando recogía mis bártulos para guardarlos en mi pequeña maleta de cuero, sentí una presencia a mis espaldas. Me incorporé y, al volverme, pude apreciar la delicada figura de una mujer que me miraba con interés, a tenor de la dilatación de sus pupilas. Prácticamente de mi altura, adopté una estudiada pose de agradecimiento para, expectante, poder atenderla como se merecía cualquier persona, en general, y una lectora de mi obra, en particular. Ella, con naturalidad dentro de su aparente timidez, me pidió que fuese tan amable de firmarle el ejemplar de uno de mis libros, que agarraba con su mano derecha. Me invitó a cogerlo. Me tendió también una bonita pluma que estaba impregnada del aroma fresco y tierno que su dueña desprendía. Me dispuse a firmarle el libro con amabilidad, no sin antes preguntarle su nombre para podérselo dedicar. Amane, me dijo. Resolví con cierta destreza la perplejidad que aquel bonito y musical nombre me había evocado. 

- ¿Amane?, le pregunté.
- Sí, "el sonido de la lluvia". Mi madre era una enamorada de la cultura japonesa y decía que, en el momento de alumbrarme, pudo sobrellevar con cierta entereza los dolores del parto concentrándose en el sonido de la lluvia, que golpeaba con fuerza los cristales de su habitación. 

Me quedé mirándola muy fijamente, con un esbozo de sonrisa en mis labios, al percatarme de la soltura y desparpajo con que se había explicado. 

- También, añadió ella, puedes interpretarlo como "el sonido de los cielos"
- ¿Y Ama-madre en Euskera, no?, le dije.
- En efecto, mi madre era vasca y concilió todas las posibilidades en esa afortunada elección, tan bonita y musical . Creo que acertó de pleno.
- Yo también lo pienso así. Le dije, sin poder evitar aguantar su mirada limpia y juguetona.

El caso es que tras cruzar varias frases con ella, me di cuenta que me estaba encantando aquel improvisado intercambio de impresiones. No fue tanto por lo elevado del discurso; bastante harto estaba ya de tratar con pedantes irredentos que, dándole mil vueltas a mis escritos, pretendían traer a colación interpretaciones que, a fuerza de ser honesto, ni yo mismo me había planteado nunca. Me encantaba su naturalidad y la sencillez con la que hablaba. Su voz, para qué mentirme, también tenía matices muy sugerentes. Era algo que no supe explicarme entonces. Algo más cercano a un pálpito, a una impresión intangible lo que me llevó, pasados unos minutos, a invitarla a un café. Aceptó con naturalidad, lo que me llenó de satisfacción. Tenía tiempo suficiente para una animada charla con esta desconocida, que me atrajo a niveles como hacía mucho tiempo que no alcanzaba a recordar.


Sorteando los charcos, cruzamos la calle y nos resguardamos en una tranquila y pequeña cafetería cerca de donde se había desarrollado la charla. El sitio, prácticamente desierto a esas horas, nos permitió recogernos en una mesa cercana al cristal, desde donde se veía la calle. Seguía lloviendo. Ella pidió una infusión; te rojo con corteza de limón y azúcar moreno. Yo, sin saber por qué, pedí lo mismo. 

Verla allí, sorbiendo apaciblemente de la humeante taza mientras me preguntaba cosas curiosas de mis escritos me generó una intensa satisfacción. No podía haber imaginado que nadie se hubiera tomado tanta interés en las tres novelas que había publicado hasta ese día. Apuntó matices muy sugerentes sobre la psicología de los personajes que me dejaron sumamente impresionado. Sin darnos cuenta, anocheció. Lo que, en otra época, hubiese terminado posiblemente como una esporádica y efímera aventura de sexo furtivo y clandestino derivó por otros derroteros ya que si algo me encandilaba de aquella mujer era su sonrisa, esbozada con unos labios finos y bien dibujados y sus ojos absolutamente sobrecogedores. Tras más de dos horas de charla en que hablamos de lo divino y humano, compartiendo muy diversos puntos de vista, me dijo que tenía que marcharse. Me quedé de una pieza ya que tan abrupto corte en la maravillosa charla que manteníamos me despeñó por un abismo que era inimaginable varias horas antes. Anotó en una hoja de su cuaderno algo que no pude identificar en ese momento, la arrancó, la dobló con suavidad y me la pasó. No me podía creer que se marchara. Con una sonrisa cómplice, me susurró al oído...

- ¿Sabes? Te dejaría que me robaras un beso...
- No me parece justo, le dije. Te devolveré uno a cambio, así quedaremos empatados.

En el apacible entorno que nos cobijaba, acerqué tímidamente mis labios a los suyos y nos fundimos en un apacible encuentro entre dos soledades que se habían cruzado mágicamente en ese particular momento. No me pareció prudente ni razonable proponerle nada más. Me habría resultado imposible ya que había quedado paralizado por la magia del furtivo roce de nuestros labios. En cualquier caso, se levantó lentamente sin dejar de mirarme y me guiñó un ojo cuando despacio y de manera absolutamente majestuosa, comenzó a caminar hacia la puerta del local. Su culo, absolutamente hermoso y sugerente, tras unos vaqueros que realzaban esa deliciosa parte de su anatomía, adquirió vida propia a medida que avanzaba despacio, ondulando sus caderas. Su caminar era natural y fluido, nada forzado. Tuve que poner la cara de tonto más grande que había puesto en mi vida porque cuando, antes de cruzar la puerta, se volvió para mirarme, esbozó una amplia sonrisa y me dijo adios con los labios.

Tras varios instantes de pleno desconcierto, me dispuse a leer lo que había escrito en la hoja de su cuaderno. La desdoblé y me di cuenta que...

Continuará...


20 julio 2015

VOIX


Conseguí recordar tu cálida voz, que se había llegado a convertir en la mejor música que mis oídos llegaron a escuchar nunca. Acariciabas con los suaves matices que susurrabas sin aparente esfuerzo aquellas sílabas informes y las convertías en pura esencia de tu espíritu, impregnada con aromas frutales y delicados.

El timbre de tu voz, regado con suaves y profundos armónicos que acompañaban dulcemente la melodía de tus palabras, me abrazaba sin quererlo; me envolvía en una suave bruma de la que me resistía a escapar.  Más que voz, eras eco. Resonabas en mis tímpanos mucho tiempo después de haberte escuchado. Era algo que no podía ni quería evitar.

Tus risas, hermosas y llenas de vida, acompañaban el recuerdo de tu ausencia. Creo que me acostumbré a la soledad gracias a que pude evocarte sin apenas esfuerzo. Mi infierno se convirtió en suave bálsamo gracias a la evocación de tus palabras. Es curioso, a pesar de los años que han pasado desde la última vez que me regalaste tu aroma y tus risas. Algo debió quedar trastocado en mi frágil cerebro, hasta el punto que no consigo desprenderme de la musicalidad que transpirabas.

Si tu imagen me ha acompañado en este caminar, la trepidante mezcla de tus risas, tus sollozos y los susurros que deslizabas en mis entregados oídos, dejaron una huella indeleble en mi alma. Me han acompañado más durante mi tránsito por este valle de lágrimas que otras mujeres que me entregaron su cuerpo, desligado de esas virtudes y atributos que tú me regalabas sin saberlo.  Que ahora, al evocar los últimos instantes de mi existencia, consiga inhalar de nuevo tu perfume, me deja sin aliento. Aquella fragancia que evocaba a oriente y que tenía matices de madera fresca y exótica, conseguía estimularme los sentidos sin que te lo propusieras. 

Estás viva porque vives en mí. Estoy vivo porque te llevo dentro. Moriré, ahora lo sé, el día que mi memoria me prive de esos recuerdos; de esos retazos intangibles de tu alma. Mi cuerpo, decrépito y marchito, hace tiempo que me abandonó. La última derrota de mi nave me llevará a un cielo donde pueda escuchar eternamente tu voz...






17 julio 2015

YEUX



No puedo dejar de mirarte. Desde esos ojos, bálsamo para mis sentidos, puedo atisbar el paraíso en la tierra. ¿Quién querría aspirar a un vergel ultraterreno cuando puede perderse y volver a encontrarse en los inconmensurables arroyos de tu mirada? El color miel que destilan no hace más que embaucarme cada vez que fijas tus pupilas en mí.

Me desarmas con tu mera presencia. Me derrotas sin quererlo. Tu mirada incandescente convierte en cenizas mis entregadas pupilas y mi corazón, palpitante, se acompasa con el ritmo de tu respiración. Me pierdo en ellos y se me nubla el horizonte. Dicen que los ojos son los espejos del alma. De ser así, querría fundirme con tu espíritu para transitar, de la mano, por donde quisieras llevarme.

Destilas sensualidad y erotismo cuando abres los párpados. Cuando los cierras, un huracán intempestivo me sobrecoge abocándome a la deriva. No puedo hacer nada por evitarlo, me hipnotizas con sólo lanzarme esa mirada silente que lo dice todo sin pronunciar palabra alguna. Sin menoscabo de otros atributos, que intuyo muy sugerentes, me enamora tu mirada.

Si añadimos al inquietante cuadro tus carnosos y sugerentes labios, esos trozos de cielo perfectamente encajados en tu hermoso rostro, quedo sobrecogido. Sensuales, sin provocar; sutiles, pero jugosos; ardientes, pero comedidos...

Desisto. No puedo seguir mirándote sin que mi sistema nervioso se declare en huelga por el impacto que le generas. Decididamente, la estimulación que destilas consigue enajenarme... sin proponértelo. ¿O sí?

Besos y miradas...
Pasiones contenidas...
Anhelos sordos que se cruzan,
para encontrarse
en la prisión de los sentidos.




16 julio 2015

Una posición embarazosa

Micro satírico-erótico de inspiración histórica. 



La inquisición no tardará en llegar, Madre Abadesa. 

Por ello, le ruego que, si lo tiene a bien vuecencia, se sobreponga con presteza del paroxismo orgásmico que la embarga en estos momentos y me aligere del peso de sus mullidas nalgas que, dispuestas a horcajadas sobre mis endebles y maltrechas caderas, amenazan con fracturar algún hueso. 

Ya, de paso, podría liberarme de los grilletes que aprisionan mis muñecas y alcanzarme mi ajado hábito que, en el frenesí de la coyunda, me arrancó frenéticamente y arrojó sin conmiseración alguna a ese oscuro y húmedo rincón de su celda. 

Muy amable y, por favor, dese prisa.





15 julio 2015

Mecánica de fluidos



Acerqué mis labios a los tuyos. Ambas bocas se amoldaron como si dos piezas, quebradas antaño, se fusionasen de manera indeleble en un beso tierno, húmedo y ávido de sensaciones. 


Añoraba esos labios. 



El efecto de perderme dentro de ti desbocaba mis sentidos y me permitía presagiar el paraíso con los ojos cerrados. Mi lengua, ávida de tus fluidos, recorría con suavidad no exenta de pasión los misterios de tu suave cavidad. 



Gemí...



13 julio 2015

FRAGMENTOS DE VIDA

Micro


Borró el mensaje nada más leerlo. Alguien podría equivocarse si leía aquel trozo de cielo que, ahora, se vería inexcusablemente abocado al olvido. Recompuso como pudo los despojos que amagaban con aflorar a sus gastadas pupilas. 

Cada vez era más complicado sobrevivir a ese infierno apacible en el que se había convertido su reposada convivencia conyugal. 

Se retocó los labios frente al espejo y salió sonriendo a su marido.



03 julio 2015

FOTOGRAMAS ESTIVALES (1)


Colección de micros encadenados (esbozos poéticos de la realidad) en los que plasmo, cual fotogramas escritos, una semblanza de mis reflexiones estivales, inspiradas en el bestiario de personajes anónimos que se van cruzando en mi horizonte. 

Cariátides plastificadas que deambulan hilvanando la orilla y oteando tras impenetrables gafas de sol el poblado horizonte salpicado de cuerpos semidesnudos que se postran a su paso.

Torsos domesticados por incontables sesiones de tortura en sofisticados potros postmodernos, capturando el ansíado bronce con la ayuda de oleosas friegas que cubren hasta el más recóndito de sus poros. 

Apacibles matronas con la testa protegida del ataque inmisericorde de la solana por exuberantes pamelas. Portan en sus muñecas novísimos y funcionales brazaletes de plástico que, con silente constancia, les regalan con sus guarismos la felicidad que, en pequeñas dosis, les permite terminar el día exultantes con la satisfacción, tras aniquilar las calorías de rigor, del deber cumplido.


Inocentes chiquillos que son víctimas de cruentos y estúpidos rituales de paso cuando sus bienintencionados progenitores les obligan a sumergirse en las heladas aguas de la orilla sin encontrar explicación alguna, en su prístina conciencia, para tal desafuero.

Jóvenes muchachas en flor que escanean con impaciencia la llanura repleta de bultos por la que transitan en busca de unos ojos ávidos de comedida lujuria. Anotan con entusiasmo soterrado en el novísimo marcador de su ego las miradas sostenidas que su bien contorneado cuerpo y sinuoso caminar han provocado en el paseo recién culminado.

Indolentes abuelos que comparten la afanosa lectura del periódico con la ingesta de un botellín de cerveza recalentado ubicado encima de la ancestral nevera. Este icono veraniego guarda celosamente los manjares playeros protegidos de la intensa calima. 

Ajamonados vientes cerveceros expuestos con altivez como homenaje silente a la regalada y apacible vida de sus propietarios.

Sufridos y bien pertrechados inmigrantes que saltean con su peregrinar las sombrillas y toallas esparcidas por la arena, con el único afán de procurarse el sustento mínimo que les permita proseguir con su eterno periplo arenero un día más. 

Horrorosos e innombrables cachivaches motorizados que serpentean por la arena mojada en busca de intrépidos descerebrados a los que salvar del producto de su estulticia.

Ruidosos y molestos agregados humanos que, con la excusa de expeler hacia el exterior su felicidad gregaria, perpetran atentados contra el buen gusto y el sosiego de discretos ciudadanos cuyo máximo delito consistió en llegar un poco antes que la grey para disfrutar de un apacible y merecido descanso disfrutando del mar, la arena y el sol.

Acalorado contador de historias que, tras bosquejar estos efímeros apuntes, se sumerge en el agua helada para calmar el calor de su cuerpo y espíritu.

Exuberantes tatuajes que se arraciman a lo largo de los pétreos contornos del muslo de una joven amazona que los expone, cual trofeos de guerra, ante las insistentes miradas de los curiosos peripatéticos que pasan por su lado holgazaneando. 

Esculturales sirenas que emergen de la superficie del agua acompasando su ondulante caminar al sincopado batir de las olas. Vestales invictas transpirando pasión contenida por todos sus poros, anticipando el fragor de la batalla vespertina.


Enajenados maromos expulsando vapores etílicos mientras sorben con delectación los exiguos restos de sus mojitos mientras contemplan extasiados la puesta de sol desde su privilegiada atalaya.

Jóvenes amartelados que se exploran en silencio recurriendo al indómito y ancestral lenguaje de los gestos mientras la suave brisa de poniente acompaña sus tímidos escarceos aproximatorios.

Son cubano mezcado con gotas de salsa y merengue para acompañar el final de la jornada en el chiringuito. Evocadora mezcla de sabores que acompañan y elevan el pensamiento hasta los infiernos más deseados.

Anestesiados camareros que pululan por las maltratadas mesas recogiendo los restos de las consumiciones que anónimos clientes van desechando con estoica placidez. 

Marabunta de grasientos especímenes que invaden la playa y delimitan con exaltada pasión sus efímeros predios con toallas y sombrillas al objeto de acotar nítidamente las sutiles fronteras de sus dominios.

Neófitos de la tabla ataviados con toda suerte de complementos surferos que sueñan con emular a sus admirados héroes mientras éstos cabalgan limpiamente sobre las olas. Cómo transmutar una filosofía de vida en un subproducto enlatado, tras un breve cursillo al efecto. Epifenómenos del consumismo ecuménico que nos envuelve, siempre en busca de nichos vírgenes que explotar.

Afanosos corredores de fondo que discurren velozmente por la orilla para que la obligada cita familiar con la playa no les prive de mantener en buena forma lo que largas y sufridas sesiones invernales han podido hurtar al inexorable paso de los años.

Amalgama de sonidos entre los que se aprecia el sistemático tic-tac de paletas golpeando pequeñas pelotas de goma que perturban nuestras inocentes pretensiones de observar tranquilamente el eterno batir de las olas. 

Asamblea de improvisados tertulianos que combinan la desaforada ingesta de tinto veraniego con acrisoladas recomendaciones para salvar el mundo partiendo de su hábitat cotidiano. Tienen, no podía ser menos por estas latitudes, la amabilidad de regalar al viento sus ponderados juicios de valor para nutrir el espíritu de todos aquellos desgraciados que, de manera obligada, padecen estoicamente su abigarrado discurso estival.