Mi biblioteca

27 agosto 2015

UN CAMBIO DE PERSPECTIVA

Micro

“Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo”. 
Ahora, como un brutal mazazo en la nuca, cobró sentido pleno aquella frase que tantas veces había escuchado y que había tachado de estúpida, exclamando aquello de "mierda de filosofías baratas..."

Me asomé a la ventana del cubículo infecto que había compartido con aquel miserable durante más días de los que la dignidad humana hubiese aconsejado a ninguna mujer en su sano juicio.


Hasta ese momento, estuve dispuesta a todo. Esa mano que ahora miraba perpleja y que había visto empuñando el afilado cuchillo que guardaba en el cajón de la cocina, como única salida a mi desesperación, se desdibujó de repente y pude observar que había cielo, casas, pisos y horizontes mucho más allá. Había vida y yo, que no la había descubierto hasta ese momento, lloré desconsolada, como nunca lo había hecho. 

Al final, todo era tan simple como un cambio de perspectiva. Para inmortalizar este curioso momento, esta epifanía que marcaría mi vida a partir de ese instante, me di un homenaje. Saqué el móvil y fotografié mi mano, aquella silente cómplice que iba a descargar mi ira mortal contra aquel descerebrado que no merecía otra cosa que desaparecer del mapa. Ahora, la cartografía de mi universo se amplió y me ofreció un nuevo horizonte. Sin decir adiós, me di la vuelta y comencé a caminar...



14 agosto 2015

CUESTIÓN DE ESTÉTICA

Micro

El espejo le devolvió una mueca estúpida y rastrera; no se aguantaba ni él mismo. Apartó cansinamente la mirada y arrancó el coche tras ponerse el semáforo en verde. 

Tendría que hacerle caso a su esposa y plantearse un cambio de imagen. Incluso para un asesino a sueldo, la estética había llegado a ser imprescindible. 

Se sacudió con asco los restos de pólvora de la camisa y condujo apaciblemente. No era cuestión de levantar sospechas.


10 agosto 2015

LA ÚLTIMA CARTA


Avanzó lentamente por las crujientes tablas del malecón mientras contemplaba el viejo faro bicolor que, hierático, seguía presidiendo la entrada del puerto. En su niñez, hace tantos años que le costaba recordar, había jugado entre sus tablas al tiempo que los operarios del puerto se afanaban en su construcción. Ahora, disfrutó del olor a mar con los ojos cerrados mientras que ganó con cierta dificultad el final de la estructura. Las nubes que se dibujaban en el cielo le conferían a ese atardecer una especial tristeza, casi teñida de sepia.

Hombre metódico y prudente, quiso asegurarse que todo permanecía igual que lo había recordado toda su vida. Se palpó el bolsillo para asegurarse que su última voluntad se alojaba dentro de aquel pequeño sobre. De poder elegir, prefería que la mar, su fiel compañera, lo acogiese finalmente en su plácido seno cuando sus postreros restos, en forma de ceniza, dieran por finiquitada su existencia. No era mal lugar para despedirse de todo. Una extraña paz le acompañó a la vuelta a su casa. Esperaba llegar antes que anocheciera porque, aunque el pueblo era pequeño, cada día que pasaba realizaba un esfuerzo sobrehumano para intentar recordar aquel trayecto que sus sarmentosas piernas habían recorrido infinidad de veces.









05 agosto 2015

UNA BRUJA DESENCANTADA

Micro.



Se levantó mareada tras el último batacazo. Varios intentos infructuosos y aún era incapaz de mantenerse en el aire más de cinco segundos seguidos sin caerse de bruces. 

Se había dado un ultimátum; o aprendía en los próximos días o intentaría colocar a otra incauta los poderes de levitación que su abuela, la bruja, le había transferido en su lecho de muerte. 

Lo de la escoba, un timo de la iconografía y leyendas medievales para legos e incautos. 


03 agosto 2015

El último tren

Micro


Siempre había querido ser ambidiestro. Ya no había excusas para intentarlo. El motivo era lo de menos. La enfermera esbozó una tímida sonrisa para anunciarme que hoy me darían el alta. 

“Una buena prótesis le hará más llevadera la vida”. 

Cara o cruz, me dije. No había sido mal negocio perder la mano derecha cuando, en el último segundo, pude sacar indemne del andén al chaval de dos años que había caído en él. 

Hay trenes que sólo pasan una vez.